jueves, 15 de noviembre de 2012

Jayne Wilkins
 
Judith de Jorge 15/11/2012  http://www.abc.es/
 
El ser humano ha demostrado a lo largo de la historia su sobresaliente capacidad para crear armas. Con el fin de proporcionarse alimento, como amenaza o para aniquilar al enemigo, el desarrollo de estos instrumentos dañinos ha tenido una evolución exponencial desde las estacas afiladas que supusieron nuestro primer arsenal. Pero a alguno de nuestros antepasados se le ocurrió que en vez de un simple palo puntiagudo sería mucho más mortífero adosar a uno de sus extremos una piedra bien cortante. Esto, según nuevos hallazgos arqueológicos en Kath Pan (Sudáfrica), sucedió hace medio millón de años, 200.000 años antes de lo que se creía hasta ahora. Lo encontrado por los científicos son las puntas de lanza más antiguas utilizadas por la humanidad. Y no fue el ser humano moderno quien las empleó.
La colocación de puntas de piedra en las lanzas supuso un importante avance tecnológico para los primeros humanos. Las herramientas con mango o empuñadura requieren más esfuerzos y una planificación previa para su fabricación, pero una piedra afilada al final aumenta su poder mortífero. «Estas puntas cortantes son extremadamente letales en comparación con los efectos de un palo afilado. Los primeros humanos aprendieron esto antes de lo que pensábamos», afirma Benjamin Schoville, investigador de la Universidad Estatal de Arizona y uno de los autores del artículo, que publica esta semana la revista Science.
Las puntas de lanza con empuñadura son comunes en la Edad de Piedra 300.000 años atrás, pero nunca antes se habían encontrado unas tan antiguas. Los objetos hallados fueron utilizados en el Pleistoceno medio, un período asociado al Homo heidelbergensis, el último ancestro común de los neandertales y los humanos modernos, de lo que los científicos deducen que las dos especies humanas inteligentes utilizaron este tipo de armas no porque las dos las inventaran o una aprendiera de la otra, sino porque ya existían antes de que divergieran. Ambas las recibieron como una herencia cultural.
La función de las puntas se determinó mediante la comparación del desgaste que sufrían con el daño inflingido a puntas modernas experimentales utilizadas para atravesar el cuerpo muerto de gacelas africanas con una ballesta calibrada. Este método, que se ha utilizado con eficacia para estudiar armamento en contextos más recientes en el Medio Oriente y África del sur, demostró que el daño de las antiguas puntas de lanza era muy similar al de los experimentos. Esas fracturas distintivas no son fáciles de crear en otros procesos. Las puntas daban buenos resultados y penetraban adecuadamente el objetivo.
«Parece que algunas de las características que asociamos con los humanos modernos y con nuestros parientes más cercanos se remontan más atrás en nuestro linaje», afirma Jayne Wilkins, autora principal del estudio, de la Universidad de Toronto. Al menos, nos queda el dudoso consuelo de no ser nosotros los autores de todo lo destructivo.

viernes, 9 de noviembre de 2012

El Gran Capitán en la batalla que cambió la historia

Gran Capitán frente al cuerpo de Luis de Armagnac
Recreación de la batalla de Ceriñola (1503)
 
Esteban Villarejo/Manuel P. Villatoro Madrid 09/11/2012 http://www.abc.es/
Gonzalo Fernández de Córdoba, «Gran Capitán». El eco de sus proezas aún retumban en los manuales de historia militar. En Europa y allende los mares, donde los «herederos» de sus Tercios fraguaron el Imperio de aquella joven España. Cuando muchos nombran tan alegremente a Sun Tzu, Clausewitz, Napoleón, Patton o Schawrzkopf, olvidan que fue este genio militar español quien cambiaría para siempre el «arte de la guerra»: de la pesadez medieval (caballería pesada) a la agilidad moderna (infantería).
Reconquista de Granada, victoria sin igual frente al francés en Nápoles, conquista de un nuevo Reino para sus «Señores», virrey, precursor de una nueva estrategia militar fundamentada en la infantería y visionario de un Ejército español cuyas reformas impulsaron un cambio de mentalidad que posteriormente derivó en la creación de los populares tercios españoles que acabarían dominando buena parte del mundo e invictos desde 1503 hasta el desastre de Rocroi en 1643.
Sin embargo, y a pesar de sus proezas, este cordobés nunca dejó de ser un oficial cercano a sus hombres, con sentido del honor para con el contrario, estoico y, ante todo, súbdito leal hacia unos Reyes Católicos que iniciaban en sus hombros la aventura de una nueva nación. Aunque no fueron pocas las desaveniencias acaecidas con sus «Señores», llegando a ser apartado de la «res publica» y «res militaris» de la siempre desagradecida España.
Como bien explica Fernando Martínez Laínez, periodista y coautor del libro «El Gran Capitán» (Ed. Edaf), Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515) se inició pronto en la carrera militar, pues estaba destinado a dedicarse a guerrear al ser el segundo hijo de una familia noble, cobrando su nombre más poder entre los militares. Pronto se asoció su nombre a la valentía. «Una de las primeras batallas en las que intervino fue la de Albuera, cuando combatió a las huestes del rey de Portugal que habían invadido Extremadura».
«Hacia 1497, tras una breve estancia en la Corte, los Reyes Católicos le nombran "adalid de la Frontera", un grado que equivalía a capitán», explica Laínez.
Pero donde realmente comenzó a mostrar su ingenio militar fue durante la «Guerra de Granada», una campaña militar que se sucedió a partir de 1482 y en la cual los españoles pretendían expulsar a Boabdil del último estado musulmán en la Península Ibérica. «La guerra se produjo por la firme decisión de los Reyes Católicos, que querían acabar de una vez por todas con el enclave musulmán de Granada, el único territorio que quedaba para completar la unidad cristiana peninsular».
Gonzalo tomó parte en esta contienda al mando de una unidad de «lanzas» (caballería pesada con una gruesa armadura) de la casa de Aguilar, de la que su hermano era señor. «Fue una guerra larga, que duró casi diez años, y se libró a base de incursiones, asedios, golpes de mano y escaramuzas persistentes, sin grandes batallas campales», determina el escritor.
«El Gran Capitán tuvo un papel muy destacado a lo largo de toda la campaña, en especial en los ataques a Álora, la fortaleza de Setenil, Loja y el asalto al castillo de Montefrío, cercano a Granada». De hecho, algunos cronistas como Hernán Pérez afirman que, durante esta guerra. «Gonzalo era siempre el primero en atacar y el último en retirarse».
Su papel más destacado lo tuvo al final de la contienda, ya que fue una de los diplomáticos que negoció la rendición del reino nazarí de Granada e incluso actuó como espía. «Es totalmente cierto que llevó a cabo una hábil labor secreta, fomentó la división de las facciones nazaríes de Granada, negoció con Boabdil la rendición de la ciudad, y hasta acompañó al último monarca nazarí en su último viaje por España cuando este pasó a refugiarse en África», sentencia Laínez. Granada sería su principal manual de «lecciones aprendidas» para las guerras venideras.
«Pronto, su valerosa actitud y dotes de mando llamaron la atención de los Reyes Católicos, que le recompensaron con la tenencia (jefatura militar) de Antequera, el señorío de Órgiva y una encomienda», prosigue Laínez.
Sin embargo, parece que los grandes honores que recibió no fueron suficientes para Gonzalo, pues en 1495 se embarcó hacia otra gran campaña esta vez en Nápoles. Su misión era clara: detener el avance de los franceses, deseosos de expandirse militarmente con la toma de algunos territorios. «La primera campaña italiana se inició cuando el rey francés Carlos VIII invadió el reino de Nápoles (Reame) con una gran ejército. Al poco tiempo se retiró, pero dejando la mayor parte del Reame ocupado».
«Utilizando las tácticas aprendidas en la Guerra de Granada, Fernández de Córdoba, limpió Calabria de enemigos, conquistó la provincia de Basilicata y tras derrotar a los franceses en Atella entró triunfante en Nápoles en 1496», destaca el escritor. Fue tras el asalto a esta ciudad cuando se empezó a conocer a Gonzalo como «Gran Capitán». Tras tomar el lugar, volvió a España como un héroe.
A pesar de que se firmó un tratado con Francia para que cesaran las hostilidades, la paz no duró demasiado. El rey francés Luis XII había firmado un tratado con Fernando el Católico para repartirse el reino napolitano. Los franceses ocupan la mitad norte y el sur queda en poder de las tropas españolas que manda el Gran Capitán.
Pero pronto se iniciaron las discrepancias entre españoles y franceses por cuestiones fronterizas, lo que provocó que en 1502 se reiniciara la guerra después de que los franceses trataran de nuevo de tomar Reame. El «Gran Capitán» no lo dudó y se dispuso a enfrentarse a los enemigos de España. Una de las primeras batallas de esta guerra fue la de Ceriñola (Cerignola), en la que Gonzalo tendría que hacer uso de toda su experiencia militar para lograr salir victorioso.
La batalla de Ceriñola sin duda cambió la historia, y es que, si hasta ese momento la fuerza de los ejércitos se medía en base a la cantidad de caballería pesada de la que disponía, tras esta lid la mentalidad militar evolucionó y comenzó a primar la infantería. La batalla se desarrolló en un diminuto punto de la Apulia italiana situado en lo alto de una colina cubierta de viñedos y olivos. En ella, las tropas del «Gran Capitán» se defendieron de los atacantes franceses, tras verse obligados a retirarse en varios enfrentamientos.
De hecho, el «Gran Capitán» demostró antes de la batalla su mentalidad innovadora y revolucionara. Y es que, para llegar a la ciudad Ceriñola y poder preparar las defensas concienzudamente antes del ataque de los franceses, Gonzalo forzó a sus caballeros a hacer algo nunca antes visto y que suponía una afrenta a su honor.
«El Gran Capitán obligó a los caballeros de su ejército a llevar infantería en la grupa de sus monturas en la marcha hacia Ceriñola, por terreno arenoso y próximo a la costa, lo que hacía muy fatigosa la marcha. Eso era algo que no se hacía nunca, pero mejoró la movilidad y la moral de la tropa y le permitió ganar tiempo. Fue una muestra más de su ingenio táctico», explica el experto.
Este acto hizo que los españoles ganaran tiempo y les permitió preparar las defensas de la ciudad, que consistieron en cavar un foso y una pared de tierra alrededor de Ceriñola, lo que les permitía aprovechar la situación elevada del enclave. Además, el «Gran Capitán» pudo establecer una estrategia que más tarde sería reconocida como un preludio de la guerra moderna.
Los franceses no se hicieron esperar y, a los pocos días, su comandante, Luis de Armagnac, dejó ver a sus tropas. «Por el lado francés, aunque varió según avanzaba la guerra, se contaban unos 1.000 hombres de armas (caballeros con armadura), 2.000 jinetes ligeros, 6.000 infantes, 2.000 piqueros suizos y 26 cañones». Por el contrario, Gonzalo tenía a sus órdenes un ejército formado principalmente por infantería: «Del lado español había solo 600 hombres de armas, 5.000 infantes y 18 cañones, más un refuerzo de 2.000 mercenarios alemanes», señala Laínez.
«En esta batalla las fuerzas estaban bastante equilibradas en cuanto a números, pero los franceses tenían mucha superioridad en caballería pesada y su artillería doblaba a la española. Por el contrario, los españoles contaban con un mayor número de arcabuceros, una fuerza que se revelaría decisiva», explica el escritor.
Para detener la fuerza arrolladora de la caballería francesa se planteó una estrategia novedosa: situar las tropas de disparo delante de las defensas. «El Gran Capitán colocó en primera línea a los arcabuceros y espingarderos (hombres armados con una escopeta de chispa muy larga), detrás a la infantería alemana y española, y más retrasada a la caballería. Él se situó en el centro del dispositivo y revisó con detalle el despliegue de toda la tropa».
Todo quedó preparado para un duro combate. Pero, antes siquiera de desenvainar una espada, el «Gran Capitán» volvió a demostrar su arrojo. Concretamente, Gonzalo se quitó el casco en los momentos previos a la batalla y, cuando uno de sus capitanes le preguntó la causa, él contestó: «Los que mandan ejército en un día como hoy no debe ocultar el rostro».
La batalla se inició con la caballería francesa cargando orgullosa contra las tropas españolas. Hasta ese momento, una de las cosas más terribles que podía ver un enemigo de Francia era a los majestuosos jinetes en marcha con las armas en ristre. Sin embargo, fueron recibidos con una salva de fuego que hizo caer a un gran número de soldados.
«Cuando se inició el fuego, las balas de los arcabuceros españoles hicieron estragos en la caballería pesada francesa, impedida de avanzar ante el foso erizado de estacas y pinchos», explica el autor. Al no poder avanzar, los jinetes, desesperados, trataron al galope de encontrar alguna fisura en las defensas del «Gran Capitán», pero su intentó fue en vano y costó la vida a Luis de Armagnac, alcanzado por varios disparos.
Tras la derrota de la caballería pesada, la infantería francesa se dispuso a avanzar, pero sufrió grandes bajas debido al fuego español. Además, justo antes de que los soldados alcanzaran la primera línea de arcabuceros y acabaran con ellos, el «Gran Capitán» ordenó retirarse a estas tropas de disparo para evitar bajas.
Después de esta estratagema, el «Gran Capitán» cargó con todos sus infantes contra las diezmadas tropas del fallecido Armagnac que, ahora, no tenían objetivos contra los que luchar al haberse retirado los arcabuceros españoles. Sin apenas dificultad, las unidades de Gonzalo dieron buena cuenta de los restos del ejército francés.
Ni siquiera la caballería ligera francesa pudo ayudar a sus compañeros, pues fueron arrollados por los jinetes españoles. «La batalla apenas duró una hora y fue una victoria total. Además, quedó como un ejemplo de arte táctico, y de la importancia de la fortificación y elección del terreno para el buen resultado de cualquier combate», destaca Laínez.
Otro escritor, Juan Granados, autor de la novela histórica «El Gran Capitán» (Ed. Edhasa) explica que «esencialmente demostró que en adelante las batallas se ganarían con la infantería. Utilizando para ello compañías formadas por soldados distribuidos en tercios, es decir, en tres partes: arcabuceros, rodeleros —soldados con armadura muy ligera armados de espada y rodela, el típico escudo circular de origen musulmán— y piqueros, generalmente lasquenetes alemanes, enemigos acérrimos de los cuadros mercenarios suizos que solía emplear Francia. Se adelantó cuatro siglos a Napoleón, huyendo de la guerra frontal y
utilizando las tácticas envolventes y las marchas forzadas de infantería».
A finales de 1503 españoles y franceses volverían a medir sus fuerzas en el río Garellano -que por cierto da nombre a uno de los regimientos del Ejército con más solera y cuya sede se encuentra en Vizcaya- donde el «Gran Capitán» dio cuenta de las huestes del marqués de Saluzzo. «El sur de Italia quedó durante más de dos siglos en poder de España. El Gran Capitán, triunfador absoluto de estas guerras, desempeñó funciones de virrey en Nápoles, donde fue querido y respetado, pero pronto las envidias y maledicencias cortesanas empezaron a actuar en su contra», señala Laínez.
Pero parece que España no podía soportar a los héroes, pues Gonzalo terminaría siendo relevado de su puesto. El escritor Juan Granados sentencia: «Tal era la popularidad de Gonzalo de Córdoba entre sus hombres, que llegaron a desear proclamarle rey de Nápoles. Algo que él nunca deseó, se hubiese conformado con ser comendador de su querida orden de Santiago. Pero Fernando el Católico era suspicaz, desconfiaba de tanto éxito, el mismo rey de Francia, a quien había derrotado, le había ofrecido el generalato de su ejército. Por otra parte, sí es cierto que Gonzalo era descuidado en sus informes a su rey, tardaba en escribirle, pero nunca había pensado en suplantarle».
El monarca pidió entonces al «Gran Capitán» un registro de gastos para asegurarse de que no había malgastado fondos reales. Fernando el Católico le reclamó claridad en las cuentas de sus gastos militares en Nápoles, algo que Fernández de Córdoba consideró humillante. Como respuesta a lo que Gonzalo consideraba una gran ofensa personal, el entonces virrey dirigió a la monarquía un memorial conocido como las «Cuentas del Gran Capitán».
Irónicamente las cuentas incluían en el capítulo de gastos cantidades tales como: Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas. Cien millones en picos, palas y azadones. Diez mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres enemigos, cincuenta mil ducados en aguardiente para las tropas un día de combate, ciento setenta mil ducados en renovar campanas destruidas por el uso de repicar cada día por las victorias conseguidas... y lo mejor: «Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el rey pedía cuentas al que le ha regalado un reino».
Esto no debió de sentar muy bien al monarca que, a sabiendas de lo que «Gran Capitán» representaba prefirió evitar el enfrentamiento directo con él, pero no perdonó la ofensa. «El monarca decidió alejar a Gonzalo de Nápoles. A partir de entonces el Gran Capitán tuvo que adaptarse a una vida más sedentaria en sus posesiones de España. Es el destino de casi todos los héroes, una vez que han cumplido con su cometido en la guerra y llega la paz», finaliza Martínez Laínez. Sin embargo, lo que sí dejó este guerrero fue una reforma militar que duraría siglos.
La herencia del «Gran Capitán» revolucionó la forma de combatir a nivel mundial hasta la llegada de las armas de destrucción masiva. Entre otros elementos destacables se sitúan la formación de la tropa en compañías (que luego serían la unidad fundamental de los tercios) al mando de un capitán, y el experto manejo de las armas de fuego individuales del combatiente de a pie, señala Martínez Laínez.
Por otro lado, el Ejército cambió su mentalidad y comenzó a formar nuevos soldados que, además de pelear, tuvieran la capacidad de entrenarse por sí solos, hacer trabajos de fortificación y ponerse a punto con marchas y ejercicios constantes. «Este método es una herencia de las antiguas legiones romanas y creó un soldado que poco después hizo de los tercios una maquinaria invencible en toda Europa», destaca Laínez.
Además, el «Gran Capitán» creó también un nuevo tipo de unidad, la coronelía. Es el antecedente más inmediato de los tercios. Tenía unos 6.000 hombres y era capaz de combatir en cualquier terreno. Otra de sus innovaciones fue armar con espadas cortas, rodelas y jabalinas a una parte de los soldados. «La finalidad era que se introdujeran entre las formaciones compactas enemigas, causando en ellas terribles destrozos», sentencia el escritor.
Enseñanzas que fueron adquiridas por el «Gran Capitán» en la guerra de guerrillas que supuso la reconquista de Granada, con unos Reyes Católicos que depositaron en los hombros del «Gran Capitán» sus primeros pasos militares de una nueva nación en aquella vieja Europa llamada España.
 

miércoles, 17 de octubre de 2012

Goebbels: el nazi enano y ligón

Ullstein bild-W. Frentz
Manuel de la Fuente madrid 25/06/2012  http://www.abc.es/

La biografía de Peter Longerich desmonta muchos de los mitos sobre el Ministro de Propaganda hitleriano.
Goebbels, con solo pronunciar este apellido la Historia se tambalea, crujen los cimientos del género humano, se lanzan al galope los negros corceles de la barbarie.
Siempre se ha pensado que en el retorcido cerebro de este hombre (pequeño, atormentado por un terrible dolor en el pie, fruto de la polio) se estructuraba toda la geometría demoníaca del régimen nazi, que él era el arquitecto de aquel templo del odio y el terror cuya siniestra imagen eran Hitler y el olor a carne quemada en media Europa.
Pero este individuo, también conocido como el enano venenoso, o el carnero por sus muchas amantes, se pasaba el día como la reina de Blancanieves: «Espejito, espejito, quién es el nazi más listo, el más entregado, el más trabajador, el verdadero entre los verdaderos?». Y el espejito despejaba sus dudas: «Tú, Paul Joseph Goebbels, tú, tú».
Pero el verdadero espejo del que Goebbels necesitaba aquiescencia era otro y tenía nombre propio: Adolf Hitler. Porque toda la vida del todopoderoso y omnipresente Ministro de Propaganda nazi estuvo dirigida, pensada y planeada para que el Führer le diera una palmadita en el hombro, lo que no ocurría tan a menudo como Goebbels quisiera.
Estos son algunos de los reveladores detalles de «Goebbels» (RBA) la reciente biografía del ministro nacionalsocialista, magna obra (cerca de mil páginas) elaborada por el experto Peter Longerich (autor también de la biografía de Himmler, otra rata convenientemente diseccionada por Longerich) a partir de los treinta y dos tomos de los diarios que Goebbels escribió durante casi veinticinco años hasta su suicidio en 1945 en el Führerbúnker en el que pocas horas antes Adolf Hitler había hecho lo propio. Acto supremo de lealtad al Jefe, en el que Goebbels además se llevó por delante a su esposa Marga, y a sus seis hijos.
Del libro de Longerich se desprende que cualquier psicólogo habría descrito el comportamiento de Goebbels como una «patología narcisista», tal era su deseo de ser admirado. De hecho, cuando ya era amo y señor del aparato propagandístico nazi, Goebbels disfrutaba como un niño con zapatos nuevos cuando la Prensa elogiaba sus discursos o sus ideas, Prensa que evidentemente él controlaba hasta la última coma.
En 1923, Goebbels empieza a escribir estos diarios que en su megalomanía quería que fuesen la crónica oficial del nazismo. De hecho, con el tiempo se los vendió a la propia editorial del partido, la de Max Amann. Nos descubren también a un tipo que se dibujaba a si mismo como alguien que había triunfado viniendo desde abajo y sin ayuda, alguien capaz de limpiar el Berlín Rojo al final de los años 20 y primeros 30, al que supo unir a las masas sin discusión en torno al líder, al preboste que al principio no era muy partidario de la Guerra Mundial, al escritor frustrado, al poeta que «veneraba» a Rusia a través de su pasión por Dostoyevski, pero también al amante incansable, obseso, grimoso pero infatigable, al esposo infiel, como en el episodio de la actriz checa Lida Baarová (jugaba con ventaja, los estudios cinematográficos nazis,UFA, dependían también de él), una relación que el propio Hitler tuvo que disolver ante las quejas de Marga Goebbels y que llevaron al preboste a un intento de suicidio. ¿Marga, Joseph y Adolfo, algo más que amigos?
Un tipo sentimental, incluso cursi, que en alguna ocasión escribe: «Benditos días. Sólo el amor. Tal vez el momento más feliz de mi vida» o que se autocompadece: «A mi vida le falta el amor, por eso dedico todo mi amor a la gran causa», o echa pestes de dos novelitas cortas escritas cuando era estudiante: «Soy un escolar peregrino, un alma solitaria» y «Los que aman el sol».
Y, sobre todo, desenmascaran a un tipo que jamás pintó nada en las grandes decisiones del Reich (de hecho nadie pintaba, Hitler se lo guisaba y comía el solito), pero que fue capaz de inventarse una genial película de su vida. Un criminal al que sus camaradas tomaban por el pito del sereno. Cuando Hitler se suicidó en el Führerbunker, el espejito de Goebbels también se hizo añicos. Para paz y sosiego de los hombres de bien.















miércoles, 10 de octubre de 2012

Pero, ¿quién gritó: 'Tierra a la vistaaa...'?

 
Colón muestra sus teorías a Fray Pérez', obra de Eduardo Cano de la Peña.

Un estudio realizado por los historiadores Guadalupe Fernández Morente e Ignacio Fernández Vial pone en serias dudas que el primer europeo que vio tierras americanas fuese el lepero Rodrigo Pérez de Acevedo -Rodrigo de Triana-, para documentar que fue realmente otro onubense, Pedro de Lope.
De Lope era natural de La Redondela (Huelva), con una mención mínima, pero "muy importante" en el estudio 'Los marinos descubridores onubenses'. En él se remite a dos historiadores españoles del siglo XVI, Gonzalo Fernández de Oviedo y Francisco López de Gomara, que señalaron en su época que "un marinero de Lepe fue el primer hombre de la flotilla de Colón y los Pinzones en divisar tierras americanas", añadiendo el primero de ellos, que él lo escribe así porque "lo dijeron dos tripulantes: Vicente Yáñez Pinzón y Hernández Pérez Mateos".
Pero la investigación va más allá, y se apoya en Alice B.Gould (1868-1953), una estadounidense que sostuvo que "solamente un vecino de Lepe fue tripulante de la armada de Colón, concretamente fue de marinero en la nao Santa María y se llamaba Pedro Izquierdo", y de él sabemos que no regresó jamás a España, pues fue uno de los que se quedaron y murieron en el Fuerte de la Navidad en la Isla Española".
Quedaría así descartada la opción de Rodrigo Pérez de Acevedo -Rodrigo de Triana-, ya que éste volvió a España y terminó su vida en África, aunque el libro se detiene en la carabela Pinta, donde "navegaba otro vecino, pero no de Lepe, sino de La Redondela, pueblo dependiente en el ajetrear diario de sus hombres de mar de la primera de la villas, por lo que en la jerga marinera se le conocía como leperos".
Se cita así a Pedro de Lepe, cuyo apellido era Lope pero se conocía así en jerga marinera, el único marinero del entorno más cercano a Lepe que viajó con Colón en 1492, ya que queda más lejos geográficamente el ayamontino Rodrigo de Jerez, para citar, por último, a los escritos de Oviedo y Gomara, que sostienen que "él tuvo que ser, y no otro, pues (...) no había más leperos a bordo, el hombre que primero vio tierra americana".
Para Salvador Gómez, alcalde de La Redondela, este estudio es concluyente para apoyar la tesis de que fue un vecino de su pueblo, de 1.700 habitantes, el primero que vio la tierra americana, un hombre del que, por cierto, no existen demasiados datos biográficos, aunque llevan su nombre el colegio público y una de sus calles.

Caral: la civilización de la paz

María Verza. México DF http://www.elmundo.es/elmundo/

Cuando se estaban construyendo las pirámides de Egipto, cuando se desarrollaba la civilización china, la sumeria o la india, hace 5.000 años, surgía en un páramo desértico de las estribaciones de los Andes peruanos la civilización más antigua de América: Caral. Este pueblo conocía la genética, la predicción climática, la ingeniería antisísmica y, a diferencia de las civilizaciones contemporáneas del 'viejo mundo', no hacía la guerra, simplemente comerciaba y disfrutaba de la vida.
En 1994, la arqueóloga peruana Ruth Shady descubrió este sitio arqueológico, 180 kilómetros al norte de Lima y declarado por la UNESCO en 2009 Patrimonio de la Humanidad. Este lugar de aspecto lunar en la costa peruana es todavía un gran desconocido para el público no especializado fuera de su país. Sin embargo, rompió muchos paradigmas.
"En América también hubo capacidad de crear civilizaciones, como en el viejo continente, no íbamos rezagados y eso es todo un símbolo para afianzar nuestra identidad cultural y para reflexionar sobre el ser humano", enfatiza Shady a su paso por México, donde fue invitada esta semana a dar varias conferencias.
Pero, además, un distintivo de Caral es que no se encontraron vestigios de guerra o conflictos, un factor que los científicos consideraban la causa más probable del origen de las civilizaciones.
"Buscábamos armas, que era lo habitual y encontramos... ¡flautas hechas de huesos de cóndor y cornetas!", afirma.
Era una sociedad muy organizada y con un gran desarrollo de la sociedad civil. "No tenían ningún interés por la guerra y sí una visión mucho más armoniosa de la vida que la que tiene la sociedad actual, tal vez porque observaron el espacio sideral y vieron que la Tierra era un punto en el universo", comenta la investigadora en entrevista con ELMUNDO.es.
La civilización Caral, cuya antigüedad han confirmado 130 dataciones por carbono 14, perduró durante un milenio y se desarrolló en un terreno hostil que supo adaptar a sus necesidades, con ríos que la rodeaban y el Pacífico a poco más de 20 kilómetros. Sus habitantes vivían del comercio (conectaron la costa con la selva y la sierra) y se dedicaban al conocimiento y a la producción de tecnología que mejorara la calidad de vida de la sociedad.
Su principal fuente de proteínas era el pescado pero también cultivaban patatas, utilizaban la lana y la alpaca, usaban drogas no sólo con fines medicinales, les preocupaba el arte y tenían un fuerte sentimiento religioso en el que el fuego y la música eran dos elementos clave.
"El estado cumplía la función de administrador del agua y había especialistas a tiempo completo en funciones que no eran de producción", como la observación del universo, la predicción del clima o la ingeniería.
En casi dos décadas de trabajo de Shady y su equipo multidisciplinar -que comenzaron casi en medio de la incredulidad, con el Ejército peruano sacando la tierra a cubos bajo un sol matador- se ha desenterrado una de las pirámides más grandes del mundo, construcción principal de la conocida como 'ciudad sagrada', una enorme plaza pública, anfiteatros y varios centros urbanos levantados en torno a la ciudad central.
Entre los hallazgos más sorprendentes, la arqueóloga destaca la construcción de edificios públicos con plataformas escalonadas donde pusieron bolsas de fibra resistente llenas de piedras para que, ante un terremoto, la fuerza del sismo se repartiera. "Hemos tardado 5.000 años en llegar al mismo conocimiento, de hecho investigadores japoneses vinieron a Perú después del gran terremoto de hace año y medio a analizar esas bolsas".
Otro logro fue el algodón de colores. "Caral había logrado semillas de algodón natural pero rojo, marrón o beige por las que ahora se interesan muchas compañías".
Pasados mil años de paz y prosperidad, las ciudades fueron enterradas y abandonadas. "Todavía no sabemos muy bien el porqué pero creemos que los motivos fueron cambios climáticos muy fuertes, primero terremotos, luego aluviones, grandes lluvias y finalmente una sequía muy prolongada de 60 a 130 años". Un ciclo similar, dice, al que parece que se está viviendo en la actualidad.
Entre las muchas cosas que quedan por averiguar, la arqueóloga destaca las relaciones que pudo tener Caral con civilizaciones posteriores como los incas o los olmecas, o traducir el 'quipu' encontrado, un sistema de cuerdas anudadas con el que se registraba la información y que todavía no ha sido descifrado. Otra asignatura pendiente es la divulgación, sobre todo fuera de Perú, de todos los resultados de la excavación, bien a través exposiciones o de conferencias.
"La arqueología no se queda en el pasado, la arqueología tiene que vincularse con el presente y eso es lo que nosotros tratamos que hacer, provocar reflexión", señala Shady. Y su lección es clara: tenemos mucho que aprender de la primera civilización que vio la luz en América.



martes, 18 de septiembre de 2012

Los neandertales usaban plumas para ponerse guapos

Restos de un neandertal del yacimiento murciano de la Cueva Negra. | EM
 
http://www.elmundo.es/elmundo/
Madrid, 17/09/2012

Un estudio internacional en el que ha participado el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha descubierto que los neandertales empleaban las alas de aves rapaces y córvidos para fines no alimenticios. Los investigadores creen que esta especie pudo haber usado las grandes plumas de estos animales como ornamentación, teoría que destierra la idea de que no poseían pensamiento simbólico y los acerca aún más al 'Homo sapiens'. Los resultados serán publicados en el próximo número de la revista 'PLoS ONE'.
Los resultados de este trabajo se basan en el estudio de los restos óseos de 21 especies de rapaces y córvidos encontrados en tres cuevas en Gibraltar. Los análisis indican que de 124 individuos, al menos 18 presentaban marcas de herramientas neandertales e incluso de dientes en las alas. "Estas extremidades están destinadas a funciones de vuelo, son muy ligeras y apenas tienen carne, por lo que creemos que no tenían un fin alimenticio, sino que empleaban las enormes plumas como ornamentación, tal y como siguen haciendo muchos pueblos indígenas en la actualidad", explica el investigador del CSIC Juan José Negro, de la Estación Biológica de Doñana.
Los fósiles de Gibraltar proceden de diferentes estratos arqueológicos que abarcan miles de años y han sido comparados con datos de otros 1.700 yacimientos de Eurasia procedentes del Pleistoceno. Los resultados confirman que la manipulación de plumas por parte de los neandertales era una práctica extendida que, por ser las muestras más antiguas anteriores a la llegada del Homo sapiens a Gibraltar, no pudo ser una pauta aprendida de estos.
"La ausencia de arte rupestre realizado por neandertales no significa que su capacidad cognitiva fuera inferior a la de nuestros antepasados. Simplemente empleaban otro tipo de materiales para expresar su pensamiento cognitivo, como las plumas", añade el investigador del CSIC.
Según este estudio, los neandertales mostraban predilección por las aves planeadoras con grandes plumas de color oscuro, como el quebrantahuesos, el buitre leonado, el milano real y el águila real, entre otras. Como posible causa de la elección de estas aves y no otras, los investigadores apuntan al hecho de que gran parte de las aves encontradas formaban parte de la vida diaria de los neandertales: eran carroñeras y rapaces, moradoras de acantilados escarpados cercanos a sus abrigos y cuevas.
"Las plumas son objetos muy ligeros, aportan belleza y volumen. Fueron seleccionadas en la naturaleza, además de para permitir el vuelo, como ornamento en las aves, por lo que es lógico pensar que los neandertales hicieran lo mismo", concluye Negro.

lunes, 16 de abril de 2012

Me salvé asido a un trozo de proa

Ilustración de la explosión de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes (1804), hundida por los ingleses. / LIBRO HISTORIA DE LA MARINA REAL ESPAÑOLA

http://cultura.elpais.com/cultura/ Tereixa Consteila, Madrid, 3/2/2012

Durante dos horas y cuarto, Pedro Afán de Ribera permaneció en el agua sobrecogido, aferrado a un trozo de la proa con el único brazo posible, el izquierdo, tras haber perdido el derecho en la explosión de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. El navío acababa de irse a pique con un tesoro de vidas (se salvaron apenas medio centenar de sus casi 300 tripulantes y pasajeros) y haciendas, incluido medio millón de monedas de oro y plata que dos siglos después extraería del fondo del mar una empresa de cazatesoros llamada Odyssey.
Pedro Afán de Ribera ignoraba aún que era el único oficial que había sobrevivido a la voladura de la fragata. Pero en esas horas aciagas del 5 de octubre de 1804, mientras continuaba el combate entre cuatro embarcaciones inglesas y la disminuida escuadra española frente al cabo de Santa María, a la altura de la costa del Algarve, cuando ya avistaban la sierra portuguesa de Monchique, el teniente de navío Pedro Afán de Ribera solo debió pensar que su vida se había acabado.

La cruda crónica de lo ocurrido fue firmada por el propio Pedro Afán de Ribera en una carta al rey Carlos IV, mediante la que solicitó un ascenso que le permitiese pasar sus últimos años con cierta dignidad tras el desastre que le había arruinado, física y económicamente. El documento, junto a los usados en este artículo, se conserva en el Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán y es una de esas joyas testimoniales que ha salido a flote gracias al pleito entre España y Odyssey por la propiedad de La Mercedes.

Como en todas las tragedias, el azar había repartido cartas marcadas. Afán de Ribera, embarcado hasta entonces en otra fragata, recibió la orden de transbordar a La Mercedes para la travesía que zarpó de Perú con “caudales” de la Hacienda real y particulares. Godoy había recomendado fletar una flota de guerra al ministro de Marina, Domingo de Grandallana, en septiembre de 1802 dada la inseguridad en la navegación, con Inglaterra al acecho. Un sabio consejo, que resultaría insuficiente: los ingleses apresaron las fragatas Fama, Clara y Medea y volaron La Mercedes.
“Solo tuvo la fortuna de salvarse milagrosamente el suplicante de la primera”, escribe el oficial Afán de Ribera, que relata su tragedia en tercera persona, “y como 48 hombres de la segunda, habiendo estado debajo del agua con parte de la artillería del castillo (cuyo puesto cubría) y otros fragmentos sobre sí (...) y después asiendo un trozo de la proa, se sostuvo sobre él como dos horas y cuarto, hasta que finalizado el combate, lo recogieron, habiendo padecido extraordinariamente, de cuyas resultas ha quedado cojo con parte del pie izquierdo menos, manco del brazo derecho por la clavícula, con un afecto al pecho continuado, y en general toda su máquina trastornada”.
El teniente suplica al monarca un ascenso a capitán de fragata para elevar su “retiro” y compensar la pérdida de sus ahorros (“se halla en una indigencia tal que le han cubierto las carnes sus compañeros de limosna”, se conduele) y un traslado a Montevideo por beneficiarle para sus achaques. Carlos IV accede a ambas peticiones el 23 de junio de 1805.
No fue el único testimonio de la batalla. Miguel de Zapiaín, a bordo de la Fama, aportó una minuciosa reconstrucción. A las 6.30 los españoles habían divisado cuatro navíos ingleses y habían mantenido el rumbo “con una confianza que daba conocer la ninguna sospecha que tenía nuestro general de un rompimiento de guerra con la Inglaterra”. Pero a las 7.30 se toca a zafarrancho. Las fragatas inglesas se sitúan estratégicamente, a barlovento de las españolas, a una “distancia de algo menos de medio tiro de cañón” (unos 50 metros). “El comodore inglés envió un oficial a bordo de la Medea, cinco minutos después tiró el mismo comodore un cañonazo con bala que pasó entre la Clara y La Mercedes, a los 15 minutos tiró otro cañonazo sin bala llamando según comprendimos a su bote”.
En ese tiempo, prosigue el relato, La Mercedes se había “sotaventeado bastante”, lo que hizo sospechar a los ingleses que pretendía huir. Poco después de las 9.30, tras el regreso del bote inglés a su fragata, los ingleses abrieron fuego. “La primera descarga nos hizo mucho daño (...) sin embargo ya habíamos contado con la primera descarga cuando de repente oímos una fuerte explosión. Creímos un instante que había sido la Medea, pero poco después conocimos que había sido La Mercedes”. No tardaron en arriarse las banderas españolas en dos fragatas. La tercera, Fama, trató de defenderse y huir a pesar de los daños y las bajas. “Seguimos el fuego esperando zafarnos de un enemigo bien superior a nosotros y de quien nos hubiéramos burlado si después de la rendición de nuestros buques no se hubiese destacado otra fragata inglesa que nos alcanzó a la hora y media”. Fama aún combatió hasta pasado el mediodía, cuando arrió la bandera y pudo contar sus bajas: 11 muertos, 40 heridos, cinco pies de agua en la bodega y timón y piezas auxiliares rotas. Un amargo anticipo de lo que aguardaba un año después: Trafalgar.
El ataque inglés le sorprendió en el castillo de la cubierta pasadas las 9.30. Un solo cañonazo. Certero. En la diana: el corazón de la santabárbara, el lugar donde se depositaba la pólvora del barco. La Mercedes voló por los aires sin que sus 34 cañones hubieran siquiera abierto fuego.