viernes, 25 de julio de 2014

La I Guerra Mundial

 
Un relato multimedia de un conflicto global mediante las voces de diez historiadores de todo el mundo.

sábado, 19 de julio de 2014

La guerra en la inhóspita jungla de Nueva Guinea

http://www.abc.es/  19/07/2014

Durante cuatro largos años ese fue el panorama con el que se encontraron japoneses y aliados: australianos, estadounidenses -y algunas unidades locales- en los combates en la jungla de Nueva Guinea.
Segunda mayor isla del mundo, casi un continente en sí misma, fue escenario de una de las campañas más fieras y, sin embargo, más desconocidas de la Segunda Guerra Mundial. Recorrida en su mitad oriental por las cordilleras Owen Stanley y Bismarck, pocos lugares podían ser más inhóspitos para la lucha y la guerra moderna.
En medio de la jungla más espesa, sin ninguna carretera digna de tal nombre, todos los suministros tenían que ser transportados por los soldados a sus espaldas o mediante mulas, salvo en las escasas áreas abiertas en que podían ser suministrados desde el aire o en las bases costeras y sus aeródromos: Buno, Gona. Lae, Finschafen, etc…, que se convirtieron automáticamente en los objetivos prioritarios de una lucha sin cuartel.
Lo accidentado del terreno influyó directamente en las características de los combates: nada de grandes movimientos de tropas, ni uso masivo de artillería pesada o grupos de carros de combate…
Tan solo luchas sin cuartel de batallones o regimientos que se enfrentaban entre sí a cortas distancias, en pequeñas unidades, en las que cobraban especial importancia las patrullas para localizar al enemigo -tarea siempre difícil en un medio tan propicio para el camuflaje- y en las que las emboscadas por uno y otro bando eran una constante. Todo ello añadido a la invisible y permanente amenaza de la malaria que provocó más del doble de bajas que los proyectiles…
A pesar del modesto volumen de tropas empleadas en comparación con otros frentes, el significado estratégico de la campañafue crucial. Su situación, puente entre Australia y las Indias Orientales Holandesas, resultaba clave para los objetivos del Japón: la posesión de Nueva Guinea permitía estrangular las líneas marítimas hacia Australia y constituía un excelente y gigantesco baluarte defensivo a la hora de preservar las recién adquiridas conquistas del Imperio del Sol Naciente.
Presentes en diversos puntos de la isla desde enero-marzo de 1942, los japoneses intentan tomar la capital, Port Moresby, y convertirla en base avanzada mediante un desembarco que se verá frustrado como consecuencia del resultado de la confusa Batalla del Mar del Coral (mayo de 1942).
Incapaces pues del asalto desde el mar, los japoneses, firmemente asentados en la costa noreste de la isla, tendrán que avanzar a través de la jungla y las montañas si quieren alcanzar el sur de Nueva Guinea. Entre julio y diciembre, las fuerzas al mando del general Hatazo Adachi intentan abrirse paso a lo largo de la denominada pista Kokoda —un simple sendero a través de las montañas—, la única que comunica la costa norte y sur de la isla.
En una lucha épica, con continuos cambios de iniciativa, las tropas australianas, más tarde reforzadas por unidades estadounidenses —dirigidas ambas por el general Mac Arthur— y con mayor apoyo aéreo, logran prevalecer y alejar la amenaza de Port Moresby. Las fuerzas niponas quedan relegadas a sus posiciones de inicio, pero los aliados se ven incapaces de desalojarlas de ellas. Los combates de Kokoda tienen un significado psicológico clave, al igual que lo han sido los de Guadalcanal:desmontar el mito de la inferioridad de la infantería aliada en la lucha en la jungla.
Los posteriores intentos japoneses por reforzar de forma efectiva su guarnición en Nueva Guinea fracasan —Batalla de las Bismarck— ante el poderío de las marinas y aviación aliadas. La respuesta nipona a las derrotas navales —Operación I-Go, en abril de 1943— es un revés estratégico completo. Tras ello, aunque se seguirán sucediendo continuas batallas aeronavales con resultado alterno, la iniciativa está ya en el bando aliado... A partir de mediados de 1943, las fuerzas japonesas se ven forzadas a pasar a la defensiva.
El alto mando aliado lanza su contraofensiva en el mes de junio: la operación Cart Wheel, con dos direcciones de avance: Nueva Guinea y las Salomón, y un único objetivo: neutralizar la amenaza japonesa en la zona. Las operaciones se extenderán hasta 1944.
Los aliados probarán la táctica del «salto de rana», que después se utilizará en el Pacífico en el avance hacia Japón: las guarniciones japonesas más potentes son aisladas —se saltan— y las tropas solo tomarán al asalto aquellas islas o bases que sean imprescindibles.
Las operaciones concluyen de forma exitosa. Pero entre 1944 y 1945, y hasta el final de la guerra, con la amenaza japonesa totalmente neutralizada, seguirán, sin embargo, los combates terrestres en Nueva Guinea. Operaciones de limpieza en su mayor parte, en las que, de todas formas, los aliados seguirán teniendo que luchar contra la férrea determinación del soldado japonés de no rendirse independientemente de las circunstancias.
 

viernes, 18 de julio de 2014

Africanistas: los conspiradores militares del 18 de julio de 1936.

Algunos de los militares destacados en la conspiración del 18 de julio.

Veinte años antes de que se que el ejército se sublevara en Melilla iniciando, un día antes de lo previsto, el golpe de Estado que cambiaría la Historia de España, también en Marruecos, en Biutz, el teniente Franco fue herido en combate. Una acción heroica y una fea herida en el vientre que le valdría ser ascendido a Comandante. El consejo militar se opuso, pero acabó consiguiendo el ascenso por méritos de guerra, tras apelar al mismo Alfonso XIII.
Cicatrices que para el teniente Franquito, el capitán Varelita, -como se llamaban entre ellos en esa época-, o Millán Astray facilitarían su ascenso meteórico en el escalafón del ejército, saltándose la antigüedad, durante las campañas de la Guerra del Rif entre 1912 y 1922.
Así llegaría Franco al título de general más joven de Europa, un honor que en 1932 el entonces ministro de la Guerra, Manuel Azaña, decidió corregir, al considerar excesiva la promoción de dichos oficiales. El 1932 aprobó una ley que en la práctica suponía ignorar la antigüedad adquirida en los ascensos por méritos de guerra, una espinosa cuestión en el seno del ejército, que Azaña no había sido el primero en cuestionar, pero que impulsó definitivamente con la reforma del Ejército.
Franco pasaba de esa forma de ser uno de los generales con más antigüedad, al fondo del escalafón. Con él su amigo 'Varelita' y otros tantos veteranos de las campañas de Marruecos: Emilo Mola, Manuel Goded, Queipo de Llano, Yagüe, Alonso Vega...una lista que coincide casi milimétricamente con la de los conspiradores del golpe de Estado del 18 de julio.
No es una casualidad que fueran esos nombres y no otros, los de ambas listas, las de los militares que se sintieron agraviados, y la de los rebeldes que dinamitaron el orden democrático.
Franco y Mola trataron de convencer a Azaña en 1932 para hacerle cambiar de idea pero no tuvieron ningún éxito, lo que acrecentaría sin duda su rencor hacia el político. Es posible que a Azaña le pasara por la cabeza el recuerdo de aquella tarde cuando cruzó a pie con miles de soldados y los restos del gobierno de la República la frontera con Francia desde Cataluña mientras las tropas de Franco entraban en Barcelona.
Historiadores como Ángel Viñas han remarcado en los últimos años el hecho de que en el relato del levantamiento del 18 de julio, el inicio de la Guerra Civil, se solsaya que aunque la situación política fuera inestable, que hubiera conflictividad social, pistolerismo, asesinatos, amenazas y violencia verbal en el Congreso, ingredientes todos que, sin duda, abocaron a una rápida situación guerracivilista, la gente no salió a las tomar las calles. En último término ésta estalló por la actuación específica de este grupo de militares.
Aunque el propio Viñas remarca la trama civil del golpe, lo cierto es que las fuerzas mayoritarias de la derecha entonces no tuvieron un papel relevante después de él. La CEDA o el partido de Lerroux, desaparecerían casi inmediatamente al estallar la guerra. Su espacio político lo ocuparon partidos que eran minoritarios antes del 18 de julio como la Falange o los Carlistas, que a su vez acabarían 'intervenidos' por los militares del nuevo estado franquista, tras el decreto de unificaión de FET y las Jons.
El golpe de estado fue, por tanto una rebelión militar y de un grupo muy concreto de conspiradores, que pertenecían en su totalidad a los denominados 'Africanistas' y que en buena parte eran además de la misma generación -la excepción más notable era la del general Sanjurjo-.
Su trayectoria era común: el continuado servicio en el protectorado de Marruecos donde forjaron unos ideales y una visión de España similar y de donde surgió el termino que les identificaba en el ejército. En ellos pesaba, además, la decepción y pesimismo del desastre del 98 en la que se perdieron las colonias de Cuba y Filipinas y que puso al descubierto la evidente pérdida de estatus de España como potencia y la decadencia de su ejército.
La sombra alargada de las derrotas y un cierto auge del antimilitarismo en diferentes sectores políticos transformó al ejército, que se vio privado del prestigio que antes ostentaba. Todo ello incrementó la sensación de aislamiento.
Como consecuencia, el protectorado de Marruecos apareció en el horizonte de muchos de los jóvenes que estudiaban para oficiales como Franco, Mola, Varela, Millán Astray como el bálsamo y la oportunidad de recuperar el prestigio perdido. Se produjo entonces una situación que marcaría definitivamente el ejército y la personalidad de unos oficiales que acabarían decidiendo la vida política española durante casi 30 años.
Todos los tenientes recién salidos de la Academia servían en Marruecos pero sólo unos pocos se quedaban. Además de las particulares querencias por el exotismo de la vida en las colonias, la razón fundamental para quedarse era que en África existía la posibilidad de ascender rápidamente en las campañas contras las harkas rifeñas que se oponían al protectorado español.
La estancia prolongada en Marruecos del reducido grupo de oficiales facilitó que se formara un grupo cerrado, que soportaba las duras condiciones a cambio de ascensos rápidos. Como cita Antonio Atienza Peñarrocha en su tesis Africanistas y Junteros: el Ejército español en África y el oficial José Enrique Varela Iglesias, estos militares se distinguieron de sus compañeros que servían en la península donde la promoción se conseguía sólo por antigüedad. Ya entonces había un cierto afán de protagonismo, entregados a su particular colonial, copaban acciones heroicas, medallas, crónicas e incluso fotos en algunos diarios.
Es fácil imaginar que pronto encontraron la resistencia de sus compañeros que consideraban desproporcionados los meteóricos ascensos de los oficiales de Marruecos. Al mismo tiempo los movimientos o suspicacias en contra de los africanistas, ahondaban entre sus filas el sentimiento de no ser reconocidos, de que no se valorara su verdadero esfuerzo lejos de la comodidad, cerca del fuego enemigo, del riesgo.
Entre ellos, Varela se erigió como uno de los cabecillas del movimiento contra las Juntas de Defensa que pretendían, precisamente, eliminar los ascensos en el campo de batalla, para no ver mermados los derechos de los militares que no estaban destinados en el Protectorado, tal y como explica Fernando Martín Roda en su biografía sobre el militar.
Aunque hubo algunas excepciones -Riquelme o Miaja, generales que en 1936 permanecieron fieles a la República- la experiencia en Marruecos estrechó los lazos de camaradería entre ellos sumándose al resto de condicionantes: al ideal de recuperar una gloria casi imperial de España a través de las colonias se sumó su oposición a las Juntas de Defensa, organismo de oficiales que abanderaron la oposición al sistema de ascenso de Marruecos, y, a partir de 1921, tras el desastre de Annual, su resentimiento contra una buena parte de la sociedad, por las durísimas críticas que sufrió el ejército colonial tras el Expediente Picasso.
La dictadura de Primo de Rivera, cuyo origen y estilo diferiría notablemente con la que surgiría tras la Guerra Civil supuso un cierto espaldarazo a sus pretensiones, ya que fueron abolidas las Juntas, pero la dirección de Primo de Rivera de la guerra en el Protectorado tampoco contó con el apoyo de los africanistas que consideraban que no era la forma adecuada de pacificar el territorio.
La crisis de la dictadura y el gobierno de Primo de Rivera primero y los de Berenguer -otro africanista y principal responsable del ejército de Marruecos durante el desastre de Annual- y de el almirante Aznar precipitaron la caída de Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República.
Lo más llamativo es que el cambio político no supuso un rechazo por parte de los africanistas, que no tenían un ideario político bien definido más allá de la exaltación de la patria, en gran medida el catolicismo, y el orden, en definitiva una actitud conservadora -aunque había excepciones- sin ninguna preferencia especial por el sistema de Gobierno.
La reforma de Azaña, sin embargo, reabrió las tensiones entre junteros y africanistas de antes de la dictadura. De hecho, la anulación de la antigüedad, la supresión de oficiar misa en los cuarteles, el cierre de la Academia de Toledo, donde Franco inculcaba los valores africanistas, predispuso contra el gobierno y comenzaría a sentar las bases de un descontento que tras el hiato del bienio derechista, se infló de nuevo.
Antes de los asesinatos de Calvo Sotelo, o el teniente Castillo, de los paseos en Madrid de la violencia y el deterioro progresivo de la convivenvcia y el orden legal, los africanistas ya habían puesto en marcha su particular plan para dar el vuelco que necesitaba España según su particular visión de la idea de nación.

sábado, 26 de abril de 2014

Por el imperio hacia Dios

El general Franco con el uniforme de la Falange.
 
Desde la aparición de una documentada historia del nazismo (De Munich a Auschwitz, 2001, y De Auschwitz a Berlín, 2005), el profesor barcelonés Ferran Gallego se ha dedicado con intensidad al estudio del fascismo español y foráneo. Ni es tarea fácil, ni deja de suscitar riesgos y alguna vez hasta sospechas. Para realizarla reúne aptitudes fundamentales: el certero instinto de hallar las citas (y saber leerlas) y la atención a la dimensión psicológica de las actitudes políticas. Sabe, por tanto, que el fascismo —sombra negra de la modernidad— puede ser a la vez salvaje y persuasivo, monolítico en sus aspiraciones y elástico en las formas, patológico siempre, pero también muy común como enfermedad transitoria. Entre sus libros posteriores los hay dictados por el desengaño lúcido (El mito de la Transición, 2008), y otros, por la aguda exploración de caracteres abominables (Todos los hombres del Führer, 2006); de un modo u otro, todos exploran las formas de engañarse y engañar.
Estos propósitos inspiran también las casi mil páginas de El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950), escritas en una prosa muy nítida y precisa, aunque el párrafo sea caudaloso, y en plena madurez reflexiva. Gallego tiene el don de la síntesis —esa revelación que llega al autor cuando su trabajo la merece—, a la vez que mantiene intacta la pasión de descubrir y analizar. Creo que nunca se había revisado con tanta intensidad, a pie de textos y de cotejos, la naturaleza católica y fascista del régimen de Franco, yendo más allá de las viejas polémicas sobre si fue totalitario o autoritario, o sobre la presunta hegemonía disputada entre católicos y falangistas, o sobre el diferente grado de protagonismo de los actores del acoso a la República y la fundación del Régimen. El resultado de sus maniobras fue el que sabemos: fracasados en el golpe militar de julio, ganaron la guerra que habían elegido y consiguieron la tortuosa, pero eficaz, construcción de un Estado que, de algún modo, persiste, además de haber dejado alguna herencia indeseable en las actitudes de algunas élites políticas y en el cínico pragmatismo de algunas capas sociales.
Gallego ha reconstruido muy bien la experiencia del endeble fascismo español entre 1933 y 1936, donde aclara la marginación de Ledesma Ramos, el papel de Onésimo Redondo y, una vez más, las ambigüedades y las maniobras de José Antonio Primo de Rivera. Hubo ciertamente un fascismo débil, pero lo compensó aquella fuerte fascistización general, donde quien más se reclamaba de fascista era el monárquico José Calvo Sotelo. “Lo que resulta propio del fascismo”, escribe Gallego, “es la manera en que es capaz de realizar la síntesis y modernización del discurso de la contrarrevolución”, que se apoya en las imágenes de “la patria en peligro y la proyección utópica de una nación en marcha”. La “dinámica de su constitución” se aceleró a favor de la guerra civil, que fue —como demuestra el autor— factor aglutinante y sello legitimador, donde convergen unos y otros.
Las páginas sobre la contienda inician la segunda parte de la obra que ya había hecho un demorado censo de las actitudes apocalípticas que la presagiaron, en apartados tan jugosos como ‘La vía fascista hacia la guerra civil’ y ‘La guerra civil, proceso constituyente del fascismo’. Pero no son menos importantes (y quizá más innovadoras) las precisiones sobre el uso de la consigna del “Imperio”, desde el plano filosófico (que utilizó el Ledesma de 1930 cuando hablaba: “La filosofía, disciplina imperial”) hasta la existencia de una Nación en estado de celo constitutivo y a la reinterpretación del pasado patrio. Ninguna hipótesis carece de textos que la evidencien. Es particularmente interesante la lectura de Jerarquía, la revista negra de Falange, o la de F.E., de parecido talante; son siempre necesarias las citas del delirante Giménez Caballero, a quien nadie hacía demasiado caso, pero siempre era la voz de su amo, o las de Pemán, el más sagaz de los muchos oportunistas. Demoledores resultan los textos de Antonio Tovar, que mereció un indulto ideológico quizá prematuro, muy similar al que lucró el grupo de teóricos de la política, embebidos de lecturas alemanas (que juntaban a Carl Schmitt con los antifascistas Hermann Heller y Hans Kelsen), a los que se cita a menudo: Luis Legaz Lacambra, Maximiliano Gómez Arboleya, Juan Beneyto, Francisco Javier Conde. El capítulo ‘Sub specie aeternitatis. Historia y legitimación del 18 de julio’ rescata del olvido la reconstrucción de la historia de España en la etapa de primera “desfasticización” y concluye con la confrontación de dos conocidos libros de 1949: España como problema, de Laín Entralgo, que recuperaba el discurso radical de 1898 para el nuevo Estado, y España, sin problema, un título que Rafael Calvo Serer modificó a última hora para entrar en la polémica, donde se postulaba una Restauración de la tradición que el otro parecía olvidar: “Lo que importaba para todos”, recuerda Gallego, “era el establecimiento o la amplitud de los límites de la Victoria, nunca su impugnación”.
El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950). Ferran Gallego. Crítica. Barcelona, 2014. 979 páginas. 39,90 euros (electrónico: 14,99 euros).

jueves, 6 de febrero de 2014

Hallada en Israel la prueba más antigua del uso humano del fuego

Acceso a la cueva de Qesem, yacimiento cercano a Tel Aviv.
 
El hombre prehistórico ya empleaba el fuego de forma corriente tanto para cocinar como para calentarse hace 300.000 años. La evidencia de esta práctica, propia de los humanos modernos, ha sido hallada en Israel, en la cueva de Qesem, por un grupo de expertos de la Universidad de Tel Aviv y del Instituto Weizmann, un descubrimiento publicado en el número de enero de la revista Journal of Archaeological Science. Se trata de la prueba más antigua que se conoce de este avance en el desarrollo de la especie, que da a entender que, antes de lo esperado, ya existían humanos prehistóricos “sedentarios, con una estructura social muy avanzada y gran capacidad intelectual”, en palabras de Ruth Shahack-Gross, una de las investigadoras que han redactado el artículo. Hasta hoy se entendía que nuestros antepasados, en este punto de la historia, aún comían alimentos crudos.
El trabajo que ahora ve la luz es el resultado de unas excavaciones iniciadas en el año 2000. Los científicos han descubierto en el centro de la cueva un gran depósito de ceniza de madera mezclada con trozos de tierra quemada y de huesos, memoria sólida de una especie de barbacoa paleolítica. Tras un intenso análisis de laboratorio se ha descubierto que estos materiales se calentaron en repetidas ocasiones, a altas temperaturas, en este hoyo de unos dos metros de diámetro. Muy cerca de ese “gran hogar” se ha encontrado una gran cantidad de herramientas de piedra que fueron utilizadas “claramente” por los primeros humanos para cortar carne, identificada por los primeros análisis como de ciervo y de caballo. Unos metros más lejos del fuego se han localizado también otros utensilios de sílex, empleados para diversas actividades domésticas, que ahondan en la idea de una vida de grupo organizada.
La apariencia física de la cueva de Qesem –a unos 12 kilómetros al este de Tel Aviv, en el centro de Israel- también apunta además a que sus pobladores tenían pleno conocimiento del espacio en el que se movían y se encargaron de organizarlo para vivir mejor, ya que su interior está dividido en varias áreas, con un sentido muy similar al de las viviendas actuales, explica el artículo. El fuego tendría un papel central, por lo que además de usarse para cocinar se entiende que era el punto de reunión de sus habitantes, otra señal de progreso de hace 300.000 años.
Las herramientas y los restos de un antiguo fuego indican que el lugar fue utilizado por los primeros seres humanos como una especie de campamento base, de los que apenas hay pruebas en todo el mundo. Por eso “estos hallazgos nos ayudan a fijar un punto de inflexión importante en el desarrollo de la cultura humana, cuando el hombre comenzó a utilizar con regularidad el fuego tanto para la carne como para punto de encuentro social”, añade la doctora Shahack-Gross. Los vecinos de la cueva, abunda, eran capaces de planificar a largo plazo, recolectando leña con el fin de mantener el fuego encendido, y sabían del valor de trabajar en comunidad.
Hasta ahora, se entendía que los cambios sustanciales en el comportamiento humano por el uso regular del fuego databan de unos 400.000 años atrás, pero no había prueban tangibles de ello. La Universidad de Colorado, recuerdan sus colegas de Tel Aviv, publicó el pasado año un estudio al respecto, al que ellos han dado base. El empleo del fuego se calcula muy anterior, aunque fuese de forma no controlada ni estable. Anteriores descubrimientos realizados en la cueva de Wonderwerk (Sudáfrica) sugirieren que se conoce desde al menos hace un millón de años. Las investigaciones tradicionales -apuntan los otros dos líderes de las excavaciones, los profesores Avi Gopher y Ran Barkai-, han demostrado que los homo sapiens modernos evolucionaron precisamente en África hace unos 200.000 años, por lo que los habitantes del poblado israelí pertenecían a una especie humana anterior.

martes, 4 de febrero de 2014

La peste negra alteró el sistema inmune de los europeos.

http://www.abc.es/fotonoticias/fotos-noticias/20140204/ilustracion-peste-biblia-toggenburg-1611883734507.HTML
 
Investigadores del Instituto de Biología Evolutiva (IBE) de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y CSIC han concluido que la evolución del sistema inmune de los europeos se realizó a base de superar epidemias.
El trabajo se ha centrado en la genética del sistema inmune de gitanos y rumanos europeos, y los científicos han demostrado cómo evolucionaron éstos bajo los efectos de la peste negra, unos resultados publicados en la edición digital de la revista 'Proceedings of the National Academy of Sciences' (Pnas).
Según ha informado la UPF en un comunicado, esta muestra de la población se ha comparado con población del noroeste de India, de donde los gitanos son originarios, y se ha visto que los genes que habían cambiado en la población europea no lo habían hecho en los habitantes de India.
El equipo tomó ADN de los tres grupos y comprobó que los tres genes del grupo de receptores tipo Toll (TLR) del sistema inmune evolucionaron de forma similar en los gitanos y rumanos, bajo el efecto de la misma presión selectiva, mientras que los habitantes de India no han sufrido el efecto de la selección natural.
La evolución de la población europea se ha determinado por múltiples causas de orden natural, de entre las que destaca el brote de peste negra de 1348 que exterminó entre el 30% y el 50% de europeos.
El investigador del IBE que ha colaborado en este estudio científico, Jaume Bertranpetit, opina que los resultados muestran la «importancia que las epidemias han tenido para modular la composición de las poblaciones humanas actuales».
Estudios científicos anteriores a éste ya habían determinado que las epidemias mortales afectan al sistema inmunológico, porque las personas con genes más resistentes sobreviven y se reproducen, mientras que las que no lo son mueren.

Las derrotas militares allanaron el camino a las revoluciones rusas

La Avenida Neski, Petrogrado. Brousand. ABC

VÍCTOR JAVIER GARCÍA MOLINA 04/02/14 http://www.abc.es/

A principios del siglo XX Rusia era un país atrasado. Algunas de las reformas emprendidas, mal encauzadas, habían provocado aún más desigualdades y tensiones sociales. Además, la represión de la Revolución de 1905, cuyo germen último fue la derrota en la guerra ruso-japonesa, había socavado la imagen del Zar como “padre” de todos los rusos.
El desarrollo de la Gran Guerra fue acentuando las tensiones preexistentes: a los conflictos políticos y sociales inherentes a cualquier autocracia, había que sumar los causados por las derrotas militares con sus terribles bajas, el desabastecimiento de las ciudades y el hambre generalizada entre amplias capas de la población. El régimen se derrumbaba desde dentro.
En el verano de 1916, Rusia lanza su operación más exitosa de toda la guerra: la Ofensiva Brusilov. Pero, a pesar de los triunfos iniciales, el ataque se diluye por la asistencia alemana a los austrohúngaros y los problemas de suministro endémicos del ejército ruso. El coste en vidas de la ofensiva, sumado a los problemas antes citados, provoca manifestaciones masivas y huelgas en las principales ciudades, alentadas tanto por la situación del país como por la propaganda revolucionaria, en la que los servicios secretos alemanes están jugando un papel principal. Apostando a la carta de la revolución, el alto mando germano cree que podrá sacar a Rusia de la guerra, para así lograr volcar todos sus esfuerzos en el frente occidental.
El régimen se ve desbordado. En febrero los intentos por introducir un nuevo racionamiento del pan provocan manifestaciones espontáneas y algaradas en la capital: Petrogrado (nombre adoptado por San Pertersburgo en 1914). Los soldados enviados a sofocar la revuelta se unen a la misma, a la que también se incorporan los obreros, toda la oposición política y el Parlamento (la Duma). Nicolás II intenta disolver la cámara, pero es él mismo el que se ve forzado a abdicar, pensando en que su hijo le suceda en el trono. Ante esa posibilidad, vuelven a estallar nuevas revueltas. La monarquía no tiene ningún apoyo. Tan súbitamente como empezaron los disturbios, se disuelve una dinastía que había regido Rusia durante 500 años. Es la Revolución de Febrero.
La autoridad pasa a ejercerla el Gobierno Provisional. De corte democrático y moderado, compartirá el poder con el Sóviet —asamblea popular— de Petrogrado, dominado por los bolcheviques. Encabezado inicialmente por el príncipe Lvov —con Alexander Kerensky como figura más popular y más tarde su sucesor— el Gobierno Provisional inicia toda una serie de reformas sociales y políticas, pero una de las principales demandas de las revueltas, el fin de la guerra, no es atendida. Una mayoría muy activa del Parlamento y gran parte de las élites reformistas del país piensan que la continuidad en la guerra al lado de las democracias occidentales es la mejor garantía de la perduración de las reformas y del nuevo régimen. El fracaso de una nueva ofensiva rusa, organizada por Kerensky en el verano de 1917, marca el destino del Gobierno. Los bolcheviques, que ya controlan los Soviets, perfectamente organizados —dirigidos por Lenin, que ha vuelto del exilio—, se han ido haciendo paulatinamente con el control de las comunicaciones y del ejército, y, aprovechando el descontento popular por la prolongación de la guerra, dan un golpe de estado entre el 6 y el 7 de noviembre, haciéndose con el control del parlamento y del gobierno de Petrogrado. Es la denominada Revolución de Octubre, debido a las diferencias entre los calendarios Juliano, entonces vigente en Rusia, y Gregoriano, usado en todos los países occidentales.
Los bolcheviques sacan automáticamente al país de la guerra. Tras meses de negociaciones firman con el Imperio Alemán la paz de Brest-Litvoks. Pero Rusia se encamina hacia el caos. El poder real ejercido por los Soviets y los bolcheviques —que quieren extender e internacionalizar la Revolución— se reduce prácticamente a las ciudades más grandes, con amplias zonas en litigio entre las numerosas facciones que quieren hacerse con el poder o recuperarlo. Al mismo tiempo, tantos los alemanes —que controlan extensas zonas del país— como los antiguos aliados intentan poner coto a la Revolución. Además, las tensiones entre las diversas nacionalidades del antiguo Imperio Ruso comienzan a aflorar de manera dramática. El germen de la Guerra Civil ha sido plantado.