lunes, 17 de junio de 2013

Los cadáveres del racionamiento español

CECILIO SÁNCHEZ DEL PANDO
Colas de ciudadanos ante un despacho de cartillas en Sevilla, en junio de 1940

http://www.abc.es/ ISRAEL VIANA 17/06/2013
«La situación es pavorosa, tenemos toda la provincia sin pan y sin la posibilidad ni la perspectiva de adquirirlo. Aceite hace más de cuatro meses que no se ha racionado, y de otros productos no digamos. En la provincia, prácticamente todos seríamos cadáveres si tuviéramos que comer de los racionamientos de la Delegación de Abastos», aseguraba un informe de la Jefatura alicantina de la Falange, en diciembre de 1940.
El panorama desolador que aquí se describía era el mismo que pintaban, con tintes dramáticos, los cientos de informes que regularmente enviaban los organismos oficiales del Franquismo tras la Guerra Civil. La degradación del nivel de vida en la década de los 40 fue tal, que asegurarse la subsistencia se convirtió en una auténtica lucha diaria para la mayoría de españoles, un extraordinario esfuerzo de tiempo, recursos e imaginación.
«Estábamos tan hambrientos que mi padre tenía que ir a robar uvas por la noche. Mis hermanos y yo íbamos a recoger hierbas del campo, tales como collejas, romanzas o cardos, que luego mi madre cocía para comérnoslas como verduras. No había otra cosa. Si encontrábamos una cáscara de naranja por la calle, nos la comíamos. Y yo no conocía el plátano», cuenta hoy a ABC Bienvenida Verdú, que en 1939 tenía nueve años y vivía en la pedanía albaceteña de Nava de Abajo.
Para hacer frente a esta situación, el Régimen estableció la famosa cartilla de racionamiento que hoy trae de cabeza a los venezolanos después de que Nicolás Maduro amenazara con establecerla en su país entre fuertes críticas. Pero la Venezuela de 2013 poco tiene que ver con la España de principios de la década de los 40. La reducción salarial de 1939 y el posterior estancamiento de los sueldos –que en 1950 aún se situaban en torno al 50% de los existentes en 1936– adquirieron tintes dramáticos por la escasez de los alimentos, mientras los comedores de Auxilio Social acogían a cientos de miles de familias cada día.
El sistema de racionamiento de artículos de primera necesidad se estableció en España, el 14 de mayo de 1939, mediante una orden del Ministerio de Industria y Comercio, para asegurar el abastecimiento de las familias. Poco después, otra orden fijó las cantidades que debían ser entregadas a precio de tasa, las cuales variaban si se trataba de un hombre adulto, una mujer adulta, una persona de más de 60 años (el 80% de lo que recibía un hombre adulto) o un menor de 14 (el 60% del mismo).
Las cartillas estaban clasificadas en tres categorías que iban desde la que correspondía a los que más recursos tenían, hasta la de los más pobres. Sin embargo, las cantidades establecidas oficialmente por el decreto del Gobierno –un hombre adulto, por ejemplo, debía recibir 400 gramos de pan, 250 de patatas, 200 de pescado fresco, 100 de legumbres, 125 de carne, 30 de azúcar, 25 de tocino y 10 de café al día–, nada tenían que ver con las que finalmente se entregaban a cada ciudadano. El racionamiento no cumplió su función casi nunca.
«Éramos ocho hermanos y lo de la cartilla, ¡qué va!, no nos daba para vivir. Una vez al mes nos daban un poco de leche en polvo, un pan de maíz que se deshacía en las manos y un bacalao a la semana, que entonces era la comida de los pobres. Pero no conocíamos la carne y no nos daban aceite. Cocinábamos con sebo de animal», recuerda Verdú desde Elda, cuyo padre tenía que ir a recoger esparto para cambiarlo por pan.
El hambre hacía estragos en la población y el problema del abastecimiento se convirtió en el tema estrella de las memorias de los órganos del Franquismo durante la segunda mitad de los años 40. No escondían las miserias. «Es completamente imposible vivir con las cantidades que dan en el racionamiento, que además no pueden considerarse ordinarias, pues no es corriente la regularidad en el reparto», aseguraba un informe referente a Salamanca de 1942
En estas condiciones, la única opción para asegurar la supervivencia era comprar en el mercado negro, donde los precios eran, por lo general, desorbitados para la mayoría de la población. Variaban de una ciudad a otra, y de un día al siguiente. En 1946, el estraperlo alcanzó cotas excepcionales, costando la mayoría de los productos tres veces más de media de lo que indicaba la tasa. El informe de la Cámara de Comercio de Sabadell de ese año, por ejemplo, decía que el precio del azúcar era 10 veces mayor que el oficial, y que el del pan se había multiplicado por cuatro, el del aceite por seis, el del arroz por cinco y el de las patatas por tres.
Gaspar, un alcarreño de 95 años que luchó en la guerra y después se hizo guardia civil, recuerda a las mujeres estraperlistas que venían desde Vigo y se colaban a escondidas en el cuartel de Guadalajara para comprar, a 10 pesetas el kilo, la harina que recibían las mujeres de los agentes a dos. «Nuestro sueldo era de 300 pesetas al mes y  necesitábamos comprar otras cosas. Teníamos que ir haciendo todo lo que podíamos para ir viviendo», relata.
En 1943 entraba en vigor la cartilla individual, en sustitución de la familiar, con el objetivo de llevar un control más exhaustivo del reparto. Pero aquello tampoco hizo que la situación mejorara. El racionamiento siguió siendo insuficiente durante la mayor parte de la década de los 40 y los alimentos distribuidos eran de muy mala calidad y llegaban con cuentagotas. La corrupción y el mercado negro siguieron creciendo, y el malestar de la población se hizo evidente a pesar del régimen dictatorial, según reflejaban los distintos informes oficiales.
Bienvenida Verdú, que lo vivió en sus carnes, recuerda perfectamente las continuas broncas en las colas de la Casa del Pueblo de Navas de Abajo, donde se repartían los alimentos. «Los vecinos se peleaban por coger un hueco en la fila, porque los racionamientos no llegaban a los últimos. Más de dos tortas de los mayores me he llevado yo».
Fueron 13 años de hambre y miseria con la cartilla de racionamiento en funcionamiento, que oficialmente estuvo vigente hasta abril de 1952. En esa fecha desapareció para los productos alimenticios, en una época en la que el consumo de carne per cápita se había duplicado. Pero aún hoy, si preguntamos a las generaciones de españoles que vivieron los años cuarenta, todos mantienen el mismo recuerdo: el hambre. «Me entran ganas de llorar sólo de recordarlo», concluye Bienvenida.

lunes, 10 de junio de 2013

Soldados de la tercera España en la Guerra Civil.

Combatientes republicanos escribiendo a sus familiares.
 
Manuel de la Fuente. Madrid 10/06/2013 http://www.abc.es/
Ellos no eran voluntarios de camisa azul y correajes, ni de boina roja y cruz colgando sobre el pecho, ni tampoco milicianos de alpargata y trabuco en bandolera, ni comunistas con la obras completas de Lenin bajo el brazo. Eran, simplemente, españoles bastante normales y bastante corrientes a los que la Guerra Civil les partió la vida.
Su ideología era la de sobrevivir sin hacer daño a nadie, dedicarse a su familia y al trabajo, y beberse un trago de vino el día de la fiesta de su pueblo. No hicieron la guerra para defender la revolución frente al fascismo, ni para impedir que los rojos desbarataran la Patria. Ellos, estos ciudadanos de la tercera España, la que no quería cunetas, ni checas, ni paredones, ni paseos, fueron a la batalla por motivos geográficos. Allí donde vivían fueron reclutados en levas y de ahí al frente, les gustara o no les gustara el bando en el que les tocó calar la bayoneta.
Ellos, estos miles y miles de españoles son los protagonistas de «Soldados a la fuerza. Reclutamiento obligatorio durante la Guerra Civil. 1936-1939» (Alianza Editorial), interesantísimo y original libro del historiador británico James Matthews, que cuenta con prólogo de Paul Preston.
El libro habla de cómo fueron aquellos reemplazos, de las deserciones, de la moral, de los castigos, del humor, de la prostitución y las enfermedades venéreas, de la soldada, de la comida, de los premios en coñac y del tabaco, de los pasatiempos, la correspondencia y las madrinas, de la ferocidad de las bombas... y de la ferocidad de los piojos, «los peores animales que he visto en mi vida», según el escritor George Orwell, voluntario trotskista.
Estamos ante un repaso completo a una parte de nuestra historia no necesariamente conocida. Basten cuatro datos, como explica Matthews: «En los primeros meses del conflicto, unas 120.000 personas se presentaron voluntarias para luchar por la República. Al final de la guerra y tras las levas eran 1.700. 000 hombres. Los nacionales, por su parte, reunieron en el verano de 1936 a unos 100.000 voluntarios. En abril de 1939 eran 1.260.000 hombres». James Matthews destaca que los reemplazos nacionales estaban mejor preparados que los republicanos, y cuenta también que en ambos bandos las levas no siempre fueron bien recibidas: «A nivel individual, hubo protestas en ambos bandos y tanto los emboscados como los prófugos fueron problemas a los que tuvieron que enfrentarse.
Colectivamente, hubo más protestas del bando republicano, madres que protestaban porque el gobierno se llevase sus hijos para la guerra. Pero en el bando nacional también hubo bastantes protestas de mujeres que creían ver hombres aptos en edad de movilización en la retaguardia mientras que sus hijos se enfrentaban a los peligros del frente».
Cabe preguntarse si los soldados combatían «mejor» si se satisfacían sus necesidades, más que por una comprensión ideológica de la guerra. «Sin comida y sin bebida en primera línea, las ideologías resultaban secundarias -destaca el historiador-, sobre todo para hombres que no se habían unido a la guerra como militantes políticos. Eso sí, una vez cubiertas esas necesidades los soldados luchaban mejor si habían absorbido los relatos embellecidos sobre el propósito de la guerra».
Salvando todas las distancias (gigantescas distancias), Matthews también explica que el trabajo de los comisarios republicanos y los sacerdotes nacionales guardaba ciertas similitudes: «Eran los encargados de elevar y vigilar la moral de sus soldados. También fueron guardianes de la ortodoxia de las políticas de sus respectivos bandos. Pero, además, los comisarios, tuvieron roces con los oficiales sobre sus diferentes competencias, y ayudaron a propagar las diferencias políticas dentro del bando gubernamental que tanto daño al esfuerzo de guerra».
También cree el autor que «el ejército nacional logró un nivel de disciplina más constante» y nos habla de la importancia de los reclutas de reemplazo en la contienda: «No se hubiera podido crear dos ejércitos de masas sin recurrir al reclutamiento forzoso. Pero siempre que fue posible, los dos bandos usaron soldados de élite -marroquíes, legionarios, carlistas en el bando nacional, y brigadistas y comunistas en el gubernamental- como punta de lanza en sus ofensivas más importantes. Por lo tanto la experiencia de guerra para muchos reclutas en ambos bandos fue la de mantener la línea en frentes en calma y resistir en las trincheras a la intemperie más que participar en ofensivas militares».
Soldados de reemplazo, reclutas a la fuerza, habitantes de la tercera España, la de la convivencia y la normalidad, la España a la que las otras dos helaron el corazón.
 
 
 
 

Los hijos de los Medici sufrían de raquitismo

El pequeño Don Filippino con su madre Mariana de Austria en un retrato póstumo.

http://www.abc.es/ 10/06/2013
Felipe de Médici (Florencia, 1577-1682) tuvo una corta y triste vida. El hijo pequeño de Francisco I de Médici y Juana de Habsburgo-Jagellón, el único varón tras una serie de niñas -algunas muertas en la infancia-, estaba destinado a disfrutar del poder, la influencia y la riqueza de su familia, impulsora del Renacimiento, pero apenas tenía cuatro años cuando también dijo adiós al mundo. Don Filippino, como le apodaban en la corte con cariño, tenía un hinchazón en el cráneo. Un nuevo estudio de los huesos del niño ha revelado que sufría una deficiencia de vitamina D, lo que le provocó raquitismo.
No era el único. El análisis de los esqueletos de nueve vástagos de los Médici del siglo XVI, pequeños desde recién nacidos a los 5 años de edad, muestra que tenían raquitismo, lo que causa que los huesos se vuelvan blandos e incluso se deformen. Los restos de ocho de los niños aparecieron enterrados en una cripta de la famosa Basílica de San Lorenzo de Florencia en 2004. El noveno estaba en una tumba cercana. El examen de los huesos mostró que seis de los pequeños tenían señales claras de la enfermedad: los huesos de piernas y brazos aparecieron curvos, posiblemente al doblarse cuando trataban de gatear. El pobre Don Filippino tenía un cráneo ligeramente deformado a causa de este mal, una deformidad que se aprecia en un retrato de la época de Giovanni Bizzelli que se ve en la Galería de los Oficios en Florencia.
El raquitismo se previene fácilmente por el consumo de alimentos como huevos y queso y por pasar cortos períodos de tiempo bajo la luz solar, lo que desencadena la producción de vitamina D. La enfermedad se asocia generalmente a la pobreza y la vida en ciudades muy contaminadas con poca exposición al Sol. Pero los niños Médici eran ricos. Para entender por qué tenían esta enfermedad, investigadores de la Universidad de Pisa, según publica la web de Nature, analizaron los isótopos de nitrógeno que se encuentra en el colágeno del hueso, lo que refleja la principal fuente de proteína en la dieta. Encontraron que la mayoría de los niños no eran destetados hasta los 2 años, de acuerdo con la costumbre renacentista. Según textos históricos, la leche materna solo se complementaba con papillas de pan y manzana. Con esa dieta, la ingesta de vitamina D era escasísima.
Para empeorar la cosa, los niños pasaban la mayor parte del tiempo en interiores y vestidos con amplios ropajes, así que apenas les daba el Sol. Incluso los recién nacidos tenían raquitismo. Los investigadores creen que se debe al exceso de maquillaje que llevaban sus madres o a que parieran un gran número de hijos.
Más sobre la investigación aquí.

martes, 23 de abril de 2013

El secreto de Hitler era el odio

Hitler cultivaba su carisma y cuidaba su imagen al detalle. En la foto, durante un mitin a finales de los años treinta.
 
http://cultura.elpais.com/cultura/ http://cultura.elpais.com/autor/jacinto_anton/a/  21/4/2013
Creemos saberlo prácticamente todo de Adolf Hitler, pero quedan secretos irreductibles de su personalidad y su liderazgo. Para el célebre historiador y documentalista británico Laurence Rees (Ayr, Escocia, 1957), ninguno como de qué manera consiguió arrastrar tras de sí, en la terrible espiral de la guerra y el genocidio, a millones de alemanes. A tratar de dilucidar eso y a explicar las claves de la fatal atracción del líder nazi, el autor de Auschwitz, El holocausto asiático, Una guerra de exterminio y A puerta cerrada, ha dedicado su nuevo libro, El oscuro carisma de Hitler(en Crítica, como todos los anteriores). Rees destaca en los rasgos de Hitler "su ilimitada capacidad de odio". Y advierte: "El poder del odio está infravalorado. Es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva".
Como persona, señala Rees, Hitler era bastante lamentable. Un tipo psíquicamente “muy dañado”, incapaz de amistades y afectos verdaderos, bañado en odio y prejuicios. “Solitario y con una visión de la vida como lucha y de los seres humanos como animales". Pero tenía carisma. "Solemos creer que el carisma es un valor positivo, pero lo pueden poseer personas despreciables", reflexiona. Rees "Lo más importante que hay que entender del carisma de Hitler es que dependía de la gente. El carisma no existe sin conexión. No se puede ser carismático en una isla desierta. Buena parte lo pone el otro". Vaya, como el amor. "Sí, la idea es que cuando sentimos una conexión especial con alguien creemos que depende de ese alguien pero en realidad depende en parte de nosotros. El carisma de Hitler procedía tanto de la gente que lo seguía como de él. Por eso ahora no lo percibimos en fotografías o películas. No nos habla a nosotros. No somos de su tiempo. Lo que ha cambiado no es él, sino la percepción que tenemos de él".
Rees explica cómo entre los propios alemanes fue cambiando la influencia del carisma de Hitler. "Personas que lo veían como un personaje ridículo o perturbado en 1928 pasaron a considerarlo un salvador en 1933". Siempre hubo, sin embargo, gente inmune a su carisma. Philipp Von Boeselager, que se conjuró para matarlo, lo encontraba indigno y decía que era repugnante verlo comer: un patán. "Bueno, pero hay que recordar que para muchos alemanes los políticos educados eran los que les habían llevado al Tratado de Versalles y al desastre: tiempos no convencionales requerían líderes no convencionales".
Había que estar predispuesto para seguir a Hitler, dice Rees, aunque él, el líder, aportaba su intransigencia, su absoluta seguridad de su papel como figura providencial, su habilidad para conectar con las esperanzas y los deseos de millones de alemanes, su descontrolada emotividad y, sobre todo, su contagioso odio. “Una de las cosas más difíciles del mundo es asumir las culpas y responsabilidades propias, todos estamos predispuestos a proyectar nuestras frustraciones sobre el otro, en forma de odio”.
¿Dependía el carisma de Hitler del éxito? "Sí, ese aspecto fue vital. Si alguien dice que va a hacer algo extraordinario y lo hace, la siguiente vez es más fácil tenerle fe. Hitler jugaba fuerte, al todo o nada, y cada triunfo fortalecía su carisma. Muchos militares, por ejemplo, que lo miraban con suspicacia, se rindieron a su genio, a su intuición, el famoso Fingerspitzengefühl, tras la larga serie de victorias que parecían inexplicables. Aunque hoy retrospectivamente no lo veamos así y Montgomery dijera que la regla número uno de la guerra era no invadir Rusia, para la mayoría parecía mucho más increíble vencer a Francia que a la URSS".
Entonces, ¿cómo sobrevivió su carisma a las derrotas a partir de Stalingrado? "Al revés que Mussolini, Hitler desmanteló las estructuras del estado, así que era más difícil apearlo del poder, además, a los alemanes se les había inculcado el miedo al Ejército Rojo y su venganza, que se iba a producir con la derrota aunque se deshicieran de Hitler, y por supuesto, Hitler incrementó el terror de su aparato represivo en proporción directa a la pérdida de su liderazgo carismático".
Hitler cultivaba su carisma. "Absolutamente, de muchas maneras pequeñas incluso. Usaba gafas pero nunca se dejaba ver y retratar con ellas. Cargaba una lupa. Hasta fabricaron una máquina de escribir especial con caracteres muy grandes para escribirle los textos que tenía que leer, la Führeschreibmaschine. También estudiaba mucho su imagen en el espejo y practicaba su famosa mirada penetrante”.
Rees señala las diferencias entre Hitler y Stalin en términos de carisma. "Stalin practicaba el carisma negativo, toda la imagen de Hitler le parecía una sandez. Con Stalin no había reglas para evitar ser asesinado. Nadie estaba seguro. En la Alemania nazi estaba claro quienes iban a ser perseguidos por el régimen, en la URSS estalinista no. Stalin unía con el miedo como Hitler con el odio".
Rees es un hombre afable, acostumbrado a tratar con la gente. Ríe y bromea a menudo pero debajo de esa capa alegre y aparentemente desenfadada se percibe la profundidad de un hombre que lleva años, toda su carrera, enfrentándose a lo peor del ser humano. Para sus libros y famosos documentales de la BBC ha entrevistado a innumerables personas que vivieron la II Guerra Mundial, soldados y civiles, víctimas y verdugos. Cuando le pregunto cuál de todos esos testigos de la barbarie le ha impresionado más, pensando que me dirá que algún miembro de Einsatzgruppen o Kenichiro Oonuki, el piloto kamikaze fracasado, se ensimisma un buen rato antes de contestar: "Toivi Blatt, un judío polaco deportado en 1940 al campo de exterminio de Sobibor, donde toda su familia fue asesinada. Blatt participó en la revuelta de prisioneros de 1943 y logró escapar con un balazo en la mandíbula. Hablábamos sobre lo que son capaces de hacer los seres humanos, y le pregunté qué había aprendido de su experiencia. Me contestó: ‘Solo una cosa, nadie se conoce de verdad a sí mismo'”.

lunes, 1 de abril de 2013

A esa tierra la llamó Florida

Como no podía ser de otra forma, Ponce de León murió a consecuencia de un flechazo indígena en 1521. En este óleo de Thomas Moran se narra su encuentro con los nativos de Florida en 1513. / Album / Photoaisa
 
http://elpais.com/elpais/eps.html http://elpais.com/autor/fernando_pajares/a/ 31/03/2013
¿Sabía que la bandera de España ha ondeado en el territorio que hoy es Estados Unidos durante 308 años frente a los 237 de la enseña de las barras y estrellas? Los tres siglos de presencia española en Norteamérica fueron una aventura tan extraordinaria como desconocida.
Centrémonos, obviando Canadá y México, en la tierra que hoy ocupa EE UU. La historia europea del hoy país más poderoso del mundo empezó cuando Juan Ponce de León llegó el 27 de marzo de 1513, hace 500 años, a las costas de una península que llamó Florida por la frescura de su vegetación y porque, como hoy, era Domingo de Resurrección, Día de la Pascua Florida.
Ponce fue el descubridor oficial de Florida, pero hoy sabemos que cuando él y sus hombres pisaron tierra, después de ser recibidos a flechazo limpio por los indios, encontraron al menos a uno de ellos que chapurreaba el español. Se cree que hubo una partida de españoles que recorrió aquella tierra (¿1499?) en busca de esclavos.
Repasemos la vida y milagros de Ponce antes de acercarnos a la asombrosa huella de España en Estados Unidos. En sus Mitos y utopías del Descubrimiento, el profesor Juan Gil, miembro de la Real Academia Española, dice que, según el cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo, Ponce nació “hacia 1474”. Otros autores apuntan a 1460. Su lugar de nacimiento pudo ser Santervás de Campos (Valladolid) o San Servos (León). Guerreó en la Reconquista hasta que, en 1493, pasó a Indias. Ayudó primero a colonizar La Española y en 1508 conquistó la isla de Borinquen, hoy Puerto Rico, de la que fue gobernador.
En 1513 pone proa a la misteriosa isla de Bimini, pero llega a la costa de Florida. Bordea sus cayos y es el primero en enfrentarse a la corriente del Golfo, clave para la navegación en los siglos venideros. Ponce no busca la fuente de la juventud. Esta fábula, como las siete ciudades de Cíbola, hechas de oro, venía de atrás. Hubo aventureros que hablaban de baños relajantes en una isla paradisíaca, llena de árboles, flores y mujeres, por supuesto desnudas. El de 1521 fue su último viaje. Los indios volvieron a recibirlo con el arco presto. Herido de un flechazo, regresó a Cuba para morir en La Habana a los 61 años. Su tumba está en la catedral de San Juan de Puerto Rico.
Ponce fue el descubridor oficial de Florida, pero no el primero en llegar. Cristóbal Colón también descubrió oficialmente América en 1492. Pero tampoco fue el primero. Según el historiador estadounidense David J. Weber, hubo exploradores asiáticos que llegaron por el estrecho de Bering. Y grupos nórdicos que se instalaron hacia el año 1000 en Terranova.
Es verdad que españoles fueron los primeros europeos en toparse con el impresionante río Misisipi (río Espíritu Santo, lo llamaron), si bien en aquel momento no estaba Hernando de Soto, como siempre se ha escrito, sino uno de sus hombres, Álvarez de Pineda. El descomunal Gran Cañón del Colorado (Arizona) también fue descubierto por españoles, aunque entre aquellos no figuraba Francisco Vázquez de Coronado, de quien se ha dicho que fue el primero en verlo: fue una partida que él envió bajo el mando de García López de Cárdenas.
San Agustín, en Florida, es la primera ciudad permanente de EE UU. Fundada por Pedro Menéndez de Avilés en el año 1565, en su impresionante castillo de San Marcos aún ondea la Cruz de San Andrés o Cruz de Borgoña, bandera de España en el siglo XVI.
Al rebuscar en la historia nos encontramos con tres asentamientos que, aunque no prosperaron, son anteriores a San Agustín: San Miguel de Guadalupe (1526), Santa María de Filipino (1559) y Santa Elena (1560), sobre la que Weber dice que sus restos estuvieron hasta finales de 1990 “¡bajo el hoyo ocho del campo de golf de los marines estacionados en Parris Island, en Carolina del Sur!”.
La investigadora María Antonia Sainz Sastre (La Florida en el siglo XVI. Exploración y colonización; Fundación Mapfre) sostiene que Menéndez de Avilés “lleva consigo al primer negro libre en la historia de Norteamérica, Juan Garrido”, y que “dispuso de tanta confianza de Felipe II que este le ofreció en 1574 comandar una gran armada para luchar contra los herejes en Flandes y donde fuera necesario”. Pero el conquistador murió aquel mismo año de tabardillo, una especie de tifus.
San Agustín desmiente que el Thanksgiving Day, la gran fiesta familiar estado­unidense, proceda de la primera comida de acción de gracias que hicieron los pioneros ingleses en Plymouth en 1621, al año de bajarse del Mayflower. Según el historiador de Florida Michael Gannon, la primera misa, celebrada por el padre Francisco López de Mendoza, y la primera comida de acción de gracias fueron en San Agustín, donde los españoles comulgaron y compartieron sus alimentos con los indios. Fue en 1564, 57 años antes del Thanksgiving Day.
La gesta española empieza en Florida y se extiende por el territorio. California, por ejemplo, le debe mucho al conquistador catalán Gaspar de Portolá y a fray Junípero Serra. El primero, desde los presidios (fortalezas militares), y el segundo, desde sus misiones. Ahí tenemos San Francisco, Los Ángeles o San Diego. Todo empezó con el apoyo de tres grandes hombres: el rey Carlos III, el conde de Aranda y el ministro de Indias José de Gálvez.
Gálvez es apellido respetado en EE UU. Más que nada por el sobrino de José, Bernardo de Gálvez. Al general Washington le hubiera costado ganar la Guerra de Independencia contra los ingleses (1775-1783) si no hubiera sido por la campaña de este joven brigadier en 1779. España apoyó a los americanos contra una Inglaterra dispuesta a devolver Gibraltar si se mantenía neutral. Según el profesor José Manuel Pérez Prendes, “este dato, que aún hoy sorprende, está recogido en documentos oficiales del Ministerio de Asuntos Exteriores del año 1966”.
La intervención de Gálvez y su flotilla fue crucial para los patriotas: despejó el puerto de Nueva Orleans y tomó la mayor base inglesa en el sur, Pensacola. Atravesó la bahía de Mobile bajo el fuego cruzado de los cañones enemigos. Lo hizo solo. Nadie más se atrevió. Por eso Carlos III le permitiría más tarde llevar el lema “Yo solo” en su escudo de armas. La ciudad de Galveston, en Tejas, lleva su nombre.
El menorquín Jorge Farragut también luchó en aquella guerra. Acabó de comandante del Ejército americano. Y de tal palo, tal astilla. Su hijo David Farragut, ya nacido en EE UU, tuvo un papel extraordinario en la guerra civil (1861-1865) al lado de la Unión, presidida por Abraham Lincoln, cuando arrebató Mobile Bay y Nueva Orleans a los confederados. Como Gálvez antes, cruzó en barco la bahía mientras bramaba: “¡Al carajo los torpedos! ¡A toda máquina!”. David Farragut, de sangre española, fue, nada menos, el primer almirante de la Armada de Estados Unidos.
Y qué decir del ‘cowboy’ americano, que no es sino un trasunto descarado del vaquero español desde el sombrero del jinete hasta las pezuñas del caballo. Como españoles eran el pastoreo, la trashumancia y el propio ganado: vacas, ovejas o cerdos llevados a América desde las marismas del Guadalquivir. Abramos un diccionario inglés: buckaroo (vaquero), sombrero, Spanish saddle (silla de montar), lasso (lazo), bronc (bronco), mustang (mesteño), cinch (cincha), chaps (chaparreras), lariat (la ­reata), hackamore (jáquima, cabestro). Por no hablar de corral, hacienda, plaza o siesta.
¿Le sorprende que un pionero americano como Daniel Boone (1734-1820) adoptara la nacionalidad española y fuera nombrado por un gobernador español comandante de un distrito de Misuri?
Volvamos al principio: la bandera española se plantó en Florida en 1513 y se arrió en 1821, 308 años más tarde, aunque la inmensa mayoría de los americanos cree que todo empezó con la colonia de Jamestown (Virginia) en 1607. Olvidan que los jesuitas establecieron allí sus misiones 37 años antes. No es extraño: la, por otra parte, magnífica Enciclopedia Británica, en su entrada sobre la historia de EE UU (Global Edition, 2009), despacha a Ponce con una línea; dedica un párrafo a Hernando de Soto y un tercero, compartido, a Menéndez de Avilés y Coronado. Reconoce como españolas San Agustín y Santa Fe (de Los Ángeles o San Francisco, ni pío), y remata el brevísimo texto con una frase que produce sonrojo: “Pese a estos comienzos, los españoles tuvieron poco que ver con el desarrollo inicial de los Estados Unidos”.
Dicen los americanos que España fue al Nuevo Mundo buscando “tres ges” (God, gold and glory: Dios, oro y gloria). No está mal visto. Pero si conocieran a fondo sus orígenes europeos, a lo mejor se daban cuenta de que el famoso “sueño americano” empezó siendo un sueño español.

viernes, 29 de marzo de 2013

Nunca tan pocos (y tan raros), engañaron tanto a Hitler

Imagen del desembarco de Normandia en dia 6 de Junio de 1944. / Robert F. Sargent. (Archivos Nacionales de Canada)
 
No eran soldados, sino un abigarrado grupo de personas extravagantes y exasperantes, en su mayoría de moralidad escasa y de lealtad dudosa, y costaban mucho dinero. Pero se jugaron la piel y contribuyeron decisivamente a ganar la guerra. La alambicada historia de los agentes dobles empleados por el servicio secreto británico para engañar a los alemanes en la II Guerra Mundial y distraer su atención de las playas de Normandía ha sido contada muchas veces, pero nunca hasta ahora de manera tan completa y apasionante (y con tanto sentido del humor) como lo hace en su nuevo libro el notable especialista en el espionaje en esa contienda Ben Macintyre.
Considerado por su popularidad como el Antony Beevor de la II Guerra Mundial librada en las sombras, el autor de otros títulos de referencia sobre el tema como El agente Zigzag y El hombre que nunca existió publica ahora en España, también en Crítica, La historia secreta del Día D, subtitulado La verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler. El libro está dedicado especialmente a los cinco espías que formaron el núcleo de la Doble Cruz, un alambicado sistema de agentes dobles creado para confundir a los alemanes y que fueron los que consiguieron que los nazis creyeran a pies juntillas que la verdadera invasión de Europa se realizaría en Calais y no en Normandía.
Esa singular “arma secreta” de agentes que trabajaban para unos (los británicos) haciendo creer a los otros (los nazis) que lo hacían para ellos eran, describe Macintyre, Elvira Chaudoir (peruana bisexual, jugadora e inestable), Roman Czerniawski (ex piloto de caza polaco, fervorosamente patriota e inconsciente), Lily Sergeyev (francesa voluble), Dusko Popov (serbio seductor) y Juan Pujol (catalán excriador de pollos). ¿Fueron realmente tan decisivos? “No hay duda de que marcaron la diferencia. Es difícil calcular cuántas vidas aliadas salvaron, pero fueron muchas”, explica en Madrid Macintyre, un hombre tan inteligente y simpático como sus libros. “Eisenhower, Montgomery, los propios mandos alemanes, todos admitieron la relevancia de esos agentes en el éxito de la invasión del Día D”.
Le pregunto cuál es su personaje favorito de los cinco agentes dobles. Sonríe encantado. “Diré dos: Chaudoir, alias Bronx, es la más intrigante y fascinante, playgirl, bisexual, se mete en el espionaje por accidente y luego casi traiciona los planes por la muerte de su perrito. El otro, por supuesto, es Pujol, alias Garbo, por su bravado y por su uso de la inteligencia y de la palabra como armas, es un loco genial que decide por sí solo aplastar a los alemanes con el engaño”. Las técnicas de espionaje de la II Guerra Mundial, con sus palomas (Macintyre dedica un capítulo inolvidable a su uso), radiotransmisiones, túneles y tintas invisibles, “nos pueden parecer ahora algo amateurs y hasta inocentes”, continúa el autor. “Pero los británicos, Churchill el primero, se tomaban el asunto muy en serio. Estaban muy interesados en la contrainteligencia y el uso de gente con mentalidades retorcidas como sacacorchos que pudieran mirar al otro lado de la esquina”.
Los servicios secretos ingleses, señala Macintyre, se dieron cuenta de que la inteligencia alemana era muy vulnerable al contraespionaje. “Los alemanes eran muy literales, pensaban en línea recta y era fácil engañarles, tendían a aceptar datos de sus agentes sin cuestionarlos”. Había, continúa, otras razones por las que era fácil que los alemanes creyeran las mentiras. “Había una enorme corrupción en el seno de muchas de las secciones de la Abwehr, el servicio secreto militar alemán. Por otro lado, parte de la Abwehr trabajaba también contra Hitler”. Macintyre considera que los británicos contaban con otras ventajas para el contraespionaje: el sentido del humor y la capacidad de asimilar a gente extravagante en sus filas. “Definitivamente, algo muy peculiar de la inteligencia británica es su virtuosismo para reclutar y aprovechar a gente sin aparente valor y hasta muy rara. Eso tiene que ver con el gusto británico por la teatralidad y lo melodramático. Además, nos encanta la mentira. Es muy británico vivir vidas dobles”.
El escritor recuerda que muchos de los personajes del servicio secreto británico eran novelistas frustrados y grandes espías fueron novelistas: Graham Greene, Somerset Maugham, Ian Fleming… “En Madrid en 1941 los agentes británicos eran dos novelistas con obra publicada, tres no publicados y un poeta”.
El investigador está de acuerdo en que las grandes batallas —Stalingrado, El Alamein, Kursk, Midway— han dejado en segundo plano la historia del espionaje en la II Guerra Mundial. “Pero hay una nueva corriente de estudios que está sacando a la luz mucha nueva información de esa guerra secreta librada lejos de los tanques y los cañones. Sin menospreciar a los hombres del frente, la batalla del espionaje es apasionante y está llena de difíciles decisiones morales, es muy humana en ese sentido”.
Macintyre se muestra muy comprensivo con la inmoralidad de esa guerra. “A mí me enseñaron que Gran Bretaña ganó la guerra porque éramos nobles y buenos. Actualmente sé que ganamos en buena medida porque éramos malos y mentíamos”.
¿Llevamos todos un espía dentro? “Todos somos dobles agentes, unos más que otros. Todos tenemos una sombra, y amamos la idea de estar en medio de la gente escondiendo un secreto. Por eso nos gustan las historias de espías”.
El libro subraya la belleza del engaño. “Adoro el ensamblaje de una mentira complicada como la que se tejió para desviar la atención de Hitler de Normandía, hay una estética indudable en una buena mentira”.
En las historias de los cinco superespías, como en general en ese mundo, el espionaje va de la mano con las relaciones amorosas. “Son experiencias muy similares. Un doble agente en el fondo es como un amante infiel, traiciona a su controlador con otro secreto, es igual que un amor adúltero. La traición, la lealtad, la honestidad, la conveniencia, son temas que se pueden aplicar a los dos mundos, el amor y el espionaje”.
 

lunes, 25 de marzo de 2013

Las procesiones, "aquellos espectáculos sangrientos".


http://www.abc.es/ ISRAEL VIANA MADRID  25/03/2013
Resulta muy complicado saber cuándo y cómo se celebró la primera procesión del cristianismo. El Antiguo Testamento cuenta que Dios ordenó a Josué la organización de siete grandes procesiones alrededor de las murallas de Jericó. Y en el Nuevo Testamento se describe al propio Jesucristo entrando de forma procesional en Jerusalén, rodeado de una multitud de seguidores. Pero, ¿cuándo heredan los cristianos esta tradición bíblica?, ¿cómo realizaban estas manifestaciones de religiosidad populares si su religión estaba prohibida?, ¿cuándo aparecieron los primeros pasos?
«Las procesiones tienen un origen bíblico, pero los cristianos las heredarán muy tarde», asegura Manuel Amezcua, profesor de Historia de la Iglesia del Centro de Estudios Teológicos de Guadix, y canónigo archivero de la catedral y de la diócesis de la misma localidad. En los primeros siglos, la Iglesia hizo suya esta tradición, pero tuvo que restringir cualquier manifestación pública debido a las crueles persecuciones a las que eran sometidos sus valientes miembros. Durante mucho tiempo, las procesiones se celebraron dentro de los claustros y no empezaron a salir a la calle hasta los siglos X y XI, en una conquista del especio urbano que se produjo de forma progresiva.
«En España no tenemos testimonios de las primeras procesiones hasta el siglo III y IV –cuenta Amezcua–, ya que antes, además de perseguidos, los cristianos eran poquísimos. Fue a partir de entonces cuando comenzamos a tener noticias de ellas por los viajeros, según los cuales, no eran masivas».
Aquellas primeras manifestaciones furtivas surgieron fruto de la admiración por aquellos primeros mártires, a los que querían rendir cristiano homenaje mediante el traslado solemne de sus restos mortales y de sus reliquias de un lugar a otro, en grandes peregrinaciones que se producían a escondidas y en cualquier época del año.
Antes de la aparición del cristianismo ya había procesiones, llamadas «pompas», nombre griego que recibían los cortejos o comitivas en las que tomaban parte carrozas, coros, músicos o bailarines, para honrar a sus dioses paganos.
Con el paso del tiempo, la Iglesia irá filtrando y depurando estas reminiscencias paganas hasta adoptar un estilo «militarista», posiblemente por la influencia del Imperio Romano. De hecho, el término «processio» es sinónimo de «marchar» o «marcha en sentido militar», un aspecto que queda reflejado en la cruz que comenzaría a abrir las procesiones como símbolo victorioso del «Cristo, vencedor de la muerte», que venía a sustituir al estandarte que portaba la legión romana.
En los siglos V y VI nacen las primeras cofradías, que serán las grandes promotoras de las procesiones al amparo de los santuarios. «Las más antiguas son las que se vinculan a las grandes tumbas de los mártires, para cuidar los nuevos santuarios que surgen en el enclave donde el mártir fuera martirizado o enterrado. Antes no existían, ya que algunos pequeños sínodos provinciales las rechazaron por asemejarse a las asociaciones paganas», explica Amezcua, cura también durante 33 años.
Desde el siglo VIII en adelante, las cofradías van ganando terreno, surgiendo otras nuevas al amparo de diferentes colectivos. Las hay de origen nobiliario, para asegurar ciertos privilegios de la nobleza; de origen episcopal, fundadas por los obispos por obligación de los concilios para que se ocupen de los muertos y de los enfermos de cólera, tifus o sífilis; de origen étnico, creadas por grupos como los esclavos negros de Sevilla, los sevillanos en Mallorca o los riojanos en Úbeda o Baeza; cofradías como remedio al «castigo divino» de las grandes epidemias, como la peste negra, o cofradías de origen gremial, que surgen en los siglos XII y XIII. «Organizan una fiesta anual que incluye misas y procesiones en torno a su santo patrón, como San Crispín y San Crispiniano para los zapateros o San Lucas para los médicos», cuenta Amezcua.
Según explica el exdirector de la revista «Pasos de Semana Santa» y doctor de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid, Antonio Bonet, las procesiones exclusivas de la Semana Santa surgen con la aparición de las cofradías de ámbito penitencial a finales del siglo XIII. «En España se vinculan con la llegada de los franciscanos y los dominicos –comenta–. Son cofradías vinculadas con la sangre y el rosario, congregaciones de flagelantes que no llevaban prácticamente imágenes, solamente alguna cruz y, posteriormente, algún crucificado».
«La implantación de las primeras procesiones dominicas, aún sin pasos –continúa–, fue muy complicada por las quejas que recibió su filosofía de la sangre. Los flagelantes iban, muchas veces, más por el espectáculo, lo que fue derivando en abusos, en el sentido de que se convierte prácticamente en un espectáculo sangriento y no en esa especie de origen de la salvación a través del castigo».
«Santa Teresa, que no era precisamente una persona que se callara las cosas –añade Amezcua–, llamaba a estas procesiones flagelantes la “penitencia de las bestias”, porque entendía que el modo de identificarse con el dolor de Cristo es ayudar a los enfermos y no pegarse porrazos en la espalda hasta quedarse sin piel».
Para Bonet, el tema de la sangre en las primeras procesiones de Semana Santa «tiene cierto morbo», pero cree que hay que contextualizarlo en aquellos siglos en los que hay un culto muy arraigado hacia la expiación de los pecados. Hoy en día prácticamente han desaparecido, salvo en algunos núcleos como, por ejemplo, San Vicente de la Sonsierra o los empalaos de Valverde de la Vera.
«El Concilio de Letrán, en 1215, permitirá que dicha penitencia sea pública en las cofradías, pero con la obligación de que sea anónima para que nadie presuma de ello, ni trate de ganar algún prestigio. Por eso se impone el antifaz, para que para que todos sean iguales ante el hecho penitencial, desde el noble o el duque hasta la prostituta», añade el archivero de Guadix.
Hasta el Concilio de Trento (1545-1563) y, especialmente, a partir del siglo XVII, no surge la imaginería en torno a las procesiones tal y como las vemos hoy en día. Se trataba únicamente de los cofrades flagelándose mientras se paseaban por la calle. «Será este concilio en el que se establezca cómo tienen que ser algunas imágenes. Eso no quiere decir que no dejen libertad a los artistas, pero sí dicen cómo tiene que ser la tipología», aclara Bonet.
A diferencia de otros lugares del mundo, en España no hubo problemas para las cofradías que quisieron sacar los primeros pasos con imágenes a la calle.
Como hemos visto, no fue fácil su implantación en España, pero ni las persecuciones, ni la ocultación en los templos, ni las críticas pudieron con esta tradición que cumple ya casi dos milenios. A pesar de las modificaciones introducidas en los periodos recientes, lo cierto es que el sentido procesional sigue respondiendo para muchos creyentes al que le dieron aquellos primeros seguidores de Cristo perseguidos.