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lunes, 1 de abril de 2013

A esa tierra la llamó Florida

Como no podía ser de otra forma, Ponce de León murió a consecuencia de un flechazo indígena en 1521. En este óleo de Thomas Moran se narra su encuentro con los nativos de Florida en 1513. / Album / Photoaisa
 
http://elpais.com/elpais/eps.html http://elpais.com/autor/fernando_pajares/a/ 31/03/2013
¿Sabía que la bandera de España ha ondeado en el territorio que hoy es Estados Unidos durante 308 años frente a los 237 de la enseña de las barras y estrellas? Los tres siglos de presencia española en Norteamérica fueron una aventura tan extraordinaria como desconocida.
Centrémonos, obviando Canadá y México, en la tierra que hoy ocupa EE UU. La historia europea del hoy país más poderoso del mundo empezó cuando Juan Ponce de León llegó el 27 de marzo de 1513, hace 500 años, a las costas de una península que llamó Florida por la frescura de su vegetación y porque, como hoy, era Domingo de Resurrección, Día de la Pascua Florida.
Ponce fue el descubridor oficial de Florida, pero hoy sabemos que cuando él y sus hombres pisaron tierra, después de ser recibidos a flechazo limpio por los indios, encontraron al menos a uno de ellos que chapurreaba el español. Se cree que hubo una partida de españoles que recorrió aquella tierra (¿1499?) en busca de esclavos.
Repasemos la vida y milagros de Ponce antes de acercarnos a la asombrosa huella de España en Estados Unidos. En sus Mitos y utopías del Descubrimiento, el profesor Juan Gil, miembro de la Real Academia Española, dice que, según el cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo, Ponce nació “hacia 1474”. Otros autores apuntan a 1460. Su lugar de nacimiento pudo ser Santervás de Campos (Valladolid) o San Servos (León). Guerreó en la Reconquista hasta que, en 1493, pasó a Indias. Ayudó primero a colonizar La Española y en 1508 conquistó la isla de Borinquen, hoy Puerto Rico, de la que fue gobernador.
En 1513 pone proa a la misteriosa isla de Bimini, pero llega a la costa de Florida. Bordea sus cayos y es el primero en enfrentarse a la corriente del Golfo, clave para la navegación en los siglos venideros. Ponce no busca la fuente de la juventud. Esta fábula, como las siete ciudades de Cíbola, hechas de oro, venía de atrás. Hubo aventureros que hablaban de baños relajantes en una isla paradisíaca, llena de árboles, flores y mujeres, por supuesto desnudas. El de 1521 fue su último viaje. Los indios volvieron a recibirlo con el arco presto. Herido de un flechazo, regresó a Cuba para morir en La Habana a los 61 años. Su tumba está en la catedral de San Juan de Puerto Rico.
Ponce fue el descubridor oficial de Florida, pero no el primero en llegar. Cristóbal Colón también descubrió oficialmente América en 1492. Pero tampoco fue el primero. Según el historiador estadounidense David J. Weber, hubo exploradores asiáticos que llegaron por el estrecho de Bering. Y grupos nórdicos que se instalaron hacia el año 1000 en Terranova.
Es verdad que españoles fueron los primeros europeos en toparse con el impresionante río Misisipi (río Espíritu Santo, lo llamaron), si bien en aquel momento no estaba Hernando de Soto, como siempre se ha escrito, sino uno de sus hombres, Álvarez de Pineda. El descomunal Gran Cañón del Colorado (Arizona) también fue descubierto por españoles, aunque entre aquellos no figuraba Francisco Vázquez de Coronado, de quien se ha dicho que fue el primero en verlo: fue una partida que él envió bajo el mando de García López de Cárdenas.
San Agustín, en Florida, es la primera ciudad permanente de EE UU. Fundada por Pedro Menéndez de Avilés en el año 1565, en su impresionante castillo de San Marcos aún ondea la Cruz de San Andrés o Cruz de Borgoña, bandera de España en el siglo XVI.
Al rebuscar en la historia nos encontramos con tres asentamientos que, aunque no prosperaron, son anteriores a San Agustín: San Miguel de Guadalupe (1526), Santa María de Filipino (1559) y Santa Elena (1560), sobre la que Weber dice que sus restos estuvieron hasta finales de 1990 “¡bajo el hoyo ocho del campo de golf de los marines estacionados en Parris Island, en Carolina del Sur!”.
La investigadora María Antonia Sainz Sastre (La Florida en el siglo XVI. Exploración y colonización; Fundación Mapfre) sostiene que Menéndez de Avilés “lleva consigo al primer negro libre en la historia de Norteamérica, Juan Garrido”, y que “dispuso de tanta confianza de Felipe II que este le ofreció en 1574 comandar una gran armada para luchar contra los herejes en Flandes y donde fuera necesario”. Pero el conquistador murió aquel mismo año de tabardillo, una especie de tifus.
San Agustín desmiente que el Thanksgiving Day, la gran fiesta familiar estado­unidense, proceda de la primera comida de acción de gracias que hicieron los pioneros ingleses en Plymouth en 1621, al año de bajarse del Mayflower. Según el historiador de Florida Michael Gannon, la primera misa, celebrada por el padre Francisco López de Mendoza, y la primera comida de acción de gracias fueron en San Agustín, donde los españoles comulgaron y compartieron sus alimentos con los indios. Fue en 1564, 57 años antes del Thanksgiving Day.
La gesta española empieza en Florida y se extiende por el territorio. California, por ejemplo, le debe mucho al conquistador catalán Gaspar de Portolá y a fray Junípero Serra. El primero, desde los presidios (fortalezas militares), y el segundo, desde sus misiones. Ahí tenemos San Francisco, Los Ángeles o San Diego. Todo empezó con el apoyo de tres grandes hombres: el rey Carlos III, el conde de Aranda y el ministro de Indias José de Gálvez.
Gálvez es apellido respetado en EE UU. Más que nada por el sobrino de José, Bernardo de Gálvez. Al general Washington le hubiera costado ganar la Guerra de Independencia contra los ingleses (1775-1783) si no hubiera sido por la campaña de este joven brigadier en 1779. España apoyó a los americanos contra una Inglaterra dispuesta a devolver Gibraltar si se mantenía neutral. Según el profesor José Manuel Pérez Prendes, “este dato, que aún hoy sorprende, está recogido en documentos oficiales del Ministerio de Asuntos Exteriores del año 1966”.
La intervención de Gálvez y su flotilla fue crucial para los patriotas: despejó el puerto de Nueva Orleans y tomó la mayor base inglesa en el sur, Pensacola. Atravesó la bahía de Mobile bajo el fuego cruzado de los cañones enemigos. Lo hizo solo. Nadie más se atrevió. Por eso Carlos III le permitiría más tarde llevar el lema “Yo solo” en su escudo de armas. La ciudad de Galveston, en Tejas, lleva su nombre.
El menorquín Jorge Farragut también luchó en aquella guerra. Acabó de comandante del Ejército americano. Y de tal palo, tal astilla. Su hijo David Farragut, ya nacido en EE UU, tuvo un papel extraordinario en la guerra civil (1861-1865) al lado de la Unión, presidida por Abraham Lincoln, cuando arrebató Mobile Bay y Nueva Orleans a los confederados. Como Gálvez antes, cruzó en barco la bahía mientras bramaba: “¡Al carajo los torpedos! ¡A toda máquina!”. David Farragut, de sangre española, fue, nada menos, el primer almirante de la Armada de Estados Unidos.
Y qué decir del ‘cowboy’ americano, que no es sino un trasunto descarado del vaquero español desde el sombrero del jinete hasta las pezuñas del caballo. Como españoles eran el pastoreo, la trashumancia y el propio ganado: vacas, ovejas o cerdos llevados a América desde las marismas del Guadalquivir. Abramos un diccionario inglés: buckaroo (vaquero), sombrero, Spanish saddle (silla de montar), lasso (lazo), bronc (bronco), mustang (mesteño), cinch (cincha), chaps (chaparreras), lariat (la ­reata), hackamore (jáquima, cabestro). Por no hablar de corral, hacienda, plaza o siesta.
¿Le sorprende que un pionero americano como Daniel Boone (1734-1820) adoptara la nacionalidad española y fuera nombrado por un gobernador español comandante de un distrito de Misuri?
Volvamos al principio: la bandera española se plantó en Florida en 1513 y se arrió en 1821, 308 años más tarde, aunque la inmensa mayoría de los americanos cree que todo empezó con la colonia de Jamestown (Virginia) en 1607. Olvidan que los jesuitas establecieron allí sus misiones 37 años antes. No es extraño: la, por otra parte, magnífica Enciclopedia Británica, en su entrada sobre la historia de EE UU (Global Edition, 2009), despacha a Ponce con una línea; dedica un párrafo a Hernando de Soto y un tercero, compartido, a Menéndez de Avilés y Coronado. Reconoce como españolas San Agustín y Santa Fe (de Los Ángeles o San Francisco, ni pío), y remata el brevísimo texto con una frase que produce sonrojo: “Pese a estos comienzos, los españoles tuvieron poco que ver con el desarrollo inicial de los Estados Unidos”.
Dicen los americanos que España fue al Nuevo Mundo buscando “tres ges” (God, gold and glory: Dios, oro y gloria). No está mal visto. Pero si conocieran a fondo sus orígenes europeos, a lo mejor se daban cuenta de que el famoso “sueño americano” empezó siendo un sueño español.

domingo, 20 de marzo de 2011

Simón Bolívar de carne y hueso

VERÓNICA CALDERÓN http://www.elpais.com/ 27/11/2010
Antes que libertador de América Latina, Simón Bolívar (Caracas, 1783 - Santa Marta, 1830) fue un hombre enamorado. Su primera y única esposa fue la española María Teresa del Toro y Alayza, y su temprana muerte, ocho meses después de su boda en una iglesia madrileña en 1802, le marcó para siempre. "Si ella hubiera vivido, Bolívar quizá habría sido un hacendado más en Caracas, dedicado a su riqueza y a su vida familiar", aventura el poeta, ensayista y novelista colombiano William Ospina (Padua, 1954). Su libro En busca de Bolívar (La otra orilla), busca descifrar al "hombre fascinante y contradictorio" detrás del caudillo sudamericano.
Ospina, autor de Ursúa y El país de la canela, describe su última obra como "un retrato cubista" de Bolívar. "Deseaba abordar su biografía desde el punto de vista del arte", explica. El libro repasa, en capítulos breves, distintos episodios de la vida del militar y se propone descubrir al hombre contradictorio escondido tras la leyenda. "En el momento en que muere se convierte en un mito", opina Ospina. "Sus enemigos le preferían de mito que como un rival. Bolívar como símbolo les permitía utilizarlo para sus propósitos".
La búsqueda del hombre tras el mito llevó a Ospina hasta Perú de Lacroix, un general francés que había combatido en el ejército de Napoleón y que, años después, peleó al lado de Bolívar. Su Diario de Bucaramanga descubre a un Bolívar que es "la convergencia de muchas personas al mismo tiempo" -relata Ospina-, capaz de perder los estribos cuando era derrotado a las cartas e "incapaz de conformarse con pequeñas victorias". "El poder lo ha convertido en un modelo de política o de arte militar, o simplemente en un modelo para una estatua. Antes tenemos que ver su naturaleza humana. Era un amante de la naturaleza, un bailarín, un hombre que disfrutaba al viajar, es sorprendente. Un personaje que sigue muy vivo en América Latina", asegura.
Huérfano a los nueve años y viudo a los 19, Bolívar se convenció de que "todo lo que amaba era tocado por la muerte y que no había nacido para ser feliz", explica el también ganador del Premio Rómulo Gallegos 2009. "Se convenció de que su propósito era liberar las fuerzas que construyeran el nuevo sueño de su América. Habría querido hacer más", afirma convencido. En el libro llama la atención la metamorfosis del joven de familia acomodada en las colonias en América en fundador de una nueva cultura, que se identificó "con los símbolos y mitos del Nuevo Mundo".
"Sin Bolívar y los demás libertadores de América Latina no habría existido un Pablo Neruda o un Diego Rivera. Ellos dieron ese primer paso", comenta el escritor. Aún cuando las metas eran ambiciosas. "Su desafío era fundar repúblicas. No se trataba de luchar por la independencia de España para hacer un cambio de dueños", observa. "Los grandes terratenientes, los dueños de esclavos, no estaban de acuerdo con sus ideales".
Ospina defiende que el enaltecimiento e idealización de Bolívar opaca sus ideas y su proyecto para América Latina. Incluso sostiene que el multicitado "sueño de Bolívar" es más que una utopía. "La unión continental no se abrió camino porque sus generales prefirieron que cada quien tuviera una república a su medida", explica. Dos siglos después, no obstante, el argumento a favor de una fusión "es más realizable", asegura.
No es de extrañar que un personaje que despierta tantas pasiones como Bolívar inspire una selección variopinta de biografías. Ospina menciona, además del trabajo de Perú Lacroix, biógrafos tan distintos como el colombiano Indalecio Liévano Aguirre o el español Salvador de Madariaga, autor de un retrato crítico sobre el caudillo que le ganó acusaciones de "colonialista" en su momento. El escritor también señala al alemán Gerhard Mansur y al británico John Lynch, que "no ocultan sus defectos ni se apasionan por sus virtudes".
Bolívar se mantiene como el caudillo por antonomasia de América Latina. Su espada fue robada por la guerrilla colombiana en 1974 y hasta estuvo en las manos del narcotraficante Pablo Escobar antes de su devolución en 1991. Sus restos fueron exhumados en julio por el presidente venezolano Hugo Chávez. Ospina explica que "los pueblos de América Latina, al ser jóvenes, necesitan crear su propia versión de sí mismos. Todos necesitamos vivir en un relato. Estos personajes, como Bolívar, asumen un papel casi místico". "Es natural que haya líderes que se proclamen como su único portavoz", añade.
Bolívar, asegura, es más útil como un ideólogo que como una figura elevada a los altares. "Es importante dialogar con él. Es un error utilizar su imagen cuando se trata de un personaje tan contradictorio. Todos los estadistas, ya no solamente los latinoamericanos, sino del mundo, deberían dialogar con él". ¿Y qué fue lo que más sorprendió al escritor colombiano de un personaje tan repetido en su historia? "Su capacidad para soñar con metas cada vez más ambiciosas", responde.

miércoles, 5 de enero de 2011

Los cables hispanos de la independencia de Estados Unidos

Retrato de José Solano y Bote en Florida. museo Naval de Madrid
JESÚS GARCÍA CALERO. Abc. es12/12/2010
Los hechos ocurren 230 años antes de Wikileaks. Cartas cifradas desde Madrid informan a los padres de la patria norteamericana de la disposición de Floridablanca a ayudar a la independencia de Gran Bretaña, así como de los detalles de cómo se entrega esta ayuda sin rastro. Van cifradas porque la Corona intercepta las comunicaciones. La administración española es un engranaje perfecto.
Estamos a finales del siglo XVIII. Las dinastías borbónicas han salido tocadas de la Guerra de los Siete Años. Para recuperar Manila y La Habana, España ha perdido la Florida y debe reforzar su posición frente a Londres. Las potencias viven entonces una década de pura guerra de información, espías y ayudas veladas. Enviados desde Madrid y las colonias, unos 3 billones de dólares en plata española, al cambio actual, financian la independencia de EE.UU., ayuda que nunca se devolvió y sin la cual el nuevo Estado habría quebrado, según el estudio jurídico de José María Lancho, adelantado en estas páginas.
En una de las cartas cifradas, William Carmichael dice a John Jay, plenipotenciario de los colonos en España, en mayo de 1780, que trató de lograr caballos españoles para el ejército americano, sin que le fuera posible. Habla de la buena disposición de la Corte y dice que el Rey ha dado «una muestra de su amistad al encargar una suma adicional de 3 millones para permitirnos la compra de los pertrechos para 30.000 soldados». Su Majestad acordó también «enviar una armada considerable y fuerzas de tierra».
La Guerra de Independencia estalla. En casa de George Washington fallece uno de los enviados españoles, Juan Miralles. La herencia hispana corre tanto por la plata como por la pólvora. Gálvez toma Pensacola y recupera Florida, distrayendo el esfuerzo bélico inglés. Solano y Bote gana con su providencial ayuda el título de Marqués del Socorro.
Gran Bretaña quiere pagarnos con la misma moneda. Carmichael informa al Congreso en noviembre de 1781 de un agente inglés quien, bajo el nombre de Comodoro Johnson, pretendía obtener permiso del embajador portugués para poder desplazarse al Brasil. De allí iría a Caracas. Habla de la situacion de revuelta en Perú y su extensión a México. Y dice que reducirá la capacidad financiera de España en la guerra.
Volvamos a los tiempos de Wikileaks. La noticia del estudio jurídico de Lancho ha sido bien valorada por medios diplomáticos. Fuentes de Exteriores han asegurado a ABC que la ayuda española a los padres de la nación americana «no es un episodio bien conocido en EE.UU., en parte por el poso antiespañol de los anglosajones. Y quien conoce el episodio siempre ha creído que la ayuda española era circunstancial».
La diplomacia advierte de que es un buen momento para reivindicar el pasado hispano: «La Corona ayudó a la independencia con miedo y en secreto, para evitar que el mensaje emancipador se extendiese por América del sur. Por eso ni nosotros mismos lo dijimos muy alto, pero también hay que subrayar que no está olvidado del todo. En Washington y en Nueva Orleans hay, por ejemplo, estatuas de Gálvez, el conquistador de Pensacola».
La cuestión es: ¿cómo hacer bien esta reivindicación? Los más progresistas ven esta historia común como «una vía de integración cada vez más necesaria. Nosotros debemos favorecerla, sin exclusivismos y buscando aliados, como puede ser México. Lo hispano está en la gastronomía, la topografía, la lengua, el arte...»
Prueba de que el asunto está de plena actualidad es la exposición «El hilo de la memoria», que Seacex acaba de inaugurar en Nuevo México y se podrá ver en Santa Fe, El Paso y Nueva Orleans. Pero hay más: el acuerdo firmado por Ángeles González-Sinde y la NOAA ha proyectado también la recuperación de lo hispano en los santuarios nacionales marinos. La historia continuará.

domingo, 7 de febrero de 2010

¡Viva el Rey! ¡Abajo el Imperio!

JOSÉ MIGUEL LARRAYA 02/02/2010 ELPAÍS.COM
¿Libertadores épicos o estereotipados? - Una oleada de libros indaga en el proceso de las independencias latinoamericanas en su bicentenario.

"La desaparición del imperio español, si se parece a algo, es al fin del imperio soviético en 1989", afirma Manuel Lucena Giraldo, autor de Naciones rebeldes (Taurus). "Se deshizo desde el centro a la periferia". Doctor en Historia, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y profesor visitante en Harvard, Lucena Giraldo es uno de los muchos especialistas que fijan en estos tiempos su interés en el proceso libertador de Latinoamérica. La ocasión editorial lo merece.
La revolución cumple 200 años. Concretamente, el 19 de abril, aniversario de la creación de la Junta Suprema de Caracas, fecha señalada por la mayoría de los historiadores como el arranque de un proceso que culminaría 14 años después en el campo de batalla de Ayacucho, Perú, y que puso fin a la presencia de la monarquía española en el continente americano. Naciones rebeldes es una de las aportaciones más lúcidas de cuantas inundan las librerías. Una lista que incluye un clásico de la literatura histórica británica, Los libertadores, de Robert Harvey (RBA).
El libro de Harvey se centra en las biografías de siete personajes que tuvieron papeles importantes en las luchas por la independencia: Simón Bolívar, que soñó con una América unida; el precursor, conspirador y revolucionario Francisco de Miranda; el héroe argentino José San Martín; el prócer chileno Bernardo O'Higgins; el emperador mexicano Agustín de Iturbide; el rey de Brasil Pedro I; y Thomas Cochrane, almirante, aventurero y héroe en Chile y Brasil. Son más de 500 páginas de prosa brillante y amena.
Una estructura que recuerda a la obra del cubano Rafael Rojas Repúblicas de aire (Taurus), que se alzó con el I Premio de Ensayo Isabel Polanco con un inspirado retrato de los primeros republicanos del continente. Una mirada más en profundidad sobre el proceso es lo que ofrece Las independencias de América (Catarata), de Manuel Chust e Ivana Frasquet. O el libro de Lucena Giraldo, que se refiere al derrumbe del Antiguo Régimen por la invasión napoleónica y al surgimiento del liberalismo que nació en las Cortes de Cádiz y se extendió por buena parte de América.
Manuel Chust, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Jaume I de Castellón, abunda en esa corriente de la historiografía que ha abierto un debate sobre la supuesta inevitabilidad de las independencias, que valora los aportes de la historia económica y social y procura el "desmonte del culto a los héroes".
Y culto a esas heroicidades es lo que inspira Los libertadores, de Harvey, autor de un buen número de biografías y ensayos de historia militar y política. Su espléndida narración de la lucha por la independencia desde 1810 a 1830 tiene como protagonista indiscutible a Simón Bolívar. Su audacia militar, pese a su falta de experiencia previa, su visión estratégica y su brillante pluma quedan bien reflejadas en el libro. Tres personajes le acompañan en esta gran aventura: Francisco de Miranda, venezolano como él, militar español, agente inglés, revolucionario en Francia, y el gran animador de la lucha por la independencia. El argentino José de San Martín, oficial español que combatió a los franceses en Bailén y que después creó el ejército de los Andes, clave en la independencia de Argentina, Chile y Perú. Y Bernardo O'Higgins, hijo de un militar irlandés que sirvió al servicio de la Corona española, fue virrey de Perú y padre de la patria en Chile.
En ese cuadro de audaces conspiradores, siempre auspiciados discreta o explícitamente por la Corona británica, no podía faltar un marino como Thomas Cochrane, capitán de navío, tan valiente como turbio en su peripecia vital, cuya leyenda sólo es superada, en esa época, por la de Horatio Nelson. Los dos restantes libertadores son de un perfil diferente: Pedro de Braganza, rey de Brasil, el más "insólito", el único que pertenecía a una familia real, y el general Agustín de Iturbide, que proclamó la independencia sin disparar un tiro, relegado hoy en la memoria mexicana en favor del cura Hidalgo, que el 16 de septiembre de 1810 enarboló un estandarte con la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México, en el que se leía: "Viva la religión. Viva nuestra madre santísima de Guadalupe. Viva Fernando VII. Viva la América y muera el mal gobierno". Fue llamado el Grito de Dolores, que se celebra como el inicio de la independencia.
Pero el problema de los relatos épicos es la tendencia a establecer estereotipos. Manuel Lucena Giraldo, en Naciones rebeldes, que figuró entre los libros de historia del año en el The Times Literary Supplement, señala que los relatos dedicados a edificar una mitología nacional son una versión de las élites blanca y criolla. "Los peninsulares, malos, rencorosos y avariciosos, agravian a los americanos, buenos y virtuosos", sería el estereotipo más convencional, versión de la leyenda negra española.
En su ensayo destaca que el optimismo que animó el cambio político frente a la crisis del imperio español tiene actualidad. "Si se intentan superar los sólidos lugares comunes que cimientan el excepcionalismo latinoamericano, centrado en la idea del fracaso permanente frente al éxito de Estados Unidos, Europa y demás primeros mundos, el mensaje del bicentenario radica en que existe un nuevo futuro posible, porque así ocurrió en el pasado".
Los procesos revolucionarios de esa época, según Manuel Chust, van a afectar a las monarquías absolutistas y las van a abocar a su disolución. Por ello, Lucena Giraldo no comparte la opinión de una política venezolana de que España no tiene nada que decir en el bicentenario: "Los españoles tienen algo que decir porque de ese imperio venimos 22 repúblicas latinoamericanas y una monarquía parlamentaria europea, que es España".

domingo, 29 de noviembre de 2009

El legado de la libertad

FERNANDO GUALDONI 28/11/2009 Elpaís.com

John Lynch, biógrafo de Simón Bolívar y de José de San Martín, reivindica la figura de los dos grandes héroes de la independencia. "Ejercieron un liderazgo desinteresado, sin esperanzas de obtener privilegios, ambos fueron modélicos".
Una legión de ordenanzas, desde la ciudad de Panamá hasta Tierra del Fuego, se afana en sacarle brillo a los miles de retratos de Simón Bolívar y José Francisco de San Martín que presiden las aulas, cuarteles y ministerios desde hace casi dos siglos. Son los rostros mitificados de los dos máximos libertadores de América del Sur que suelen compartir pared con Jesucristo crucificado. Son los héroes intocables. Aunque el legado de ambos se ha utilizado como al gobernante de turno le viniera mejor, sus vidas han estado por encima de todo, como si hubiesen sido sobrehumanos.
Ningún latinoamericano gusta de asumir que ambos libertadores acabaron su obra apesadumbrados. Los dos empezaron su lucha como auténticos republicanos y la terminaron coqueteando con la monarquía. Bolívar llegó incluso a redactar una Constitución vitalicia y con derecho a elegir sucesor. San Martín abandonó su Argentina natal y murió en el exilio en Francia, mientras que su par venezolano falleció enfermo en Colombia, poco después de que su sueño de una América unida se hubiera roto para siempre.
"San Martín y Bolívar pueden describirse como herederos del absolutismo ilustrado, ambos creían que la mejor forma de servir a la independencia era a través de gobiernos fuertes que impusieran el cambio social contra los intereses de los terratenientes", explica el prestigioso hispanoamericanista John Lynch. Para este profesor, "criticar a ambos por haber acabado sus vidas siendo absolutistas conservadores en vez de demócratas liberales es sacar las cosas de quicio. Ninguno de los dos podía satisfacer todos los intereses y no eran tan idealistas como para llevar a sus países hacia la destrucción en una vaga búsqueda de la igualdad. Tuvieron dudas legítimas sobre cuál era el nivel de libertad apropiado y hasta dónde los diferentes grupos opuestos podían actuar sin poner en peligro la propia existencia de los nuevos Estados. Respecto al ejercicio de un liderazgo desinteresado, sin esperanzas de obtener privilegios, ambos libertadores fueron modélicos".
El profesor Lynch, de 82 años, declinó la oferta de hacer una entrevista en Londres por problemas de salud y prefirió hablar sobre las independencias hispanoamericanas desde su ordenador. A través del ciberespacio, el director del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Londres -hoy Instituto de las Américas- desde 1974 a 1987 reflexiona sobre los acontecimientos de hace 200 años y cómo éstos aún marcan la vida de los hispanoamericanos. Es un ir y venir de preguntas que podría prolongarse infinitamente.
Lynch conoce la vida de los libertadores como pocos. En 2006 publicó la biografía de Bolívar y hace sólo unos meses la de San Martín (Yapeyú, 1778-Francia, 1850), las dos en la editorial Crítica. No sólo relata sus vidas, sino que contextualiza minuciosamente sus decisiones. Desde la grandeza hasta las intrigas y la rivalidad que pudo haber entre los dos... Todo está en esos textos. En las biografías aprovecha para poner en primer plano y con lujo de detalles la sociedad hispanoamericana de la primera mitad del siglo XIX. Son el complemento de otros dos textos clave de Lynch para entender la construcción de los nuevos Estados: Las revoluciones hispanoamericanas, 1808- 1826 (Ariel, 1989) y Caudillos en Hispanoamérica, 1800-1850 (Mapfre, 1993).
Bolívar, nacido en Caracas el 24 de julio de 1783, era hijo de un terrateniente y comerciante criollo de buena posición. La familia llegó a solicitar un título nobiliario cuya tramitación nunca se concretó. El joven Simón se educó en su tierra natal, pero su fortuna le permitió, siendo aún adolescente, viajar a Europa. Contrajo matrimonio a los 19 años con María Teresa Rodríguez del Toro en Madrid. Ella murió menos de dos años después de fiebre amarilla y él nunca volvió a casarse. Dedicó su vida a conjugar la política, la diplomacia y la guerra.
El 25 de febrero de 1778 nació San Martín en Yapeyú, hoy provincia de Corrientes, Argentina. Allí estaba destinado su padre, un militar palentino, para administrar los bienes que habían dejado los jesuitas tras su expulsión. A los siete años regresó a España y con apenas 11 se enroló en el Regimiento de Murcia. Combatió en Melilla y Orán y contra los franceses en Bailén. Renunció al Ejército español en 1811
Por entonces, tanto Bolívar como San Martín supieron advertir la debilidad de España como potencia imperial y la importancia de Gran Bretaña como aliado. Bolívar, asegura, Lynch, valoró que Londres "proporcionaba a Hispanoamérica la protección que ésta necesitaba: la Marina británica, en pos de los intereses británicos [sobre todo comerciales], impediría cualquier agresión europea en las Américas".
"Las crecientes demandas económicas de las colonias españolas son un aspecto importante de la independencia y San Martín y Bolívar fueron conscientes de ello. Sin embargo, ésta no es la explicación fundamental de la crisis. El Gobierno de los Borbones cambió el carácter del Estado colonial y el ejercicio del poder en América. Carlos III y sus ministros sabían menos de la América española que los historiadores modernos. Los datos los tenían. Los informes de las capitales virreinales ya habían empezado a registrarse en el Archivo de Indias. Pero nadie los leía o, si lo hacían, no los entendían. El pasado fue ignorado, hasta repudiado. El reinado de los Habsburgo se había relacionado con sus colonias a través del consenso y, desde 1650 hasta 1750, había permitido a los criollos tener acceso a la burocracia y los negocios. Los americanos desarrollaron un mercado interior pujante", explica el historiador.
"Pero, a partir de 1750, los Borbones decidieron poner fin a esta anomalía y volver a los tiempos en que se degradaba a los criollos. El objetivo era restaurar la grandeza imperial de España, y al hacerlo, alienar a la élite criolla que vio cómo el Gobierno y la economía de América pasaba a manos exclusivas de los españoles peninsulares", recuerda el hispanoamericanista. "Esta deconstrucción del Estado criollo, este proceso de desamericanización de América, fue el disparador de las revoluciones por la independencia. Fue este absolutismo colonial el que generó los movimientos de resistencia que acabaron dirigiendo San Martín y Bolívar".
Los libertadores estuvieron a punto de encontrarse a finales de 1811 en Londres, pero San Martín llegó poco después de que Bolívar y otro venezolano, Francisco de Miranda, marcharan a América a impulsar el movimiento independentista. Miranda, considerado por muchos historiadores el padre de la emancipación americana, fue más tarde acusado por Bolívar de traidor a la causa y entregado por éste al Ejército español. El militar, que había luchado en la Revolución Francesa y la independencia de Estados Unidos, murió enfermo en una prisión de Cádiz en 1816. Más de un estudioso ha interpretado que Bolívar traicionó a Miranda para ser la única cabeza del movimiento revolucionario.
En 1822 en Guayaquil, tras el único encuentro que mantuvieron los dos libertadores, San Martín también se marchó con la sospecha de que Bolívar le había negado el apoyo militar necesario para acabar en Perú la guerra contra España con el fin de convertirse en el único héroe de la gesta. "San Martín nunca pudo explicarse a sí mismo o a otros las razones de la negativa. Es plausible creer que Bolívar quiso quedarse con toda la gloria", reconoce Lynch. Dos años más tarde, el mariscal Antonio José de Sucre, el oficial favorito de Bolívar, libró en Ayacucho la última batalla por la independencia.
Mucho antes de la victoria final sobre el Ejército español, San Martín y Bolívar se habían dado cuenta de que las luchas intestinas por el poder en América del Sur iban a ser un peligro mucho mayor que la Corona. El general argentino armó el Ejército de los Andes, cruzó la cordillera para emancipar Chile con escasa ayuda de Buenos Aires y se embarcó para liberar Perú desobedeciendo órdenes del Gobierno porteño, mientras que el venezolano vio cuestionada su autoridad por los dirigentes locales en varias ocasiones. Llegó a sofocar sin piedad una revuelta de los mestizos encabezada por Manuel Piar, un general muy cercano al libertador.
"El caudillismo es la forma primitiva de la dictadura moderna y no deriva del colonialismo español. España gobernaba América Latina a través de las instituciones tradicionales de la propia monarquía -virreyes, gobernadores, audiencias-, no a través de los caudillos. Pero el derrumbe de los Borbones en 1808 dejó un vacío de poder en América que los líderes locales se apresuraron a llenar", reflexiona Lynch. "El caudillismo es, pues, un producto de las guerras de independencia, cuando los líderes regionales pudieron reunir los hombres y los recursos y, a través de ellos, ejercer el poder y el clientelismo político. Tras la independencia el caudillismo continuó desarrollándose, aunque no de forma ininterrumpida. La dictadura de Rosas en Argentina y más tarde el Gobierno de Perón tenían sus señas: absolutismo, exclusivismo y abuso del patronazgo. Estadistas como San Martín y Bolívar no fueron caudillos. Ellos no tuvieron una base económica personal o de fortaleza social para alzarse como tales".
A menudo, cuenta el profesor, se le pregunta si Hugo Chávez, que ha cambiado el nombre de su país por el de República Bolivariana de Venezuela, puede invocar a Bolívar como modelo. "Para responder menciono tres cuestiones: en primer lugar, se llama a sí mismo un "revolucionario bolivariano" y habla de establecer un Estado socialista. Bolívar nunca promovió una revolución social ni pretendió hacerlo. La redistribución de la tierra, la igualdad racial, la abolición de la esclavitud, los decretos a favor de los indios eran las políticas de un reformista, no de un revolucionario. Bolívar era demasiado realista para creer que podía cambiar la estructura de la sociedad de América del Sur por la imposición de leyes o políticas inaceptables para los principales grupos de interés. La segunda cuestión se refiere a las relaciones internacionales. Bolívar cultivó el apoyo de las grandes potencias, no de los países marginales. Mantuvo cierto recelo hacia Estados Unidos pero admiraba cómo este país había encarnado los ideales de igualdad y libertad. Fue deferente hacia el poder imperial de Gran Bretaña. El comercio y las inversiones británicas los vio como un beneficio, no como una amenaza. La tercera cuestión es tal vez la única que le da la razón a Chávez. Una de las ideas más controvertidas de Bolívar era que los presidentes debían servir de por vida y tener el poder de nombrar a su sucesor. Y el historial de Chávez muestra que él siempre está hambriento de poder".
El argentino Juan Manuel de Rosas, el venezolano José Antonio Páez, el mexicano Antonio López de Santa Anna o el guatemalteco Rafael Carrera, entre otros, fueron los precursores de un modelo de gobierno que ha perdurado en América Latina, un sistema personalista sustentado en la relación patrón-cliente. "La figura del caudillo, que normalmente procedía de una base de poder regional, supuso uno de los mayores obstáculos para el desarrollo de las naciones. La soberanía personal destruía las constituciones. El caudillo se convirtió en el Estado y el Estado en propiedad del caudillo. Paradójicamente, los caudillos también pudieron actuar como defensores de los intereses nacionales contra las incursiones territoriales, las presiones económicas y otras amenazas externas, fomentando, asimismo, la unidad de sus pueblos y elevando el grado de conciencia nacional. Los caudillos eran representantes y a la vez enemigos del Estado-nación", aclara Lynch. "La historia de las dictaduras no constituye toda la historia de Latinoamérica. Pero aun en los regímenes constitucionales quedaron rastros del pasado. Desde el caudillismo primitivo, pasando por la dictadura oligárquica, hasta los líderes populistas, la tradición del caudillo fue dejando huella en el proceso político. Quizás la cualidad más importante de los caudillos, que les sirvió para sobrevivir a los avatares de la historia, haya sido el personalismo, descrito por un historiador como la sustitución de las ideologías por el prestigio personal del jefe".
Los libertadores fueron capaces de advertir muchos de los males que azotarían a la región en los años venideros. En su carta de despedida del pueblo peruano, San Martín alertó sobre el peligro de los golpes de Estado: "Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas: hacer su independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos. La presencia de un militar afortunado por más desprendimiento que tenga es temible a los Estados que de nuevo se constituyen...", escribió el 30 de septiembre de 1822. Esa misma noche se embarcó rumbo al exilio.
Simón Bolívar plasmó su decepción en noviembre de 1830 en una carta al general Flores, el primer presidente del flamante Ecuador: "Usted sabe que he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1. La América es ingobernable para nosotros. 2. El que sirve a una revolución ara en el mar. 3. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4. Este país caerá infaliblemente en manos de una multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas...".
A pesar del desencanto, John Lynch acaba las dos biografías convencido de que ambos libertadores fueron hombres tenaces que llevaron sus ideales hasta las últimas consecuencias. Tal vez acabaron sus vidas con cierto sabor amargo, pero convencidos de su obra. Ambos primaron los intereses americanos frente a los de sus países y los suyos propios. San Martín nunca pretendió una unión regional. No ignoró las diferencias entre Argentina, Chile y Perú; y las asumió con el mayor pragmatismo. Bolívar sí mantuvo durante 12 años su sueño de la Gran Colombia (Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador juntos). Y aun quebrado su proyecto, preservó la ilusión de una América libre e igualitaria hasta el último aliento.
"En la víspera de los bicentenarios de las independencias", reflexiona Lynch, "España puede argumentar que su imperio en América no fue malvado. Hay muchas cosas de las cuales puede enorgullecerse: la organización de las instituciones, el desarrollo económico y la educación de los pueblos, entre otras cosas. El descontento de los criollos que generó el movimiento independentista no fue el resultado de tres siglos de opresión despiadada, sino una reacción a la política de los Borbones hacia la región y a los acontecimientos de 1808".

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Los sueños de un libertador

Francisco de Miranda. Por Tovar y Tovar. ABC
Cubierta del libro «Sueños de un libertador», publicado por Roca Editorial /ABC.es

Manuel de la Fuente. ABC.es 25.11.09

Fue un hombre y su sueño de toda una vida: la creación de los Estados Unidos de América del Sur. Fue masón, aventurero, ilustrado, general de la Francia revolucionaria, combatiente en las tropas rebeldes de George Washington contra los casacas rojas ingleses, amigo de Catalina la Grande.
Recorrió medio mundo, a menudo con su biblioteca de seis mil volúmenes a cuestas, y dejó constancia de su saber enciclopédico y polifacético en los setenta y tres volúmenes que recogen su diario y sus archivos personales bajo el título de «Colombeia».
Nacido en Caracas, hijo de español de origen canario y de criolla, finalizó sus días en el penal gaditano de las Cuatro Torres, en el arsenal de La Carraca, tras haber sido traicionado por Simón Bolívar, al que había ayudado en sus ansias de convertirse en el Libertador de la América Hispana.
Se llamó Francisco de Miranda y fue una de las personalidades más inverosímiles y apasionadas de la Historia de España. Tras un almuerzo, el mismísimo Napoleón Bonaparte dijo de él: «En la comida se encontraban hombres de la más grande importancia, entre ellos creí ver a un Don Quijote, con la diferencia de que no estaba loco. Era el general Miranda. Tiene el fuego sagrado del amor a la libertad en el alma».
Ese fuego sagrado lo llevó a idear y llevar a cabo el asalto por mar de los territorios españoles en el Caribe empezando por su Caracas natal, para crear la Gran Colombia, ese sueño panamericano que posteriormente harían realidad San Martín y el citado Bolívar.
En el año del Señor de 1806, Miranda zarpó desde Nueva York en la fragata «Leander», acompañado por una tropa de trescientos hombres dispuestos a la liberación de Venezuela del dominio hispano. Consiguieron tomar el puerto de la Vela de Coro, y allí izaron la bandera tricolor, roja, amarilla y azul que hoy sigue siendo la enseña oficial de Colombia, Ecuador y Venezuela.
La vida y la obra de este singular libertario es el eje de «Los sueños de un libertador» (Roca Editorial), una apasionante y apasionada novela de Fermín Goñi, que traza con un lenguaje vibrante, una concienzudísima documentación (Goñi se ha leído todo, absolutamente todo, sobre Miranda) y el apoyo del guión de la propia vida del protagonista el camino de este hombre singular, prácticamente desconocido en España, un precursor de la independencia de nuestros pueblos hermanos. Un hombre que hizo historia, aunque hoy sea casi desconocida. El magnífico libro de Fermín Goñi viene a remediar en buena medida esta injusticia.