lunes, 16 de abril de 2012

Me salvé asido a un trozo de proa

Ilustración de la explosión de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes (1804), hundida por los ingleses. / LIBRO HISTORIA DE LA MARINA REAL ESPAÑOLA

http://cultura.elpais.com/cultura/ Tereixa Consteila, Madrid, 3/2/2012

Durante dos horas y cuarto, Pedro Afán de Ribera permaneció en el agua sobrecogido, aferrado a un trozo de la proa con el único brazo posible, el izquierdo, tras haber perdido el derecho en la explosión de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. El navío acababa de irse a pique con un tesoro de vidas (se salvaron apenas medio centenar de sus casi 300 tripulantes y pasajeros) y haciendas, incluido medio millón de monedas de oro y plata que dos siglos después extraería del fondo del mar una empresa de cazatesoros llamada Odyssey.
Pedro Afán de Ribera ignoraba aún que era el único oficial que había sobrevivido a la voladura de la fragata. Pero en esas horas aciagas del 5 de octubre de 1804, mientras continuaba el combate entre cuatro embarcaciones inglesas y la disminuida escuadra española frente al cabo de Santa María, a la altura de la costa del Algarve, cuando ya avistaban la sierra portuguesa de Monchique, el teniente de navío Pedro Afán de Ribera solo debió pensar que su vida se había acabado.

La cruda crónica de lo ocurrido fue firmada por el propio Pedro Afán de Ribera en una carta al rey Carlos IV, mediante la que solicitó un ascenso que le permitiese pasar sus últimos años con cierta dignidad tras el desastre que le había arruinado, física y económicamente. El documento, junto a los usados en este artículo, se conserva en el Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán y es una de esas joyas testimoniales que ha salido a flote gracias al pleito entre España y Odyssey por la propiedad de La Mercedes.

Como en todas las tragedias, el azar había repartido cartas marcadas. Afán de Ribera, embarcado hasta entonces en otra fragata, recibió la orden de transbordar a La Mercedes para la travesía que zarpó de Perú con “caudales” de la Hacienda real y particulares. Godoy había recomendado fletar una flota de guerra al ministro de Marina, Domingo de Grandallana, en septiembre de 1802 dada la inseguridad en la navegación, con Inglaterra al acecho. Un sabio consejo, que resultaría insuficiente: los ingleses apresaron las fragatas Fama, Clara y Medea y volaron La Mercedes.
“Solo tuvo la fortuna de salvarse milagrosamente el suplicante de la primera”, escribe el oficial Afán de Ribera, que relata su tragedia en tercera persona, “y como 48 hombres de la segunda, habiendo estado debajo del agua con parte de la artillería del castillo (cuyo puesto cubría) y otros fragmentos sobre sí (...) y después asiendo un trozo de la proa, se sostuvo sobre él como dos horas y cuarto, hasta que finalizado el combate, lo recogieron, habiendo padecido extraordinariamente, de cuyas resultas ha quedado cojo con parte del pie izquierdo menos, manco del brazo derecho por la clavícula, con un afecto al pecho continuado, y en general toda su máquina trastornada”.
El teniente suplica al monarca un ascenso a capitán de fragata para elevar su “retiro” y compensar la pérdida de sus ahorros (“se halla en una indigencia tal que le han cubierto las carnes sus compañeros de limosna”, se conduele) y un traslado a Montevideo por beneficiarle para sus achaques. Carlos IV accede a ambas peticiones el 23 de junio de 1805.
No fue el único testimonio de la batalla. Miguel de Zapiaín, a bordo de la Fama, aportó una minuciosa reconstrucción. A las 6.30 los españoles habían divisado cuatro navíos ingleses y habían mantenido el rumbo “con una confianza que daba conocer la ninguna sospecha que tenía nuestro general de un rompimiento de guerra con la Inglaterra”. Pero a las 7.30 se toca a zafarrancho. Las fragatas inglesas se sitúan estratégicamente, a barlovento de las españolas, a una “distancia de algo menos de medio tiro de cañón” (unos 50 metros). “El comodore inglés envió un oficial a bordo de la Medea, cinco minutos después tiró el mismo comodore un cañonazo con bala que pasó entre la Clara y La Mercedes, a los 15 minutos tiró otro cañonazo sin bala llamando según comprendimos a su bote”.
En ese tiempo, prosigue el relato, La Mercedes se había “sotaventeado bastante”, lo que hizo sospechar a los ingleses que pretendía huir. Poco después de las 9.30, tras el regreso del bote inglés a su fragata, los ingleses abrieron fuego. “La primera descarga nos hizo mucho daño (...) sin embargo ya habíamos contado con la primera descarga cuando de repente oímos una fuerte explosión. Creímos un instante que había sido la Medea, pero poco después conocimos que había sido La Mercedes”. No tardaron en arriarse las banderas españolas en dos fragatas. La tercera, Fama, trató de defenderse y huir a pesar de los daños y las bajas. “Seguimos el fuego esperando zafarnos de un enemigo bien superior a nosotros y de quien nos hubiéramos burlado si después de la rendición de nuestros buques no se hubiese destacado otra fragata inglesa que nos alcanzó a la hora y media”. Fama aún combatió hasta pasado el mediodía, cuando arrió la bandera y pudo contar sus bajas: 11 muertos, 40 heridos, cinco pies de agua en la bodega y timón y piezas auxiliares rotas. Un amargo anticipo de lo que aguardaba un año después: Trafalgar.
El ataque inglés le sorprendió en el castillo de la cubierta pasadas las 9.30. Un solo cañonazo. Certero. En la diana: el corazón de la santabárbara, el lugar donde se depositaba la pólvora del barco. La Mercedes voló por los aires sin que sus 34 cañones hubieran siquiera abierto fuego.



La última unión ibérica

Mapa de la batalla de Alcántara que enfrentó a los ejércitos de España y Portugal en 1580

david valera -15/04/2012 http://www.abc.es/


Felipe II juró su cargo como rey de Portugal ante las Cortes lusas reunidas en Tomar el 15 de abril de 1581. Con este acto se ponía fin al proceso que llevó al monarca a unir ambos reinos por última vez en la historia. Esta situación solo duró 60 años. A partir de entonces, y con una cruenta guerra de por medio, cada país vivió su camino por separado, según publica «Diariosur.es».
El Portugal de la segunda mitad del siglo XVI era una potencia comercial que controlaba un vasto territorio. Desde Brasil en el nuevo continente, hasta enclaves en China, como Macao. Además, su influencia se extendía a gran parte de la costa africana. En 1578, el rey Sebastián I falleció en la batalla de Alzarcarvir, una absurda campaña militar en Marruecos. El joven monarca no dejó descendencia y provocó la lucha por el trono del país.
El cardenal Enrique, tío-abuelo del fallecido Sebastián, asumió la corona. Sin embargo, su condición de eclesiástico le impedía concebir un heredero. Conscientes de este problema, varios candidatos de la más alta nobleza o realeza se prepararon para la sucesión. El más poderoso de todos era Felipe II, que tenía derechos dinásticos gracias a su madre Isabel de Portgual, hija del rey luso Manuel I.
El cardenal Enrique falleció dos años después. Se formó un consejo de regencia favorable a entregar el trono al rey español. Sin embargo, las cosas no iban a ser tan fáciles. Antonio, un hijo bastardo del infante Luis de Avis y, por tanto, nieto de Manuel I, se proclamó rey en junio de 1580.
Este hecho no alteró la determinación de Felipe II de acceder al trono del país vecino. España organizó una expedición dirigida por sus mejores hombres de armas. Un ejército de 30.000 hombres comandado por el Duque de Alba se internó en Portugal. Por su parte, Álvaro de Bazán se puso al frente de una potente flota que atacó Lisboa.
La superioridad militar española, unido a la división en el bando portugués, condujo a la derrota de las tropas de Antonio I en la batalla de Alcántara. Felipe II tenía el camino despejado hasta Lisboa. Pero el rey «Prudente» sabía que si quería mantener el apoyo de la nobleza lusa debería conceder una amplia autonomía a sus nuevos dominios.
Portugal mantuvo sus Cortes, leyes y el monopolio comercial con sus colonias a cambio de la unión ibérica. E incluso se planteó la posibilidad de trasladar la capital de Madrid a Lisboa.
Sin embargo, la nobleza portuguesa pronto descubrió que los supuestos beneficios de su anexión a la Corona española no eran tantos y proclamaron al duque de Braganza como su nuevo rey. Era el año 1640. Tras casi tres décadas de conflicto, Portugal recuperaría su independencia.

domingo, 5 de febrero de 2012

Cultura y libertad

Ana Juan

http://www.elpais.com/ http://cultura.elpais.com/autor/el_pais/a/ Madrid, 1/02/2012
Entre 1808 y 1814, en los seis años que rodearon la fecha cuyo bicentenario se cumple ahora, se acumuló una secuencia vertiginosa de acontecimientos: un "motín", preparado por los "fernandinos" —partidarios del príncipe heredero al trono y enemigos del valido Godoy—, que obligó a abdicar al monarca en ejercicio y fue el primero de una larga serie de golpes de Estado; una sustitución de la familia reinante por otra —los Borbón por los Bonaparte—, francesas de origen ambas; un levantamiento que inició una guerra que afectaría a la totalidad del territorio y de la población peninsular y que en parte fue una guerra civil y en parte internacional —enfrentamiento entre Francia e Inglaterra, las dos grandes potencias del momento—; un vacío de poder, en la zona insurgente, por ausencia de la familia real al completo, que hubo que llenar con distintas fórmulas, hasta culminar en una convocatoria de Cortes; una Constitución, elaborada por aquellas Cortes, que, sumada a la decretada en Bayona por Bonaparte, inauguraba otra larga lista de textos constitucionales; una serie de medidas revolucionarias, emanadas igualmente de aquella asamblea, tendentes a destruir o modificar radicalmente las estructuras del Antiguo Régimen, asentadas en el país desde hacía siglos; un estallido del imperio americano, que acabaría generando una veintena de nuevas naciones independientes en América y que relegaría a la monarquía española a un papel prácticamente irrelevante en el escenario europeo; y el nacimiento de toda una nueva cultura política, a la que con mucha generosidad se llamó "liberal", que marcaría como mínimo todo el siglo siguiente.
El conjunto reviste una enorme complejidad. Pero ha sido simplificado y elevado a mito fundacional, por considerarlo el origen de la nación moderna; y se ha presentado como un unánime levantamiento popular contra un intento de dominación extranjera; como una guerra de "españoles" contra "franceses", con una victoria de los heroicos aunque desarmados descendientes de saguntinos y numantinos contra el mejor ejército del mundo, invicto hasta aquel momento; como un intento simultáneo de liberación, gracias a los diputados gaditanos, frente a toda tiranía interna o externa; o como una sana defensa de la religión, el rey y las tradiciones, traicionada por las élites permeadas por secretas sectas satánicas… Como buen relato mítico, se ha cargado de héroes, mártires, villanos, hazañas y momentos sacrosantos que encarnan los valores que sirvieron y todavía hoy deberían seguir sirviendo de fundamento a nuestra sociedad. Todo un montaje sencillo, pero no fácil de cuestionar, ni aun casi de reflexionar críticamente sobre él, sin correr serios riesgos de ser acusado de antipatriota.
Pero las investigaciones recientes arrojan muchas dudas sobre este relato canónico. El apoyo popular a la causa antifrancesa fue, desde luego, generalizado. Pero no es claro que dominara entre los sublevados la motivación patriótica, sino la reacción contra los abusos y exacciones de las tropas francesas, sumada a la galofobia o la propaganda contrarrevolucionaria de signo monárquico o religioso; y son abrumadores los datos referidos a enfrentamientos y problemas internos —muy documentados por Ronald Fraser—, por ejemplo por el reparto de levas o de los impuestos extraordinarios de guerra.


Que la religión y el trono fueran más importantes que la "nación" no quiere decir que no surgiera en esos años la formulación moderna del sujeto de la soberanía. Por el contrario, fue la pieza clave de la retórica liberal; y los liberales dominaron, a la postre, las Cortes gaditanas. Pero es difícil que ese discurso, elaborado en una ciudad sitiada y mal conectada con las demás zonas en que se combatía a los josefinos, fuera el resorte movilizador en el resto del país. Por el contrario, es razonable suponer que los argumentos tradicionales sobre el origen divino del poder dominaran sobre la defensa de la soberanía nacional, su justificación revolucionaria. Incluso entre los llamados "liberales", muy interesantes estudios recientes, como los de R. Breña o J. M. Portillo, subrayan la pervivencia de una herencia iusnaturalista procedente del escolasticismo que anclaba sus teorías en una visión colectivista y orgánica de la sociedad muy alejada del individualismo liberal. En el llamativo fenómeno del "clero liberal", decisivo en las votaciones gaditanas, parece detectarse más jansenismo —un proyecto de creación de una iglesia regalista, ahora nacional— que liberalismo.
Sobre la guerra en sí y su resultado final, los historiadores tienden a dar una relevancia creciente a los factores internacionales. Lo cual quiere decir prestar atención a los movimientos del ejército de Wellington, por un lado, y atender también al resto de las campañas napoleónicas, que obligaron al emperador a retirar de la Península una gran cantidad de tropas en 1811-1812 para llevarlas al matadero ruso. No por casualidad fue entonces cuando Wellington decidió por fin abandonar su refugio en los alrededores de Lisboa e inició así el giro de la guerra hacia su desenlace final. Las guerrillas, en cambio, tienden ahora a verse como grupos de desertores o soldados derrotados en batallas previas que sobrevivieron a costa de los habitantes de las zonas vecinas, a los que sometían a exigencias similares a las de los ejércitos profesionales del momento, cuando no a las del bandolerismo clásico. Y no desempeñaron, desde luego, ningún papel de importancia en la fase final, y decisiva, de la guerra.
Aquella secuencia de hechos inició toda una nueva cultura política. Uno de sus aspectos consistió, sin duda, en la creación de una imagen colectiva de los españoles como luchadores en defensa de la identidad propia frente a invasores extranjeros, lo que reforzaba una vieja tradición que articulaba toda la historia española alrededor de las sucesivas resistencias contra invasiones extranjeras, evocada por nombres tales como Numancia, Sagunto o la casi milenaria "Reconquista" contra los musulmanes. Según esta interpretación, la nueva guerra había dejado sentada la existencia de una identidad española antiquísima, estable, fuerte, con arraigo popular, lo cual parece positivo desde el punto de vista de la construcción nacional. ¿Qué más se podía pedir que una guerra de liberación nacional, unánime, victoriosa pese a enfrentarse con el mejor ejército del mundo, que además confirmaba una forma de ser ya atestiguada por crónicas milenarias? Pero el ingrediente populista del cuadro encerraba consecuencias graves. Era el pueblo el que se había sublevado, abandonado por sus élites dirigentes. Lo que importaba era el alma del pueblo, el instinto del pueblo, la fuerza y la furia populares, frente a la racionalidad, frente a las normas y las instituciones. Como escribió Antonio de Capmany, la guerra había demostrado la "bravura" o "verdadera sabiduría" de los ignorantes frente a la "debilidad" de los filósofos. Se asentó así un populismo romántico, que no hubieran compartido los ilustrados (para quienes el pueblo debía ser educado, antes de permitirle participar en la toma de decisiones), que no existió en otros liberalismos moderados (y oligárquicos), como el británico, de larga vida en la retórica política contemporánea, no sólo española sino también latinoamericana.


A cambio de esa idealización de lo popular, el Estado, desmantelado de hecho en aquella guerra, se vio además desacreditado por la leyenda. Los expertos funcionarios de Carlos III y Carlos IV, muchos de ellos josefinos, desaparecieron de la escena sin que nadie derramara una lágrima por ellos. El Estado se hundió y hubo de ser renovado desde los cimientos, como volvería a ocurrir con tantas otras crisis políticas del XIX y del XX (hasta 1931 y 1939; afortunadamente, no en 1976). A cambio de carecer de normas y de estructura político-burocrática capaz de hacerlas cumplir, surgió un fenómeno nuevo, que difícilmente puede interpretarse en términos positivos: la tradición insurreccional. Ante una situación política que un sector de la población no reconociera como legítima, antes de 1808 no se sabía bien cómo responder, pero sí a partir de esa fecha: había que echarse al monte. Nació así la tradición juntista y guerrillera, mantenida viva a lo largo de los repetidos levantamientos y guerras civiles del XIX. Una tradición que se sumó, además, a un último aspecto del conflicto que no se puede negar ni ocultar: su extremada inhumanidad. Los guerrilleros no reconocían las "leyes de la guerra" que los militares profesionales, en principio, respetaban. Ejecutaban, por ejemplo, a todos sus prisioneros. O mataban en la plaza pública, como represalia, a unos cuantos vecinos seleccionados al azar de todo pueblo que hubiera acogido a las tropas enemigas. O se fijaban como objetivo bélico los hospitales franceses, en los que entraban y cortaban el cuello a los infelices heridos o enfermos del ejército imperial que recibían cuidados en ellos. Los enemigos eran agentes de Satanás y no tenían derechos. Fue una guerra de exterminio, que inició una tradición continuada hasta 1936-1939.
Lo más positivo de aquella situación fue el esfuerzo, verdaderamente inesperado y extraordinario, de un grupo de intelectuales y funcionarios para, a la vez que rechazaban someterse a un príncipe francés, adoptar lo mejor del programa revolucionario francés: en Cádiz se aprobó en 1812 una Constitución que estableció la soberanía popular, la división de poderes o la libertad de prensa. Fue el primer esfuerzo en este sentido en la historia contemporánea de España. Un esfuerzo fallido, por prematuro, ingenuo, radical y mal adaptado a una sociedad que no estaba preparada para entenderlo. Costó mucho, hasta 1978, verlo plasmado en una forma de convivencia política democrática y estable. Ahora, que celebramos el bicentenario de aquella Constitución, es el momento de conmemorar aquel primer intento de establecer la libertad en España, en lugar de dedicarnos a exaltar la nación. Entonces era el momento de hacerlo, ya que se inauguraba una era dominada por los Estados nacionales. Pero ahora, doscientos años después, estamos ya en el momento posnacional.



José Álvarez Junco ha publicado recientemente El emperador del paralelo: Lerroux y la demagogia populista (RBA. Barcelona, 2012. 432 páginas. 29 euros) . También es autor de La Constitución de Cádiz: historiografía y conmemoración (J. Álvarez Junco y Javier Moreno Luzón, editores. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2006) y de Mater dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (Taurus, 2001).
Entre los últimos libros publicados sobre el tema se encuentran: Génesis de la Constitución de 1812. De muchas leyes fundamentales a una sola constitución. Francisco Tomás y Valiente. Prólogo de Marta Lorente Sariñena. Urgoiti Editores. Pamplona, 2011. 160 páginas. 20 euros (edición original: 1995). La Constitución de Cádiz. Origen, contenido y proyección internacional. Ignacio Fernández Sarasola. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Madrid, 2011. 466 páginas. 24 euros. Luz de tinieblas. Nación, independencia y libertad en 1808. Antonio Elorza. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Madrid, 2011. 356 páginas. 20 euros. Mendizábal. Apogeo y crisis del progresismo civil. Historia política de las Cortes constituyentes de 1836-1837. Alejandro Nieto. Ariel. Barcelona, 2011. 959 páginas. 49 euros (electrónico: 15,99). Otros libros publicados por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (CEPC) sobre la Constitución de Cádiz: www.cepc.es/Actividades/bicentenario_Consti tucion_1812/librosCEP.

jueves, 2 de febrero de 2012

Terror rojo en el Madrid republicano

Jukius Ruiz. Ernesto Agudo
http://www.abc.es/ Antonio Astorga


Madrid, capital del dolor, 1936... Niños que se desmayan en las colas del pan, un índice de mortalidad infantil doce veces sobre la media europea, muertes de la población civil a los dos o tres meses después de perder cinco kilos al día, ejecuciones extrajudiciales, agencias estatales que actúan como cómplices de las matanzas, gánsteres, Brigadas «Amanecer» y «Al Capone», escuadras de la muerte, paseos, mucho café, delaciones a traición... Afiliarse a un sindicato católico o defender un partido político de derechas constituía una invitación a ser acusado de «fascista». Lo revela el hispanista Julius Ruiz, profesor de Historia de Europa en la Universidad de Edimburgo, en «El terror rojo» (Espasa, 459 páginas), con material inédito, tras diez años de investigación por archivos del Reino Unido y España sobre el periodo republicano, la Guerra Civil y la etapa franquista. Sostiene que «el terror rojo republicano fue un esfuerzo de guerra organizado y pensado para asegurar la victoria republicana, la revolución y crear una nueva sociedad antifascista. Los asesinos mataron para servir la causa de la República».
Las entidades antifascistas del terror en ese Madrid de 1936 englobaban a todo el Frente Popular, según Julius Ruiz. En ese Madrid, capital del dolor, «pes a las 226 checas alegadas por los franquistas, solamente 37 tribunales revolucionarios dispensaron justiciaextrajudicial en la capital entre 1936 y 1939, y otros 30 centros detuvieron y encarcelaron a sospechosos». Estos 67 «centros» eran de dos tipos: 1) el comité de defensa adscrito al partido político o sindicato local y 2) la brigada policial de la Dirección General de Seguridad (DGS), donde se hacía una purga de «fascistas». Expone Julius Ruiz: «Con representantes de todos los partidos y sindicatos del Frente Popular, pronto se convertiría en el mayor centro de asesinatos y actuó como punto neurálgico de la red del terror, recibiendo y transfiriendo prisioneros para ser ejecutados. La DGS participó conscientemente en las sacas de las prisiones. Emitía órdenes de liberación falsas que dejaban a los reclusos en manos del Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) para ser matados fuera de la cárcel».
La CNT-FAI, añade el investigador, prestó la mayor contribución a esta red de terror rojo: controlaba 23 de esos 67 centros que «dispensaban justicia»; los comunistas controlaban 13; el PSOE, 9; las Juventudes Socialistas Unificadas, 6, y otros 14 eran entidades conjuntas del Frente Popular como el CPIP. Y observa Julius Ruiz: «Las alas del PSOE de la izquierda caballerista —de Francisco Largo Caballero— y la derecha prietista —de Indalecio Prieto— participaron en el terror. ¿Cómo ejecutaba esta red? Julius Ruiz lo ejemplifica en las masacres de Paracuellos de Jarama: «Los directores de las prisiones transferían reclusos bajo su custodia basándose en falsas órdenes de salida firmadas por el director general de Seguridad. Aunque los asesores soviéticos aprobaron la operación, las matanzas de Paracuellos fueron realizadas made in Spain».
Julius Ruiz argumenta que los fusilamientos de Paracuellos comenzaron dos semanas antes de la llegada de Santiago Carrillo como consejero de los servicios de Orden Público de Madrid «Empezaron el 28 de octubre de 1936 con 31 personas en la Saca de Ventas». Entre las víctimas, el nieto de Ramiro de Maeztu, Ramiro de Maeztu Whitney. «Quienes organizaron las Sacas fueron los dirigentes del Comité de Fomento, con todos los partidos y sindicatos del Frente Popular. Antes de la llegada de Carrillo fueron fusiladas 190 personas en sacas masivas». Asegura el hispanista que «Santiago Carrillo dio todo su apoyo político y logístico a la operación de las Sacas. Y también Miaja. Carrillo incorporó todos los dirigentes del Comité de Fomento en su nueva policía revolucionaria, negó que hubiera Sacas masivas, dijo que los presos estaban a salvo en Madrid, mintió como Miaja, y dio espacio político para los fusilamientos. Carrillo sabía desde el principio que existían las sacas, consintió y las apoyó».
—¿Se asesinó más en el Madrid«rojo» que en el Madrid «azul»?
—La «justicia» de Franco tras la guerra fue mucho más que un simple castigo a los implicados en los «crímenes de sangre». Traté con detalle La Justicia de Franco: la represión en Madrid tras la Guerra Civil,2005 esa despiadada represión franquista. Existen diferencias entre el castigo de «fascistas» en la guerra y la represión de posguerra en Madrid. Unas 3.113 personas fueron ejecutadas en la provincia entre el 28 de marzo de 1939 y el 30 de abril de 1944, y nada de lo publicado después me empujó a revisar la cifra. Es probable que el número de fusilamientos en el Madrid republicano superara en dos a uno al del Madrid franquista. El terror rojo de 1936 se caracterizó por las ejecuciones extrajudiciales, aun cuando hubo agencias estatales que actuaran como cómplices de las matanzas. La represión franquista tras la guerra se basó en un sistema burocrático pseudolegal de justicia militar.
Las autoridades militares, concluye Ruiz, como los tribunales republicanos tras 1936, castigaron de forma «selectiva» a los autores del terror franquista por «sus excesos». Madrid se desangra en terror.

viernes, 20 de enero de 2012

El infierno infantil de los nazis

Pruebas de la desaparición de miles de menores de 3 años.



Rosalía Sánchez, Berlín http://www.elmundo.es/elmundo/

Cuando a los niños de los campos de concentración nazis les ponían un lápiz en las manos, rasgaban el papel con violentos trazos sangrantes en los que apenas alcanzaban a expresar el terror y la angustia a que estaban siendo sometidos. Y aquellos que tenían un lápiz en las manos eran lo que más "suerte" habían tenido.
Su vida había sido prolongada "en beneficio de la ciencia" mientras eran víctimas de experimentos médicos y extracción de órganos. De lo contrario, iba directamente a las cámaras de gas. Aunque muchos otros habían muerto a manos de los médicos antes de llegar a los campos en la gran operación eutanasia infantil del Tercer Reich.
Esta exposición del Museo Topografía del Terror de Berlín documenta el asesinato de más de 5.000 niños menores de 10 años a causa de alguna minusvalía física o clasificados como "débil mental" o "no apto para ser educado".
Expone además pruebas de la desaparición de unos 10.000 adolescentes en las cámaras de gas y la "eliminación de varios miles más, todos menores de 3 años, en el programa Lebensborn, las granjas de cría de niños de rasgos arios, hijos de madres solteras seleccionadas para la procreación y a las que sus bebés les eran arrancados a los 3 meses de edad. Si la genética no hacía el papel que se esperaba de ella y el recién nacido presentaba algún rasgo no ario, era "desechado".

"Esta exposición habla de los miembros más indefensos de aquella sociedad. Los visitantes deben estar preparados para enfrentarse a hechos muy duros», dice el Historiador Médico de la Charité de Berlín, que relata cómo los médicos de familia aconsejaban a los padres deshacerse de los niños con cualquier tipo de minusvalía y como las propias familias llevaban personalmente a los pequeños a los centros de internamiento, donde los dejaban para no verlos más.
Desde los años 20, el concepto de "vida indigna" circulaba ya con cierta naturalidad entre los círculos médicos alemanes y en la muestra pueden verse documentos del director de la Institución para Débiles Mentales, Ewald Meltzer, que defiende que "a pesar del amor a la vida que parecen tener estos idiotas incurables" era conveniente eliminar tales vidas "inútiles".
"No estamos hablando de decisiones médicas cuestionables moralmente, sino de auténticos crímenes revestidos de legalidad, de rigor científico y de racionalidad que convirtieron a los médicos en ilegítimo árbitros de la vida y la muerte y que han degradado para siempre a la raza humana", comenta el historiador Thomas Beddies.
Algunos de los documentos más conmovedores son las cartas a los padres en los que se notificaba que tal o tal niño había sido "sentenciado a eutanasia", y los partes médicos en los que consta abiertamente el sufrimiento de los niños en forma de dolor físico, desesperación por el trato recibido e incluso intentos de suicidio de menores de 8 años.
Las enfermeras aprendía su oficio en un manual que diferenciaba los principios del cuidado de los niños sanos y de los niños enfermos o "no dignos de vivir", una separación que, según el director de la muestra, Andreas Nachama, no dependía de la salud del niño, como aparenta la terminología utilizada, sino que era establecida por su "utilidad".
La comisión de la Cancillería de Berlín que supervisaba el programa de eutanasia preveía protestas ciudadanas en sus primeras fases y dio orden a los centros de remitir cualquier informe de resistencia directamente a la oficina del Führer, pero las protestas nunca llegaron a cobrar gran entidad, salvo las encabezadas por el Obispo de Münster, Clemens August Graf von Galen.
El visto bueno a los asesinatos era firmado por un equipo de unos 100 funcionarios con sede en la calle Tiergantenstrasse nº4, allí donde hoy se levanta la sede de la Orquesta Filarmónica de Berlín y desde donde la capital alemana entona una eterna melodía de arrepentimiento.

lunes, 16 de enero de 2012

Napoleón era caucásico

EFE, 16/01/2012 http://www.abc.es/


Nuevos análisis de ADN establecen que los orígenes del emperador Napoleón I eran caucásicos y no árabes, como se especulaba hasta ahora, según las investigaciones del profesor Gérard Lucotte publicadas hoy en la prensa francesa.
A partir de varios cabellos que pertenecieron a las patillas de Napoleón, avalados por haber aparecido junto con un relicario que perteneció al fundador del Museo del Louvre, Dominique Vivant-Denon, el genetista pudo aislar el perfil del cromosoma Y de Napoleón, informa Le Figaro.
Se trata del mapa genético masculino del emperador Bonaparte, nacido en Córcega y de quien se creía que podía tener orígenes árabes pues se le conocía un vínculo familiar con el mercenario del siglo XV al que llamaban «Il Moro di Sarzana», originario de una ciudad mediterránea recurrentemente atacada por los sarracenos.
Efectivamente, el «haplogrupo» del ADN analizado, que sirve para definir la historia de los ancestros de una persona, coincide con un tipo extraño y llamado Elblbcl que se ha encontrado en el 10 por ciento de la población de Yemen y Arabia Saudí, según los estudios de Lucotte publicados en la revista especializada Journal of Mocelular Biology Research.
Cotejo con Charles Napoleón
«Las indicaciones históricas hacían pensar a los expertos que los ancestros árabes de Napoleón habrían llegado a Europa durante la expansión del Islam o a través del comercio de mercancías con Italia», resume Le Figaro.
Sin embargo, Lucotte ha echado por tierra esa teoría. El genetista tuvo la oportunidad de cotejar cabellos de las patillas del emperador con el material genético de Charles Napoleón, descendiente por la parte de Jerónimo Bonaparte, hermano de Napoleón.
Las marcas del cromosoma Y del contemporáneo Charles Napoleón y las del emperador que dominó Europa entre los siglos XVIII y XIX se revelaron idénticas.
«Hemos podido determinar el «halopgrupo» sobre un mayor número de marcadores, con mucha más precisión: Napoleón no era árabe sino caucásico», asegura Lucotte.
Aunque publicados, la comunidad científica no dará por válidos los resultados hasta que un segundo laboratorio desarrolle la misma investigación.
Investigar su muerte
No obstante, mientras tanto se abren nuevos caminos para explorar, como las causas de la muerte de Napoleón, nunca esclarecida. O aclarar, al menos, si pudo padecer alguna enfermedad genética.
Detrás de las investigaciones científicas, escribe Le Figaro, se esconde una nueva tentativa de abrir la tumba de Napoleón en el Hotel de los Inválidos de París y aclarar si efectivamente allí yacen los restos del emperador, si se trata del cadáver de otra persona o si el sepulcro está vacío.

lunes, 2 de enero de 2012

Nuevos parientes de los neandertales en Atapuerca

Algunos de los dientes de la Sima de los Huesos analizados. CENIEH


Rosa M. Tristán 25/11/2011 http://www.elmundo.es/elmundo/

La especie humana que habitó en la sierra de Atapuerca hace medio millón de años, y cuyos restos se acumulan en la Sima de los Huesos, el mayor 'cementerio' del Pleistoceno Superior en Europa, podría ser un linaje 'pariente' de los neandertales y no sus antepasados, como se ha defendido hasta ahora.
Esta es la conclusión a la que ha llegado el equipo liderado por la paleontóloga, experta en dentición, María Martinón-Torres, del Centro Nacional de Investigación en Evolución Humana (CENIEH), tras el estudio de más de 500 piezas dentales fosilizadas encontradas en la Sima durante los últimos años.
El análisis, cuyos resultados se publican en la revista 'Journal of Human Evolution', concluye que aquellos homínidos, clasificados como 'Homo heidelbergensis', no son los antepasados de los neandertales clásicos, como se apuntaba hasta ahora, porque, curiosamente, tienen rasgos dentales "más neandertales que estas poblaciones típicas". "Si fueran sus ancestros, los rasgos habrían ido pareciéndose con el tiempo, pero lo que vemos es que hace 500.000 años tenían rasgos neandertales incluso exagerados", argumenta Martinón-Torres.
La investigadora apunta dos posibilidades ante estos resultados: o hubo un cuello de botella evolutivo que hizo que todos los neandertales posteriores (del Pleistoceno Superior) fueran descendientes de los homínidos de la Sima; o estos últimos fueron un linaje paralelo, unos "hermanos" evolutivos que, además, no tendrían por qué ser los únicos que existieron. "Ello explicaría la variedad de rasgos que se han identificado en la especie 'Homo heidelbergensis', que es como un cajón de sastre y que tendría que ser redefinida porque igual hubo varios linajes paralelos", señala la autora.
José Mª Bermúdez de Castro, director del CENIEH y coautor del artículo, recuerda que ya había algunas dudas sobre que todos los 'H. heidelbergensis' eran antecesores de los neandertales. "Debido a las duras condiciones glaciares de Europa en este periodo, estos homínidos habrían evolucionado en aislamiento, acumulando de forma progresiva características típicamente neandertales a través de frecuentes cuellos de botella y extinciones locales. Ahora vemos que hay muchos misterios sin resolver, pero todo indica que no fue una especie homogénea", señala a ELMUNDO.es.
En este caso, esas condiciones de aislamiento climático habrían favorecido procesos como la deriva genética, provocando que los homínidos de Atapuerca evolucionaran hacia otro linaje con una morfología diferente de la que se observa en otros restos del Pleistoceno Europeo.
Según este trabajo, en el que también han participado los investigadores Aida Gómez Robles, Leyre Prado Simón y Juan Luis Arsuaga, cabe la posibilidad de que durante el Pleistoceno Medio en Europa, hubieran coexistido varios linajes humanos diferentes, lo que obligaría a redefinir la especie de H. heidelbergensis.