lunes, 10 de junio de 2013

Los hijos de los Medici sufrían de raquitismo

El pequeño Don Filippino con su madre Mariana de Austria en un retrato póstumo.

http://www.abc.es/ 10/06/2013
Felipe de Médici (Florencia, 1577-1682) tuvo una corta y triste vida. El hijo pequeño de Francisco I de Médici y Juana de Habsburgo-Jagellón, el único varón tras una serie de niñas -algunas muertas en la infancia-, estaba destinado a disfrutar del poder, la influencia y la riqueza de su familia, impulsora del Renacimiento, pero apenas tenía cuatro años cuando también dijo adiós al mundo. Don Filippino, como le apodaban en la corte con cariño, tenía un hinchazón en el cráneo. Un nuevo estudio de los huesos del niño ha revelado que sufría una deficiencia de vitamina D, lo que le provocó raquitismo.
No era el único. El análisis de los esqueletos de nueve vástagos de los Médici del siglo XVI, pequeños desde recién nacidos a los 5 años de edad, muestra que tenían raquitismo, lo que causa que los huesos se vuelvan blandos e incluso se deformen. Los restos de ocho de los niños aparecieron enterrados en una cripta de la famosa Basílica de San Lorenzo de Florencia en 2004. El noveno estaba en una tumba cercana. El examen de los huesos mostró que seis de los pequeños tenían señales claras de la enfermedad: los huesos de piernas y brazos aparecieron curvos, posiblemente al doblarse cuando trataban de gatear. El pobre Don Filippino tenía un cráneo ligeramente deformado a causa de este mal, una deformidad que se aprecia en un retrato de la época de Giovanni Bizzelli que se ve en la Galería de los Oficios en Florencia.
El raquitismo se previene fácilmente por el consumo de alimentos como huevos y queso y por pasar cortos períodos de tiempo bajo la luz solar, lo que desencadena la producción de vitamina D. La enfermedad se asocia generalmente a la pobreza y la vida en ciudades muy contaminadas con poca exposición al Sol. Pero los niños Médici eran ricos. Para entender por qué tenían esta enfermedad, investigadores de la Universidad de Pisa, según publica la web de Nature, analizaron los isótopos de nitrógeno que se encuentra en el colágeno del hueso, lo que refleja la principal fuente de proteína en la dieta. Encontraron que la mayoría de los niños no eran destetados hasta los 2 años, de acuerdo con la costumbre renacentista. Según textos históricos, la leche materna solo se complementaba con papillas de pan y manzana. Con esa dieta, la ingesta de vitamina D era escasísima.
Para empeorar la cosa, los niños pasaban la mayor parte del tiempo en interiores y vestidos con amplios ropajes, así que apenas les daba el Sol. Incluso los recién nacidos tenían raquitismo. Los investigadores creen que se debe al exceso de maquillaje que llevaban sus madres o a que parieran un gran número de hijos.
Más sobre la investigación aquí.

martes, 23 de abril de 2013

El secreto de Hitler era el odio

Hitler cultivaba su carisma y cuidaba su imagen al detalle. En la foto, durante un mitin a finales de los años treinta.
 
http://cultura.elpais.com/cultura/ http://cultura.elpais.com/autor/jacinto_anton/a/  21/4/2013
Creemos saberlo prácticamente todo de Adolf Hitler, pero quedan secretos irreductibles de su personalidad y su liderazgo. Para el célebre historiador y documentalista británico Laurence Rees (Ayr, Escocia, 1957), ninguno como de qué manera consiguió arrastrar tras de sí, en la terrible espiral de la guerra y el genocidio, a millones de alemanes. A tratar de dilucidar eso y a explicar las claves de la fatal atracción del líder nazi, el autor de Auschwitz, El holocausto asiático, Una guerra de exterminio y A puerta cerrada, ha dedicado su nuevo libro, El oscuro carisma de Hitler(en Crítica, como todos los anteriores). Rees destaca en los rasgos de Hitler "su ilimitada capacidad de odio". Y advierte: "El poder del odio está infravalorado. Es más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva".
Como persona, señala Rees, Hitler era bastante lamentable. Un tipo psíquicamente “muy dañado”, incapaz de amistades y afectos verdaderos, bañado en odio y prejuicios. “Solitario y con una visión de la vida como lucha y de los seres humanos como animales". Pero tenía carisma. "Solemos creer que el carisma es un valor positivo, pero lo pueden poseer personas despreciables", reflexiona. Rees "Lo más importante que hay que entender del carisma de Hitler es que dependía de la gente. El carisma no existe sin conexión. No se puede ser carismático en una isla desierta. Buena parte lo pone el otro". Vaya, como el amor. "Sí, la idea es que cuando sentimos una conexión especial con alguien creemos que depende de ese alguien pero en realidad depende en parte de nosotros. El carisma de Hitler procedía tanto de la gente que lo seguía como de él. Por eso ahora no lo percibimos en fotografías o películas. No nos habla a nosotros. No somos de su tiempo. Lo que ha cambiado no es él, sino la percepción que tenemos de él".
Rees explica cómo entre los propios alemanes fue cambiando la influencia del carisma de Hitler. "Personas que lo veían como un personaje ridículo o perturbado en 1928 pasaron a considerarlo un salvador en 1933". Siempre hubo, sin embargo, gente inmune a su carisma. Philipp Von Boeselager, que se conjuró para matarlo, lo encontraba indigno y decía que era repugnante verlo comer: un patán. "Bueno, pero hay que recordar que para muchos alemanes los políticos educados eran los que les habían llevado al Tratado de Versalles y al desastre: tiempos no convencionales requerían líderes no convencionales".
Había que estar predispuesto para seguir a Hitler, dice Rees, aunque él, el líder, aportaba su intransigencia, su absoluta seguridad de su papel como figura providencial, su habilidad para conectar con las esperanzas y los deseos de millones de alemanes, su descontrolada emotividad y, sobre todo, su contagioso odio. “Una de las cosas más difíciles del mundo es asumir las culpas y responsabilidades propias, todos estamos predispuestos a proyectar nuestras frustraciones sobre el otro, en forma de odio”.
¿Dependía el carisma de Hitler del éxito? "Sí, ese aspecto fue vital. Si alguien dice que va a hacer algo extraordinario y lo hace, la siguiente vez es más fácil tenerle fe. Hitler jugaba fuerte, al todo o nada, y cada triunfo fortalecía su carisma. Muchos militares, por ejemplo, que lo miraban con suspicacia, se rindieron a su genio, a su intuición, el famoso Fingerspitzengefühl, tras la larga serie de victorias que parecían inexplicables. Aunque hoy retrospectivamente no lo veamos así y Montgomery dijera que la regla número uno de la guerra era no invadir Rusia, para la mayoría parecía mucho más increíble vencer a Francia que a la URSS".
Entonces, ¿cómo sobrevivió su carisma a las derrotas a partir de Stalingrado? "Al revés que Mussolini, Hitler desmanteló las estructuras del estado, así que era más difícil apearlo del poder, además, a los alemanes se les había inculcado el miedo al Ejército Rojo y su venganza, que se iba a producir con la derrota aunque se deshicieran de Hitler, y por supuesto, Hitler incrementó el terror de su aparato represivo en proporción directa a la pérdida de su liderazgo carismático".
Hitler cultivaba su carisma. "Absolutamente, de muchas maneras pequeñas incluso. Usaba gafas pero nunca se dejaba ver y retratar con ellas. Cargaba una lupa. Hasta fabricaron una máquina de escribir especial con caracteres muy grandes para escribirle los textos que tenía que leer, la Führeschreibmaschine. También estudiaba mucho su imagen en el espejo y practicaba su famosa mirada penetrante”.
Rees señala las diferencias entre Hitler y Stalin en términos de carisma. "Stalin practicaba el carisma negativo, toda la imagen de Hitler le parecía una sandez. Con Stalin no había reglas para evitar ser asesinado. Nadie estaba seguro. En la Alemania nazi estaba claro quienes iban a ser perseguidos por el régimen, en la URSS estalinista no. Stalin unía con el miedo como Hitler con el odio".
Rees es un hombre afable, acostumbrado a tratar con la gente. Ríe y bromea a menudo pero debajo de esa capa alegre y aparentemente desenfadada se percibe la profundidad de un hombre que lleva años, toda su carrera, enfrentándose a lo peor del ser humano. Para sus libros y famosos documentales de la BBC ha entrevistado a innumerables personas que vivieron la II Guerra Mundial, soldados y civiles, víctimas y verdugos. Cuando le pregunto cuál de todos esos testigos de la barbarie le ha impresionado más, pensando que me dirá que algún miembro de Einsatzgruppen o Kenichiro Oonuki, el piloto kamikaze fracasado, se ensimisma un buen rato antes de contestar: "Toivi Blatt, un judío polaco deportado en 1940 al campo de exterminio de Sobibor, donde toda su familia fue asesinada. Blatt participó en la revuelta de prisioneros de 1943 y logró escapar con un balazo en la mandíbula. Hablábamos sobre lo que son capaces de hacer los seres humanos, y le pregunté qué había aprendido de su experiencia. Me contestó: ‘Solo una cosa, nadie se conoce de verdad a sí mismo'”.

lunes, 1 de abril de 2013

A esa tierra la llamó Florida

Como no podía ser de otra forma, Ponce de León murió a consecuencia de un flechazo indígena en 1521. En este óleo de Thomas Moran se narra su encuentro con los nativos de Florida en 1513. / Album / Photoaisa
 
http://elpais.com/elpais/eps.html http://elpais.com/autor/fernando_pajares/a/ 31/03/2013
¿Sabía que la bandera de España ha ondeado en el territorio que hoy es Estados Unidos durante 308 años frente a los 237 de la enseña de las barras y estrellas? Los tres siglos de presencia española en Norteamérica fueron una aventura tan extraordinaria como desconocida.
Centrémonos, obviando Canadá y México, en la tierra que hoy ocupa EE UU. La historia europea del hoy país más poderoso del mundo empezó cuando Juan Ponce de León llegó el 27 de marzo de 1513, hace 500 años, a las costas de una península que llamó Florida por la frescura de su vegetación y porque, como hoy, era Domingo de Resurrección, Día de la Pascua Florida.
Ponce fue el descubridor oficial de Florida, pero hoy sabemos que cuando él y sus hombres pisaron tierra, después de ser recibidos a flechazo limpio por los indios, encontraron al menos a uno de ellos que chapurreaba el español. Se cree que hubo una partida de españoles que recorrió aquella tierra (¿1499?) en busca de esclavos.
Repasemos la vida y milagros de Ponce antes de acercarnos a la asombrosa huella de España en Estados Unidos. En sus Mitos y utopías del Descubrimiento, el profesor Juan Gil, miembro de la Real Academia Española, dice que, según el cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo, Ponce nació “hacia 1474”. Otros autores apuntan a 1460. Su lugar de nacimiento pudo ser Santervás de Campos (Valladolid) o San Servos (León). Guerreó en la Reconquista hasta que, en 1493, pasó a Indias. Ayudó primero a colonizar La Española y en 1508 conquistó la isla de Borinquen, hoy Puerto Rico, de la que fue gobernador.
En 1513 pone proa a la misteriosa isla de Bimini, pero llega a la costa de Florida. Bordea sus cayos y es el primero en enfrentarse a la corriente del Golfo, clave para la navegación en los siglos venideros. Ponce no busca la fuente de la juventud. Esta fábula, como las siete ciudades de Cíbola, hechas de oro, venía de atrás. Hubo aventureros que hablaban de baños relajantes en una isla paradisíaca, llena de árboles, flores y mujeres, por supuesto desnudas. El de 1521 fue su último viaje. Los indios volvieron a recibirlo con el arco presto. Herido de un flechazo, regresó a Cuba para morir en La Habana a los 61 años. Su tumba está en la catedral de San Juan de Puerto Rico.
Ponce fue el descubridor oficial de Florida, pero no el primero en llegar. Cristóbal Colón también descubrió oficialmente América en 1492. Pero tampoco fue el primero. Según el historiador estadounidense David J. Weber, hubo exploradores asiáticos que llegaron por el estrecho de Bering. Y grupos nórdicos que se instalaron hacia el año 1000 en Terranova.
Es verdad que españoles fueron los primeros europeos en toparse con el impresionante río Misisipi (río Espíritu Santo, lo llamaron), si bien en aquel momento no estaba Hernando de Soto, como siempre se ha escrito, sino uno de sus hombres, Álvarez de Pineda. El descomunal Gran Cañón del Colorado (Arizona) también fue descubierto por españoles, aunque entre aquellos no figuraba Francisco Vázquez de Coronado, de quien se ha dicho que fue el primero en verlo: fue una partida que él envió bajo el mando de García López de Cárdenas.
San Agustín, en Florida, es la primera ciudad permanente de EE UU. Fundada por Pedro Menéndez de Avilés en el año 1565, en su impresionante castillo de San Marcos aún ondea la Cruz de San Andrés o Cruz de Borgoña, bandera de España en el siglo XVI.
Al rebuscar en la historia nos encontramos con tres asentamientos que, aunque no prosperaron, son anteriores a San Agustín: San Miguel de Guadalupe (1526), Santa María de Filipino (1559) y Santa Elena (1560), sobre la que Weber dice que sus restos estuvieron hasta finales de 1990 “¡bajo el hoyo ocho del campo de golf de los marines estacionados en Parris Island, en Carolina del Sur!”.
La investigadora María Antonia Sainz Sastre (La Florida en el siglo XVI. Exploración y colonización; Fundación Mapfre) sostiene que Menéndez de Avilés “lleva consigo al primer negro libre en la historia de Norteamérica, Juan Garrido”, y que “dispuso de tanta confianza de Felipe II que este le ofreció en 1574 comandar una gran armada para luchar contra los herejes en Flandes y donde fuera necesario”. Pero el conquistador murió aquel mismo año de tabardillo, una especie de tifus.
San Agustín desmiente que el Thanksgiving Day, la gran fiesta familiar estado­unidense, proceda de la primera comida de acción de gracias que hicieron los pioneros ingleses en Plymouth en 1621, al año de bajarse del Mayflower. Según el historiador de Florida Michael Gannon, la primera misa, celebrada por el padre Francisco López de Mendoza, y la primera comida de acción de gracias fueron en San Agustín, donde los españoles comulgaron y compartieron sus alimentos con los indios. Fue en 1564, 57 años antes del Thanksgiving Day.
La gesta española empieza en Florida y se extiende por el territorio. California, por ejemplo, le debe mucho al conquistador catalán Gaspar de Portolá y a fray Junípero Serra. El primero, desde los presidios (fortalezas militares), y el segundo, desde sus misiones. Ahí tenemos San Francisco, Los Ángeles o San Diego. Todo empezó con el apoyo de tres grandes hombres: el rey Carlos III, el conde de Aranda y el ministro de Indias José de Gálvez.
Gálvez es apellido respetado en EE UU. Más que nada por el sobrino de José, Bernardo de Gálvez. Al general Washington le hubiera costado ganar la Guerra de Independencia contra los ingleses (1775-1783) si no hubiera sido por la campaña de este joven brigadier en 1779. España apoyó a los americanos contra una Inglaterra dispuesta a devolver Gibraltar si se mantenía neutral. Según el profesor José Manuel Pérez Prendes, “este dato, que aún hoy sorprende, está recogido en documentos oficiales del Ministerio de Asuntos Exteriores del año 1966”.
La intervención de Gálvez y su flotilla fue crucial para los patriotas: despejó el puerto de Nueva Orleans y tomó la mayor base inglesa en el sur, Pensacola. Atravesó la bahía de Mobile bajo el fuego cruzado de los cañones enemigos. Lo hizo solo. Nadie más se atrevió. Por eso Carlos III le permitiría más tarde llevar el lema “Yo solo” en su escudo de armas. La ciudad de Galveston, en Tejas, lleva su nombre.
El menorquín Jorge Farragut también luchó en aquella guerra. Acabó de comandante del Ejército americano. Y de tal palo, tal astilla. Su hijo David Farragut, ya nacido en EE UU, tuvo un papel extraordinario en la guerra civil (1861-1865) al lado de la Unión, presidida por Abraham Lincoln, cuando arrebató Mobile Bay y Nueva Orleans a los confederados. Como Gálvez antes, cruzó en barco la bahía mientras bramaba: “¡Al carajo los torpedos! ¡A toda máquina!”. David Farragut, de sangre española, fue, nada menos, el primer almirante de la Armada de Estados Unidos.
Y qué decir del ‘cowboy’ americano, que no es sino un trasunto descarado del vaquero español desde el sombrero del jinete hasta las pezuñas del caballo. Como españoles eran el pastoreo, la trashumancia y el propio ganado: vacas, ovejas o cerdos llevados a América desde las marismas del Guadalquivir. Abramos un diccionario inglés: buckaroo (vaquero), sombrero, Spanish saddle (silla de montar), lasso (lazo), bronc (bronco), mustang (mesteño), cinch (cincha), chaps (chaparreras), lariat (la ­reata), hackamore (jáquima, cabestro). Por no hablar de corral, hacienda, plaza o siesta.
¿Le sorprende que un pionero americano como Daniel Boone (1734-1820) adoptara la nacionalidad española y fuera nombrado por un gobernador español comandante de un distrito de Misuri?
Volvamos al principio: la bandera española se plantó en Florida en 1513 y se arrió en 1821, 308 años más tarde, aunque la inmensa mayoría de los americanos cree que todo empezó con la colonia de Jamestown (Virginia) en 1607. Olvidan que los jesuitas establecieron allí sus misiones 37 años antes. No es extraño: la, por otra parte, magnífica Enciclopedia Británica, en su entrada sobre la historia de EE UU (Global Edition, 2009), despacha a Ponce con una línea; dedica un párrafo a Hernando de Soto y un tercero, compartido, a Menéndez de Avilés y Coronado. Reconoce como españolas San Agustín y Santa Fe (de Los Ángeles o San Francisco, ni pío), y remata el brevísimo texto con una frase que produce sonrojo: “Pese a estos comienzos, los españoles tuvieron poco que ver con el desarrollo inicial de los Estados Unidos”.
Dicen los americanos que España fue al Nuevo Mundo buscando “tres ges” (God, gold and glory: Dios, oro y gloria). No está mal visto. Pero si conocieran a fondo sus orígenes europeos, a lo mejor se daban cuenta de que el famoso “sueño americano” empezó siendo un sueño español.

viernes, 29 de marzo de 2013

Nunca tan pocos (y tan raros), engañaron tanto a Hitler

Imagen del desembarco de Normandia en dia 6 de Junio de 1944. / Robert F. Sargent. (Archivos Nacionales de Canada)
 
No eran soldados, sino un abigarrado grupo de personas extravagantes y exasperantes, en su mayoría de moralidad escasa y de lealtad dudosa, y costaban mucho dinero. Pero se jugaron la piel y contribuyeron decisivamente a ganar la guerra. La alambicada historia de los agentes dobles empleados por el servicio secreto británico para engañar a los alemanes en la II Guerra Mundial y distraer su atención de las playas de Normandía ha sido contada muchas veces, pero nunca hasta ahora de manera tan completa y apasionante (y con tanto sentido del humor) como lo hace en su nuevo libro el notable especialista en el espionaje en esa contienda Ben Macintyre.
Considerado por su popularidad como el Antony Beevor de la II Guerra Mundial librada en las sombras, el autor de otros títulos de referencia sobre el tema como El agente Zigzag y El hombre que nunca existió publica ahora en España, también en Crítica, La historia secreta del Día D, subtitulado La verdad sobre los superespías que engañaron a Hitler. El libro está dedicado especialmente a los cinco espías que formaron el núcleo de la Doble Cruz, un alambicado sistema de agentes dobles creado para confundir a los alemanes y que fueron los que consiguieron que los nazis creyeran a pies juntillas que la verdadera invasión de Europa se realizaría en Calais y no en Normandía.
Esa singular “arma secreta” de agentes que trabajaban para unos (los británicos) haciendo creer a los otros (los nazis) que lo hacían para ellos eran, describe Macintyre, Elvira Chaudoir (peruana bisexual, jugadora e inestable), Roman Czerniawski (ex piloto de caza polaco, fervorosamente patriota e inconsciente), Lily Sergeyev (francesa voluble), Dusko Popov (serbio seductor) y Juan Pujol (catalán excriador de pollos). ¿Fueron realmente tan decisivos? “No hay duda de que marcaron la diferencia. Es difícil calcular cuántas vidas aliadas salvaron, pero fueron muchas”, explica en Madrid Macintyre, un hombre tan inteligente y simpático como sus libros. “Eisenhower, Montgomery, los propios mandos alemanes, todos admitieron la relevancia de esos agentes en el éxito de la invasión del Día D”.
Le pregunto cuál es su personaje favorito de los cinco agentes dobles. Sonríe encantado. “Diré dos: Chaudoir, alias Bronx, es la más intrigante y fascinante, playgirl, bisexual, se mete en el espionaje por accidente y luego casi traiciona los planes por la muerte de su perrito. El otro, por supuesto, es Pujol, alias Garbo, por su bravado y por su uso de la inteligencia y de la palabra como armas, es un loco genial que decide por sí solo aplastar a los alemanes con el engaño”. Las técnicas de espionaje de la II Guerra Mundial, con sus palomas (Macintyre dedica un capítulo inolvidable a su uso), radiotransmisiones, túneles y tintas invisibles, “nos pueden parecer ahora algo amateurs y hasta inocentes”, continúa el autor. “Pero los británicos, Churchill el primero, se tomaban el asunto muy en serio. Estaban muy interesados en la contrainteligencia y el uso de gente con mentalidades retorcidas como sacacorchos que pudieran mirar al otro lado de la esquina”.
Los servicios secretos ingleses, señala Macintyre, se dieron cuenta de que la inteligencia alemana era muy vulnerable al contraespionaje. “Los alemanes eran muy literales, pensaban en línea recta y era fácil engañarles, tendían a aceptar datos de sus agentes sin cuestionarlos”. Había, continúa, otras razones por las que era fácil que los alemanes creyeran las mentiras. “Había una enorme corrupción en el seno de muchas de las secciones de la Abwehr, el servicio secreto militar alemán. Por otro lado, parte de la Abwehr trabajaba también contra Hitler”. Macintyre considera que los británicos contaban con otras ventajas para el contraespionaje: el sentido del humor y la capacidad de asimilar a gente extravagante en sus filas. “Definitivamente, algo muy peculiar de la inteligencia británica es su virtuosismo para reclutar y aprovechar a gente sin aparente valor y hasta muy rara. Eso tiene que ver con el gusto británico por la teatralidad y lo melodramático. Además, nos encanta la mentira. Es muy británico vivir vidas dobles”.
El escritor recuerda que muchos de los personajes del servicio secreto británico eran novelistas frustrados y grandes espías fueron novelistas: Graham Greene, Somerset Maugham, Ian Fleming… “En Madrid en 1941 los agentes británicos eran dos novelistas con obra publicada, tres no publicados y un poeta”.
El investigador está de acuerdo en que las grandes batallas —Stalingrado, El Alamein, Kursk, Midway— han dejado en segundo plano la historia del espionaje en la II Guerra Mundial. “Pero hay una nueva corriente de estudios que está sacando a la luz mucha nueva información de esa guerra secreta librada lejos de los tanques y los cañones. Sin menospreciar a los hombres del frente, la batalla del espionaje es apasionante y está llena de difíciles decisiones morales, es muy humana en ese sentido”.
Macintyre se muestra muy comprensivo con la inmoralidad de esa guerra. “A mí me enseñaron que Gran Bretaña ganó la guerra porque éramos nobles y buenos. Actualmente sé que ganamos en buena medida porque éramos malos y mentíamos”.
¿Llevamos todos un espía dentro? “Todos somos dobles agentes, unos más que otros. Todos tenemos una sombra, y amamos la idea de estar en medio de la gente escondiendo un secreto. Por eso nos gustan las historias de espías”.
El libro subraya la belleza del engaño. “Adoro el ensamblaje de una mentira complicada como la que se tejió para desviar la atención de Hitler de Normandía, hay una estética indudable en una buena mentira”.
En las historias de los cinco superespías, como en general en ese mundo, el espionaje va de la mano con las relaciones amorosas. “Son experiencias muy similares. Un doble agente en el fondo es como un amante infiel, traiciona a su controlador con otro secreto, es igual que un amor adúltero. La traición, la lealtad, la honestidad, la conveniencia, son temas que se pueden aplicar a los dos mundos, el amor y el espionaje”.
 

lunes, 25 de marzo de 2013

Las procesiones, "aquellos espectáculos sangrientos".


http://www.abc.es/ ISRAEL VIANA MADRID  25/03/2013
Resulta muy complicado saber cuándo y cómo se celebró la primera procesión del cristianismo. El Antiguo Testamento cuenta que Dios ordenó a Josué la organización de siete grandes procesiones alrededor de las murallas de Jericó. Y en el Nuevo Testamento se describe al propio Jesucristo entrando de forma procesional en Jerusalén, rodeado de una multitud de seguidores. Pero, ¿cuándo heredan los cristianos esta tradición bíblica?, ¿cómo realizaban estas manifestaciones de religiosidad populares si su religión estaba prohibida?, ¿cuándo aparecieron los primeros pasos?
«Las procesiones tienen un origen bíblico, pero los cristianos las heredarán muy tarde», asegura Manuel Amezcua, profesor de Historia de la Iglesia del Centro de Estudios Teológicos de Guadix, y canónigo archivero de la catedral y de la diócesis de la misma localidad. En los primeros siglos, la Iglesia hizo suya esta tradición, pero tuvo que restringir cualquier manifestación pública debido a las crueles persecuciones a las que eran sometidos sus valientes miembros. Durante mucho tiempo, las procesiones se celebraron dentro de los claustros y no empezaron a salir a la calle hasta los siglos X y XI, en una conquista del especio urbano que se produjo de forma progresiva.
«En España no tenemos testimonios de las primeras procesiones hasta el siglo III y IV –cuenta Amezcua–, ya que antes, además de perseguidos, los cristianos eran poquísimos. Fue a partir de entonces cuando comenzamos a tener noticias de ellas por los viajeros, según los cuales, no eran masivas».
Aquellas primeras manifestaciones furtivas surgieron fruto de la admiración por aquellos primeros mártires, a los que querían rendir cristiano homenaje mediante el traslado solemne de sus restos mortales y de sus reliquias de un lugar a otro, en grandes peregrinaciones que se producían a escondidas y en cualquier época del año.
Antes de la aparición del cristianismo ya había procesiones, llamadas «pompas», nombre griego que recibían los cortejos o comitivas en las que tomaban parte carrozas, coros, músicos o bailarines, para honrar a sus dioses paganos.
Con el paso del tiempo, la Iglesia irá filtrando y depurando estas reminiscencias paganas hasta adoptar un estilo «militarista», posiblemente por la influencia del Imperio Romano. De hecho, el término «processio» es sinónimo de «marchar» o «marcha en sentido militar», un aspecto que queda reflejado en la cruz que comenzaría a abrir las procesiones como símbolo victorioso del «Cristo, vencedor de la muerte», que venía a sustituir al estandarte que portaba la legión romana.
En los siglos V y VI nacen las primeras cofradías, que serán las grandes promotoras de las procesiones al amparo de los santuarios. «Las más antiguas son las que se vinculan a las grandes tumbas de los mártires, para cuidar los nuevos santuarios que surgen en el enclave donde el mártir fuera martirizado o enterrado. Antes no existían, ya que algunos pequeños sínodos provinciales las rechazaron por asemejarse a las asociaciones paganas», explica Amezcua, cura también durante 33 años.
Desde el siglo VIII en adelante, las cofradías van ganando terreno, surgiendo otras nuevas al amparo de diferentes colectivos. Las hay de origen nobiliario, para asegurar ciertos privilegios de la nobleza; de origen episcopal, fundadas por los obispos por obligación de los concilios para que se ocupen de los muertos y de los enfermos de cólera, tifus o sífilis; de origen étnico, creadas por grupos como los esclavos negros de Sevilla, los sevillanos en Mallorca o los riojanos en Úbeda o Baeza; cofradías como remedio al «castigo divino» de las grandes epidemias, como la peste negra, o cofradías de origen gremial, que surgen en los siglos XII y XIII. «Organizan una fiesta anual que incluye misas y procesiones en torno a su santo patrón, como San Crispín y San Crispiniano para los zapateros o San Lucas para los médicos», cuenta Amezcua.
Según explica el exdirector de la revista «Pasos de Semana Santa» y doctor de Historia del Arte de la Universidad Complutense de Madrid, Antonio Bonet, las procesiones exclusivas de la Semana Santa surgen con la aparición de las cofradías de ámbito penitencial a finales del siglo XIII. «En España se vinculan con la llegada de los franciscanos y los dominicos –comenta–. Son cofradías vinculadas con la sangre y el rosario, congregaciones de flagelantes que no llevaban prácticamente imágenes, solamente alguna cruz y, posteriormente, algún crucificado».
«La implantación de las primeras procesiones dominicas, aún sin pasos –continúa–, fue muy complicada por las quejas que recibió su filosofía de la sangre. Los flagelantes iban, muchas veces, más por el espectáculo, lo que fue derivando en abusos, en el sentido de que se convierte prácticamente en un espectáculo sangriento y no en esa especie de origen de la salvación a través del castigo».
«Santa Teresa, que no era precisamente una persona que se callara las cosas –añade Amezcua–, llamaba a estas procesiones flagelantes la “penitencia de las bestias”, porque entendía que el modo de identificarse con el dolor de Cristo es ayudar a los enfermos y no pegarse porrazos en la espalda hasta quedarse sin piel».
Para Bonet, el tema de la sangre en las primeras procesiones de Semana Santa «tiene cierto morbo», pero cree que hay que contextualizarlo en aquellos siglos en los que hay un culto muy arraigado hacia la expiación de los pecados. Hoy en día prácticamente han desaparecido, salvo en algunos núcleos como, por ejemplo, San Vicente de la Sonsierra o los empalaos de Valverde de la Vera.
«El Concilio de Letrán, en 1215, permitirá que dicha penitencia sea pública en las cofradías, pero con la obligación de que sea anónima para que nadie presuma de ello, ni trate de ganar algún prestigio. Por eso se impone el antifaz, para que para que todos sean iguales ante el hecho penitencial, desde el noble o el duque hasta la prostituta», añade el archivero de Guadix.
Hasta el Concilio de Trento (1545-1563) y, especialmente, a partir del siglo XVII, no surge la imaginería en torno a las procesiones tal y como las vemos hoy en día. Se trataba únicamente de los cofrades flagelándose mientras se paseaban por la calle. «Será este concilio en el que se establezca cómo tienen que ser algunas imágenes. Eso no quiere decir que no dejen libertad a los artistas, pero sí dicen cómo tiene que ser la tipología», aclara Bonet.
A diferencia de otros lugares del mundo, en España no hubo problemas para las cofradías que quisieron sacar los primeros pasos con imágenes a la calle.
Como hemos visto, no fue fácil su implantación en España, pero ni las persecuciones, ni la ocultación en los templos, ni las críticas pudieron con esta tradición que cumple ya casi dos milenios. A pesar de las modificaciones introducidas en los periodos recientes, lo cierto es que el sentido procesional sigue respondiendo para muchos creyentes al que le dieron aquellos primeros seguidores de Cristo perseguidos.

lunes, 18 de marzo de 2013

Roma contra Cartago, arqueología de una batalla

 
Fuente: Proyecto Baecula (MINECO y Junta de Andalucía), Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén. / HEBER LONGÁS / EL PAÍS
 
http://elpais.com/elpais/2013/03/08/media/1362773277_490531.html (Reconstrucción gráfica de la batalla).
 
http://cultura.elpais.com/cultura/ http://cultura.elpais.com/autor/alicia_rivera/a/ Madrid, 17/03/2013
Año 208 aC. Los ejércitos romano y cartaginés, a las órdenes de Escipión el Africano y Asdrúbal Barca (hermano de Aníbal), están a punto de entablar batalla. Asdrúbal domina un cerro estratégico en el que se ha instalado ante la llegada de su enemigo. Las tropas de Escipión, que han acampado a unos cuatro kilómetros, atacan a los cartagineses: primero con la infantería ligera y luego con el grueso de su ejército, desplegando una maniobra de tenaza para rodear al ejército enemigo. Asdrúbal pierde el combate y huye, llevándose, eso sí, el tesoro y los elefantes. “Es la batalla de Baécula, una de las importantes de la Segunda Guerra Púnica, que enfrenta a las dos potencias del momento por el dominio del Mediterráneo, casi una guerra mundial”, apunta el arqueólogo Arturo Ruiz.
La historia, los detalles de esta batalla, la cuentan los historiadores romanos Polibio y Tito Livio. Pero, ¿dónde se libró exactamente? ¿Qué cerro era ese en el que se defendió Asdrúbal y atacó Escipión? ¿Por dónde avanzó uno y huyó el otro? Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Jaén afirma haber descubierto el lugar del combate y encontrado el rastro de las tropas en sus movimientos sobre el terreno. Los investigadores están leyendo los vestigios directos para entender qué pasó. Lanzas, puntas de flecha y de jabalina, tachuelas de las sandalias, proyectiles de los honderos baleares que lucharon en las filas cartaginesas, broches de los ropajes, espuelas… incluso piquetas de las tiendas de acampada o los agujeros donde clavaron los de Asdrúbal la empalizada de protección, han salido a la luz en los últimos años. En total, estos arqueólogos han recuperado ya más de 6.000 objetos, dos tercios de ellos asociados al acontecimiento del 208 a C. Los ejércitos de las dos potencias, afirman, se enfrentaron en el cerro de Las Albahacas cerca de la actual localidad de Santo Tomé (Jaén), un lugar estratégico de acceso a la cuenca del Guadalquivir desde Cartago Nova (Cartagena) que Escipión había conquistado el año anterior. Asdrúbal estaba a tiro de las minas de cobre y plata de Cástulo. Una región importante para unos y para otros.
Es arqueología de una batalla, de un acontecimiento efímero, algo insólito en la tradición de unas investigaciones que suelen ocuparse de ciudades, templos, tumbas o infraestructuras que perduran durante siglos. “Hasta ahora solo se había excavado así una batalla de la antigüedad, la de Teotoburgo, en Alemania, de romanos contra los germanos, y es muy posterior, del año 9 aC.”, recalca Juan Pedro Bellón, del Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica (Universidad de Jaén). “Hay alguna batalla excavada con una metodología similar, pero del siglo XIX, en concreto la de tropas estadounidenses contra indios en Little Big Horn, y algunos campamentos militares, pero nada más”, añade su colega Manuel Molinos. Por ejemplo, las batallas de Aníbal en Italia se sabe que fueron en Tesino, Trebia, Trasimeno y Cannas, pero no en qué sitio exactamente, dice Bellón, ni hay restos arqueológicos de ellas.
Con las detalladas descripciones de los historiadores romanos, los investigadores del Instituto de Jaén se plantearon, hace una década, encontrar los vestigios de la batalla de Baécula. “El general cartaginés recorría entonces los parajes de Cástulo, alrededor de la ciudad de Bécula, no lejos de las minas de plata. Informado de la proximidad de los romanos cambió de lugar su campamento y se procuró seguridad por un río que fluía a sus espaldas”, escribió Polibio. Y Tito Livio: “El ejército de Asdrúbal estaba cerca de la ciudad de Bécula y por la noche Asdrúbal replegó sus tropas a una altura. Por detrás había un río. La altura, que tenía una explanada en la parte más alta, por delante y por los lados ceñía todo su contorno una especie de ribazo abrupto”.
Los arqueólogos emprendieron una labor casi detectivesca para dar con el lugar de los hechos, con la ayuda de los textos clásicos y técnicas topográficas avanzadas, además de la observación directa sobre el terreno. “Schulten, en 1925, situó la batalla de Baécula al sur de Bailén, pero lo descartamos, porque la geografía no se ajustaba a las descripciones de Polibio y Tito Livio”, cuenta Arturo Ruiz, arqueólogo de la Universidad de Jaén que puso en marcha el proyecto de Baécula. También se habían propuesto otras localizaciones. Poco a poco, el equipo fue identificando posibles cerros y haciendo catas arqueológicas con detectores de metales, hasta que en el cerro de Las Albahacas empezaron a aparecer restos acordes con un enfrentamiento entre dos ejércitos. Desde 2006, realizan excavaciones en el lugar y participan en los estudios una veintena de expertos: topógrafos, numismáticos, conocedores de armamento antiguo, especialistas en paleoclima y en análisis químicos.
La investigación, financiada por el Plan Nacional de Investigación Científica, es una labor ardua y extensa. El teatro de operaciones se extiende por 400 hectáreas, aunque las prospecciones más intensas se centran en 20 hectáreas. Los arqueólogos han hecho decenas de transectos (líneas de prospección con los detectores de metales) y centenares de cuadrículas.
En el 209 a C los romanos han tomado Cartagena y, un año después entran en la zona del alto Guadalquivir, dominado por los cartagineses. Aníbal ha estado en ese territorio de importancia estratégica antes de dirigirse a Italia, recuerda Bellón. Y en la península Ibérica permanecen tres ejércitos cartagineses: dos de ellos al mando de los hermanos de Aníbal, Asdrúbal Barca y Magón Barca, y otro al mando de Asdrúbal Giscón. “La batalla de Baécula abre el control de la Bética a Roma y, en adelante, Andalucía será su almacén de aceite, trigo y minas de plata y plomo”, explica Ruiz. “Según una teoría, Escipión entra en Andalucía por Despeñaperros, pero nosotros sostenemos que lo hace por el valle del río Guadiana Menor”, apunta Bellón. Quiere evitar que Asdrúbal llegue a Italia para apoyar a su hermano Aníbal y, a la vez, evitar que se unan los otros dos ejércitos cartagineses.
La historia solo contaba con las fuentes de una de las partes en conflicto, explica Ruiz. “Y los romanos ensalzan a Escipión como gran estratega que planifica el movimiento envolvente de su ejército, que afronta la dificultad y dureza de la batalla de Baécula y que, al final, derrota a Asdrúbal”, comenta Bellón. Pero ahora los arqueólogos intentan leer directamente las pruebas para averiguar qué paso. Apenas aparecen en el cerro armas cortas, lo que indica que el enfrentamiento cuerpo a cuerpo fue limitado. Sin embargo, añade Bellón, hay muchas armas arrojadizas, como lanzas, flechas, proyectiles de los honderos baleáricos y dardos.
“Asdrúbal elige el cerro sabiendo que es un punto defensivo estratégico para defenderse y para preparar la huida”, continúa Bellón. “Los romanos establecen su campamento a unos cuatro kilómetros e, inmediatamente, fuerzan la batalla atacando a los cartagineses. Tienen desventaja teórica sobre el terreno ya que atacan cuesta arriba, pero tienen ventaja numérica”. No está claro cuántos hombres participaron en la batalla. Tito Livio habla de 70.000 (40.000 romanos y 30.000 cartagineses). Puede ser exagerado. Los arqueólogos de Jaén lo dejan en unos 15.000en total.
“Ni Polibio ni Tito Livio son contemporáneos de los hechos, y escriben basándose en la abundante documentación romana, aunque el primero, que nació en 200 a C, se considera una fuente más fidedigna porque escucharía datos de primera mano. De los cartagineses no hay testimonios porque la ciudad de Cartago fue arrasada al final de la Tercera Guerra Púnica, cuando los romanos finalmente se hicieron con el poder absoluto del Mediterráneo”, apunta Molinos.
Después de Baécula, Escipión permanece poco tiempo en el campamento del cerro que ha tomado al enemigo. Asdrúbal huye y llega a Italia, en el 207 a C. Una vez allí, envía dos emisarios a Aníbal, pero los romanos los interceptan y atacan: Asdrúbal muere en la batalla de Metauro.

martes, 5 de marzo de 2013

El mayor estudio del Holocausto afirma que hubo más de 15 millones de víctimas

Imagen del gueto de Varsovia
 
http://www.abc.es/ Emili J Blasco, Washington, 5/III/2013
Auschwitz y el gueto de Varsovia han simbolizado tanto el Holocausto que ha habido poco esfuerzo de memoria colectiva sobre los miles de pequeños lugares donde el nazismo también llevó a cabo sus planes de aniquilación humana. Los centros de exterminio en masa están bien documentados, pero faltaba aplicar el microscopio. Eso es lo que está haciendo el Holocausto Memorial Museum de Washington con su proyecto de «Enciclopedia de Campos y Guetos».
El resultado, hasta la fecha, es un mapa de 42.500 campos de concentración, guetos, factorías de trabajos forzados y otros lugares de detención extendidos a lo largo de buena parte de Europa, de Francia a Rusia. En total, entre 15 y 20 millones de personas murieron o estuvieron internadas en esos centros, en su mayoría judíos, pero también integrantes de los otros grupos perseguidos por el nazismo, como gitanos y homosexuales, así como otra población de vastas zonas de Polonia, países bálticos y la URSS.
«Las cifras son más altas de lo que originalmente pensamos. Ya de antes sabíamos qué horrible era la vida en los campos y guetos, pero los números son increíbles», asegura Hartmut Berghoff, director del German Historical Institute de Washington, donde un foro académico se hizo eco de las nuevas investigaciones, avanzadas por el «New York Times».
Las cifras, fruto de aportaciones de más de cien historiadores locales, rastreadas a partir de testimonios de víctimas, hablan por sí solas: 30.000 campos de trabajo forzado (los «esclavos» del nazismo), 1.150 guetos judíos, 980 campos de concentración, 500 burdeles de prostitución obligada, y miles de centros para practicar la eutanasia sobre personas dementes y mayores o forzar abortos.
Los números tienen diversas consecuencias. Una es la constatación de que difícilmente la población alemana podía ignorar lo que estaba en marcha. En Berlín, por ejemplo, los investigadores han documentado unos 3.000 campos y «casas judías» donde se concentraba a detenidos antes de su deportación hacia el Este. Según Martin Dean, editor del nuevo tomo de la Enciclopedia, el segundo de cinco, «literalmente no podías ir a ningún lugar en Alemania sin toparte con campos de trabajo forzado, campos de prisioneros de guerra, campos de concentración… Estaban en todas partes». De manera que, insiste, no son sostenibles las alegaciones de muchos ciudadanos alemanes de que en su día no fueron conscientes de lo que ocurría con sus vecinos judíos.
Otra consecuencia es que puede aumentar el número de pleitos judiciales de las víctimas para recibir compensaciones económicas. Hasta ahora ha habido procesos que han implicado a grandes corporaciones industriales que se aprovecharon de la mano de obra esclava del Tercer Reich, pero pocas veces ha sido posible exigir indemnización a empresarios más modestos.
La documentación llega a localizar lugares de trabajos forzados de escaso volumen, como el grupo que era enviado a la casa de una ferviente nazi conocida como «Hermana Pía», donde internos del cercano Dachau eran conducidos para cuidar el jardín y hacer otros trabajos de la casa, así como construir juguetes para los hijos de la familia. «¿Cuántas reclamaciones han sido rechazadas porque las víctimas estaban en un campo que ni siquiera sabíamos cómo se llamaba?», se pregunta en el «New York Times» Sam Dubbin, un abogado de Florida que representa a varios clientes que buscan compensaciones de varias compañías de seguros europeas.
La investigación para hacer un mapa completo de la geografía de los campos y guetos del nazismo tuvo un decisivo impulso con la apertura y sistematización de los archivos que pertenecieron a la antigua Unión Soviética. Según un portavoz del Museo del Holocausto de Washington, «al estar disponibles en las últimas décadas han sido particularmente cruciales para identificar guetos en lugares como Lituania y la Federación Rusa, que apenas eran mencionados en la documentación alemana». «Muchos de ellos fueron creados solo justo antes de las deportaciones o de los fusilamientos masivos, por lo que existieron poco tiempo», apunta Dean.
Por lo demás, en ocasiones las historias personales de muchas víctimas quedaban focalizadas por su paso o muerte en uno de los grandes campos de exterminio, sin tener en cuenta otros lugares de detención por los que habían pasado. Es el caso de Henry Greenbaum, voluntario en el Museo. A los doce años estuvo en el gueto de Starachowice, la población polaca en la que vivía. Luego fue trasladado a un campo de trabajo próximo, mientras su familia era llevada a Treblinka. Fue deportado a Auschwitz, pero después salió para trabajar en una planta química con otros cincuenta prisioneros. De allí pasó a otro campo de trabajo, cerca de la frontera checa. A los 17 años llegó a estar en cinco lugares, «y nadie sabe de ellos; todo debería documentarse, es importante para los más jóvenes».