domingo, 24 de octubre de 2010

El bulo (mundial) del Caudillo se desvanece

El general Franco y Adolfo Hitler durante su entrevista en Hendaya, en 1940.
LUDGER MEES 24/10/2010 http://www.elpais.com/
Ayer, 23 de octubre, se cumplió el 70º aniversario de la famosa reunión celebrada entre Franco y Hitler en la estación fronteriza de Hendaya. Fue la única ocasión en la que el Caudillo vio personalmente al Führer para poder agradecerle efusivamente la ayuda prestada por el dictador alemán durante la Guerra Civil. La reunión -incluida una cena de gala- duró nueve horas y su único resultado tangible fue un protocolo secreto redactado por los alemanes y acordado con los Gobiernos italiano y español en el que España se comprometió a intervenir en la guerra contra Inglaterra después de haber sido provista de la "ayuda militar necesaria para su preparación militar". Como contrapartida, Alemania facilitaría ayuda económica, alimentos y materias primas al régimen español, autorizando la "reincorporación de Gibraltar" a España y compensando el esfuerzo bélico del país con la cesión de unos "territorios en África" sin determinar.
Pocos años después comenzó la construcción de la leyenda de Hendaya por parte de los dirigentes del régimen y sus hagiógrafos, una leyenda que se iba convirtiendo en un pilar esencial del mito fundacional del franquismo. Según esta leyenda, fue la astucia de Franco la que le permitió resistir ante las presiones del dictador alemán para que España entrara en la guerra al lado del Eje. Haciendo gala de una hábil prudencia, el Caudillo supo parar las pretensiones del Führer y así salvaguardar la libertad de su país e impedir la catástrofe que hubiera supuesto un nuevo compromiso bélico. La construcción de esta leyenda se culminó con un éxito notable, pues todavía hoy día, y pese a las aplastantes pruebas aportadas por los historiadores en sentido contrario, la idea de que, gracias a una jugada táctica genial, Franco sacó a España de la II Guerra Mundial, es casi vox pópuli. Una parte no insustancial de este éxito se debe a las potencias occidentales a cuyos Gobiernos, en tiempos de la guerra fría, esta leyenda vino bien para justificar la incorporación de la dictadura franquista como nuevo aliado en el frente anticomunista, en lugar de eliminar este vestigio obsoleto del pasado fascista.
Sin embargo, 70 años después ya no puede haber lugar a la mitificación de aquel encuentro. Gracias a las investigaciones de varios historiadores, sabemos bastante bien lo que ocurrió antes, en y después de Hendaya, aunque una parte de las fuentes de la parte alemana se hayan perdido. El resultado no tiene mucho que ver con lo que cuenta la leyenda.
La correspondencia cruzada entre el Caudillo y Serrano Súñer, cuando el ministro de Gobernación y poco después ministro de Asuntos Exteriores se encontraba en Berlín para hablar con Von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores alemán, y con el mismo Hitler, no corrobora la imagen del cuñadísimo como ferviente defensor del compromiso militar de España y Franco como freno de estas pretensiones. Al contrario, en las cuatro reuniones de septiembre Von Ribbentrop trató a Serrano de forma bastante despectiva, pues no comprendía por qué el español se negaba a ceder una de las islas Canarias para el uso de la Marina alemana, cuando, según el mandatario nazi, Franco debía su triunfo en la Guerra Civil a la ayuda alemana. El español se sentía ofendido en su orgullo, pero recibía de su jefe respuestas e interpretaciones mucho más positivas que confiaban en la buena voluntad de Hitler y su supuesta comprensión de las posturas españolas, achacando los problemas a la exagerada autoestima y el deseo de protagonismo de Von Ribbentrop. En todo caso, el hecho de sentirse tratado más como un Gobierno satélite que como un potencial aliado militar contribuyó a temperar la desbordante germanofilia de Serrano Súñer, lo que también le hizo ver una hipotética entrada en la guerra con otros ojos.
Antes de llegar a Hendaya, Hitler ya había sacado la conclusión de que en ese momento la entrada de España en la guerra habría sido más un lastre que una ventaja para los intereses del Eje. Por una parte, conocía los categóricos informes de los responsables de la Wehrmacht, que constataron que Franco no poseía nada semejante a un ejército operativo y eficaz, y que cambiar esa situación requería de un costoso esfuerzo previo de rearme. Por otra parte, los bombardeos de ciudades inglesas no estaban surtiendo el efecto deseado, de manera que se imponía la impresión de que la guerra contra el único enemigo en Europa que todavía se resistía a la hegemonía alemana iba a durar más de lo estipulado. Para ello, y eso fue el tercer y decisivo argumento, Hitler necesitaba construir una amplia entente antibritánica, en la cual la Francia de Vichy estaba llamada a desempeñar un papel importante, sobre todo para cubrir el flanco africano contra los británicos y sus aliados de la Francia libre liderada por De Gaulle. Y el mariscal Pétain, presidente de la Francia colaboracionista, quiso demostrar que la confianza que Hitler depositaba en él y su régimen estaba justificada: en septiembre, las tropas de Vichy rechazaron un intento de ocupar Dakar por parte de los británicos y franceses de De Gaulle. Hitler estaba convencido, por tanto, de que si cedía ante las exigencias de Franco pagándole su entrada en la guerra con el traspaso -una vez ganada la guerra- de territorios hasta entonces franceses en África, esta concesión iba a provocar la masiva deserción de las tropas francesas en aquellos territorios coloniales y el inevitable avance de los británicos. Mussolini compartía totalmente esta valoración.
En Hendaya no hubo, por tanto, ninguna presión directa con el fin de forzar a Franco a entrar en la guerra. Hitler entendía el viaje más bien como un viaje de exploración, cuyo objetivo era el de mediar y consensuar los diferentes intereses defendidos por sus aliados en el bando antibritánico. Su mensaje era claro: todo lo que obstaculiza la consecución y puesta en práctica de esta entente bajo la hegemonía de Alemania perjudicaba a la guerra y retrasaba la victoria final. De ahí también el tremendo enfado del Führer al salir de su reunión con Franco -a Mussolini le dijo que prefería que le sacaran tres muelas antes de tener que estar otra vez nueve horas con Franco-. ¿Cómo podía un don nadie, que le debía a él su puesto, insistir en unas reivindicaciones territoriales a sabiendas de que la realización de las mismas tenía necesariamente que resquebrajar la alianza con Vichy y, por consiguiente, ayudar al enemigo?
Paul Preston está en lo cierto cuando afirma que si la España franquista no entró en la guerra, no fue el resultado de ninguna genial estrategia para evitarlo: quedó fuera porque Franco tuvo suerte. Suerte porque en septiembre y octubre de 1940 Hitler, todavía en la cúspide de su poder pero inquieto porque Inglaterra se le estaba resistiendo, estaba convencido de que Pétain le ofrecía mucho más que Franco. No es posible saberlo hoy, pero no es nada descabellada la hipótesis de que si el asalto británico a Dakar se hubiera saldado con éxito, y si, debido a ello, Pétain no hubiera tenido la oportunidad de lucirse y hacer subir sus acciones en la bolsa del poder nacionalsocialista, Hitler habría estado más receptivo ante las reivindicaciones territoriales del Caudillo. Así, una vez satisfecho su sueño de grandeza africanista, el Caudillo habría conseguido el botín que buscaba como recompensa para la entrada en la guerra. Sin embargo, la suerte redujo su participación militar activa al envío de los casi 50.000 soldados de la División Azul con el uniforme de la Wehrmacht al frente del Este.

jueves, 7 de octubre de 2010

Orgías en la corte de Guillermo II

ABS.es EFE / BERLÍN 21/09/2010
Un paquete de cartas anónimas ha sacado a la luz un gran escándalo de orgías y duelos a muerte en la puritana corte del emperador Guillermo II de Alemania, que intervino personalmente para tratar de atajarlo.
«Escándalo en el pabellón de caza de Grunewald: masculinidad y honor en el imperio alemán» es el título del libro que acaba de publicar el historiador Wolfgang Wippermann, en el que revela con todo lujo de detalles el desarrollo de una fiesta de la nobleza que degeneró en una sonada orgía.
Un total de quince miembros de la corte del rey prusiano -9 de ellos hombres y 6 mujeres- participaron en el encuentro sexual una noche de enero de 1891 en el más antiguo palacio berlinés que se conserva, tras una jornada de caza en los bosques de Grunewald, según se desprende de las 246 cartas anónimas estudiadas por Wippermann.
Éstas revelan que en el selecto grupo figuraba la propia hermana mayor del emperador, pero también el maestro de ceremonias imperial, Leberecht von Kotze, y el príncipe Federico Carlos de Hesse, marido de otra de las hermanas del monarca, así como otros príncipes, duques y duquesas, condes y condesas, muchos amigos íntimos de Guillermo II.
El escándalo se extendió a lo largo de cinco años, el tiempo en el que fueron enviadas las cartas anónimas, muchas ilustradas con fotografías pornográficas en las que se recortaron las caras de sus protagonistas para ser sustituidas por los nombres de las personas que participaron en la orgía de sangre azul.
Las misivas revelan además la práctica de actos sexuales rechazados e incluso prohibidos por la ley en la estricta y puritana sociedad prusiana de la época, como las relaciones homosexuales entre hombres o mujeres o el adulterio.
Llamativas revelaciones
Descubiertos en el histórico y policial Archivo Secreto Prusiano, en el barrio berlinés de Dahlem, los anónimos revelan que Alide von Schrader, esposa del maestro de ceremonias, mantuvo en la cita prácticas lesbianas, mientras que el príncipe Aribert von Anhalt practicó sexo anal con otro de los invitados.
Las cartas se ceban especialmente con el conde de la familia Hohenzollern Friedrich von Hohenau, amigo íntimo del emperador, y su esposa Charlotte, el primero por su notoria homosexualidad y la segunda por acumular amantes como el que llegara a ser primer ministro del Reich Max von Baden, o Herbert von Bismark, hijo mayor del Canciller de Hierro.
Pero también con el cuñado del emperador Ernst Günther, famoso por sus visitas sistemáticas a los mas lujosos burdeles berlineses, al que en las misivas se cita por su apodo más famoso, el de Herzog Rammler», que traducido libremente vendría a ser en castellano el «duque fornicador».
Impulsado por el estricto código de honor y masculinidad que regía en la época, el escándalo, que llegó a trascender a la opinión pública, tuvo un final sangriento con la celebración de duelos a pistola con varios heridos, aunque con una sola muerte, en la búsqueda del autor de los anónimos.
Esta fue la del príncipe von Schrader, que fue abatido al amanecer por Leberecht von Kotze -ambos participantes en la orgía-, en un llamado duelo de barrera, en el que los contrincantes pueden dispararse sin cesar mientras caminan para encontrarse. Los distintos duelos consecuencia de la orgía fueron incluso fomentados por el propio emperador en su celo por la salvaguardia del honor prusiano, aunque el escándalo condujo poco después a que ese tipo de enfrentamientos entre nobles acabaran siendo prohibidos por ley por el Reichstag, el Parlamento germano.
Lo que el historiador Wippermann no ha podido desvelar con absoluta seguridad la autoría de los más de dos centenares de cartas anónimas, todas de la misma mano, que desencadenaron el escándalo. Wippermann sospecha, sin embargo, y espera que un estudio grafológico lo confirme, que la autora de las cartas fue Charlotte, la hermana mayor del emperador, quien se supone fue la organizadora de la cita y a quien su propia madre tachaba de «malvada».
Fallecida en 1919 en el balneario de Baden-Baden, donde recibió tratamiento psiquiátrico, la princesa Charlotte von Hohenzollern era al parecer, según los historiadores, una reina de «la conspiración y el cotilleo».

domingo, 3 de octubre de 2010

La hora terrible de los vencidos

Expulsados de la región de los Sudetes como consecuencia de la represión aliada tras la derrota alemana.- GALAXIA GUTENBERG
Giles MacDonogh, fotografiado ayer en Barcelona.

JACINTO ANTÓN 02/10/2010 http://www.elpais.com/diario/

Vae Victis! ¡Ay de los vencidos! A ningún pueblo como al alemán al acabar en 1945 la II Guerra Mundial se le puede aplicar tan precisamente la frase de Breno, el caudillo galo que justificó con el peso de su espada la falta de contemplaciones con los romanos derrotados. La vida se convirtió en un infierno para muchísimos alemanes, cuando buena parte del mundo se felicitaba por el fin de la contienda más atroz jamás librada. La historia de los terribles padecimientos de los grandes perdedores de la guerra ha pasado en buena parte inadvertida no solo porque el castigo y la venganza de los enemigos parecían consecuencia lógica, y hasta justa, de los pecados del III Reich, sino porque los propios alemanes afrontaron a menudo esos sufrimientos con sentimiento de culpa. De todos esos sufrimientos escribe el historiador británico Giles MacDonogh (Londres, 1955) en su impresionante ensayo Después del Reich, crimen y castigo en la posguerra alemana (Galaxia Gutenberg).
Los aliados llegaron acompañados por el odio y las poblaciones sometidas por los nazis se cobraron las cuentas en horrenda moneda de sangre. Los vencidos fueron internados en campos de concentración -a menudo en los propios lager nazis- en condiciones atroces, deportados, sometidos a marchas de la muerte y sevicias sin cuento, a torturas dignas de los peores especialistas de la Gestapo; fueron masacrados, violados, humillados hasta límites inverosímiles. En Praga, por poner solo un ejemplo, hubo una quema de alemanes colgados en fila de las farolas, como antorchas vivientes: la mayoría eran miembros de las SS, pero los checos no eran muy meticulosos al diferenciar los uniformes e insignias y también incineraron vivos a soldados de la Wehrmacht.
La noche del 5 de mayo de 1945 hombres, mujeres y niños alemanes refugiados en una escuela fueron sacados al patio de diez en diez y fusilados; los supervivientes hubieron de desnudar y enterrar los cadáveres, protagonizando escenas que no hubieran desentonado en Babi Yar. En la Könisberg sometida a la ocupación brutal de los rusos la hambruna provocó casos de canibalismo dignos del Leningrado sitiado. El general estadounidense Lucius Clay, de la comisión de Control de los Aliados, reconoció el uso sistemático de torturas a alemanes sospechosos, algunas inspiradas en las que empleaban las SS en Dachau: "Por desgracia, en el ardor de los momentos posteriores a la guerra recurrimos, para obtener pruebas, a medidas que no habríamos utilizado una vez extinguido dicho ardor".
En su pormenorizado y conmovedor viaje a la experiencia alemana de la derrota, MacDonogh combina las estadísticas -más de tres millones de alemanes muertos después de que acabara oficialmente la guerra, 16.500.000 civiles expulsados de sus hogares, 200.000 niños nacidos en 1946 fruto de las violaciones- con entrevistas realizadas a testigos de los hechos.
MacDonogh, un hombre tranquilo con ese extraordinario sentido de la anécdota relevante que tienen los buenos historiadores británicos para amenizar y humanizar sus trabajos, llegó al tema como desarrollo natural de un libro sobre Prusia en el que ya abordó las consecuencias de la derrota de 1945. Su abuelo era un judío austriaco, su familia tuvo que huir del país y pagó tributo de dolor en los campos de exterminio.
Para el historiador, "incluso el castigo legal de los alemanes resultó muy imperfecto e injusto, algo lógico cuando se piensa que en los juicios de Nurenberg uno de los jueces no era ni siquiera jurista sino un general ruso que acusaba a los alemanes de la matanza de Katyn y que los bombardeos aliados de civiles alemanes no fueron siquiera mencionados". Los colectivos alemanes que más sufrieron fueron los del Este, los de los sudetes, los de Yugoslavia... "Si eras un nazi que vivía en Suabia no padecías tanto como un no nazi de Prusia oriental". En cuanto a los prisioneros, "en Yugoslavia los mataron a casi todos, en Polonia y en Rusia los esclavizaron, los franceses se vengaron en ellos y en los campos en EE UU murieron 100.000".
Del peligro de que su libro pueda ser usado para llevar agua al molino de la ultraderecha reconoce que en efecto existe: "Esa es la razón de por qué obras así no gustan en Alemania: parece que relativicen la culpa y alivien la responsabilidad de los alemanes por los actos que cometieron. Pero eso no debe detener al historiador, so pena de ignorar injustificablemente un período de la historia".

domingo, 26 de septiembre de 2010

La rebelde que huía de Jaime I

Trabajos de recuperación de los huesos de mujer hallados en un acantilado del término de Artà, en Mallorca.- MATEU RIERA

ANDREU MANRESA 24/09/2010 http://www.elpais.com/

Primero aparecieron las llaves de forja de tres casas del siglo XIII ocultas en una cueva abierta en los montes de Ferrutx y ahora ha sido hallado el cadáver de una de las propietarias, una mujer rebelde, una habitante bereber de Mallorca que en marzo de 1230 intentó huir con un grupo de payeses sarracenos de las huestes colonizadoras catalano aragonesas del monarca Jaume I, llamado el conquistador.
"Se ha confirmado un caso final de la conquista de Mallorca, narrado por el rey en su crónica El llibre dels fets. Excepcionalmente excavamos un episodio concreto, que es real. Los hechos son ciertos y los hallazgos documentan lo escrito", observa el historiador Miquel Barceló que con Mateu Riera y Helena Kirchner dirige la campaña de investigación que se realiza desde 2009 en un acantilado del término de Artà (el Iraten de los bereberes). Mallorca era una isla oriental de Al Andalus.
Aquel refugio, una bauma, no fue vulnerado por otros humanos desde el siglo XIII hasta que los montañeros de los bomberos de Mallorca detectaron restos cerámicos. "Todo allí quedó intacto desde aquel día de noche llena de marzo de 1230 en que los payeses fueron capturados. Nadie regresó a buscar las llaves o el cuerpo. Los payeses que se refugiaron en la cueva no sabían que su isla había sido invadida y la capital (Medina Mayurka, Palma) tomada tres meses atrás. No pensaron en que se convertirían en cautivos, derrotados, por eso viajaban con las llaves", agrega Barceló.
Los historiadores, con la ayuda de escaladores, han rastreado y excavado el refugio de tan difícil acceso y han profundizado en el examen de los restos del ajuar doméstico y de comida (granos, almejas, erizos de mar, espinas, huesos de conejo de la última comida preparada en un horno- tinaja). Los trabajos se centrarán ahora en los aspectos antropológicos del cuerpo hallado.
Los restos de una mujer que nació al estrenarse el segundo siglo del primer milenio -posiblemente tendría entre 20 y 40 años al morir en su refugio-, han sido hallados este mes de septiembre en un enterramiento musulmán entre rocas, a pocos metros de donde aparecieron las tres llaves, que han sido restauradas. La mujer estaba oculta en la montaña con dos decenas más de los que eran habitantes de Mallorca. El cuerpo estaba enterrado de lado y orientado hacia el sureste hacia la Meca en un acantilado.
El rey Jaume I encomendó la captura de los últimos rebeldes a un caballero especialista en desalojos y acciones complejas, el aragonés Pere Maça -retratado en murales bélicos del MNAC en Barcelona las tropas de los caballeros y magnates de Medina Mayurka. Maça reclamó tiradores de ballesta, picadores y lanceros. Los payeses en fuga de la Mallorca musulmana buscaron un entorno montañoso y litoral donde, precisamente, el pintor Miquel Barceló tiene su casa y estudio en el pabellón de caza del rey Sanxo. En aquella zona se capturaron hasta 2000 musulmanes que los catalano aragonoses esclavizaron. En dos generaciones no quedó rastro ni habitante de Al-Andalus mallorquín.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Hallan en Gran Bretaña herramientas de los primeros habitantes del norte de Europa

ELMUNDO.es 08/07/2010

El primer asentamiento de homínidos en el norte de Europa se produjo en la costa este de Gran Bretaña y 100.000 años antes de lo que se pensaba, según publica la revista científica Nature esta semana.
La investigación, llevada a cabo por un equipo de arqueólogos y científicos de varias universidades británicas junto al Natural History Museum y el British Museum de Londres, data las herramientas de sílex encontradas en la costa este de Gran Bretaña en más de 800.000 años. Estas 70 herramientas pertenecerían a los primeros homínidos asentados en el norte de Europa, con anterioridad a los restos más antiguos conocidos hasta el momento, que se habían encontrado en las áreas de los Pirineos y los Alpes.
La presencia de homínidos en las islas británicas hasta ahora databan de hace 500.000 años 'sólamente'. Sin embargo, el descubrimiento de las excavaciones de Happisburgh, en la costa este de la región de Anglia (Reino Unido), confirma la llegada de homínidos en la isla mucho antes, hace unos 800.000 años, durante un breve periodo de cambio de temperaturas parecido al clima Mediterráneo hoy en día.
Las 70 herramientas de sílex encontradas son las primeras muestras de presencia continuada de homínidos en los límites de bosque boreal de Eurasia durante el Pleistoceno temprano. La duras condiciones de vida en esas frías latitudes, con pocas horas de sol y esasa presencia de animales para alimentarse, demuestra la capacidad de adaptación a las diferencias climáticas de nuestros predecesores.
Los homínidos que fabricaron estas herramientas encontradas en Happisburgh podrían estar emparentados con sus coetáneos ibéricos de Atapuerca, España, pertenecientes a la especie 'Homo antecessor', con una fisiología facial bastante similar al 'Homo Sapiens'.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Adolf Hitler no fue un héroe en la Primera Guera Mundial

EFE / LONDRES. 18/08/2010 ABC.es

Adolf Hitler no fue un héroe en la I Guerra Mundial, ya que siempre estuvo alejado del frente de batalla, y el antisemitismo y radicalización que le llevaron al poder años después no nacieron a raíz de la dolorosa derrota en la contienda.
Así lo afirma el historiador de la Universidad de Aberdeen (Escocia) Thomas Weber en su libro "La primera guerra de Hitler", en el que asegura que la trayectoria del dictador en la I Guerra Mundial fue una elaborada fabricación del régimen nazi. Weber basa su afirmación en nuevas cartas y documentos descubiertos en archivos alemanes, que sugieren que Hitler no sólo no fue un héroe en el campo de batalla, sino que sus compañeros se referían a él como "etappenschwein", "un cerdo de la retaguardia".
Hasta ahora, el consenso de los historiadores era que el joven Adolf Hitler se jugó la vida como portador de mensajes entre el mando y el frente de batalla, pero los papeles a los que ha tenido acceso Weber indican que era un mensajero de retaguardia y que siempre estuvo a más de 5 kilómetros de la primera línea. "La primera guerra de Hitler", que estará a la venta en el Reino Unido a partir del próximo 16 de septiembre, sostiene que el Partido Nazi invirtió tiempo y dinero para suprimir cualquier evidencia física de la auténtica historia del "Führer" durante la guerra, con el objetivo de convertirlo en un político popular.
"El mito de Hitler como soldado valiente y la camaradería que vivió en las trincheras fue algo que el Partido Nazi usó desde el principio para extender su influencia más allá de la extrema derecha", manifestó el historiador en un comunicado. Los nazis "hicieron todo lo posible para proteger esta idea", destacó Weber, quien aseguró tener constancia de que unas memorias escritas por uno de los compañeros de Hitler fueron significativamente alteradas tras su publicación en 1933.
Lo que los nazis consiguieron convertir en hecho histórico es que la I Guerra Mundial fue el caldo de cultivo político de Hitler, que se radicalizó por sus vivencias y su sentimiento de que Alemania fue humillada por los aliados con el Tratado de Versalles. Pero la realidad, según Weber, era que "la vida de Hitler durante la guerra era su auténtico talón de Aquiles" y que los nazis temieron durante mucho tiempo que su versión de los hechos se colapsara como un castillo de naipes si se conocía la versión de quienes estuvieron con él, o cerca de él, durante la contienda.
"Hitler era un elemento atípico en el regimiento al que pertenecía y realmente no sufrió una radicalización por la guerra", subrayó el historiador, convencido también de que si Hitler vio reconocido su esfuerzo militar con la Cruz de Hierro fue porque estaba muy bien conectado, y no porque fuera un soldado valiente.
Relato exagerado
Weber afirma también en su libro que Hitler exageró el relato acerca de que fue el único soldado de su regimiento que sobrevivió a una batalla contra fuerzas británicas de élite. El historiador fundamenta la gran parte de sus revelaciones en los archivos del 16 Regimiento de Reserva de la Infantería Bávara (RIR 16), que hasta ahora no habían sido catalogados ni utilizados por los estudiosos para indagar en la vida del "Führer".
Weber los encontró prácticamente intactos en el Archivo de Guerra de Baviera (Alemania), porque habían sido traspapelados e incluidos en el archivo general de la división a la que pertenecía el regimiento al que estaba adscrito Adolfo Hitler.
El historiador también compiló una lista de 59 judíos que formaron parte del mismo regimiento, logrando localizar a la familia de Hugo Gutmann, el oficial judío que propuso a Hitler para ser condecorado con la Cruz de Hierro en 1918. Igualmente, localizó a los familiares de Justin Fleischmann, un soldado judío cuyos diarios de guerra no reflejan en ningún momento que ya existiera un sentimiento antisemita en el regimiento o que los miembros del grupo se consideraran entonces nacionalsocialistas.
Es más, señala Weber, ni siquiera la mitad de los supervivientes del regimiento apoyaron políticamente a Hitler tras la guerra y en el año 1933 sólo el 2% de ellos era miembro del Partido Nazi. En este sentido, el libro revela que Hitler sólo acudió a una reunión de veteranos de su regimiento, en 1922, en la que fue "fríamente ninguneado", por lo que nunca regresó, ni siquiera en 1934 cuando ya estaba en el poder y sus compañeros se reunieron para conmemorar el 20 aniversario del inicio de la I Guerra Mundial.
"Nunca pensé que escribiría sobre Hitler, porque hay muchos libros sobre su vida, pero descubrí que casi no sabemos nada sobre Hitler y la I Guerra Mundial, y que prácticamente todo lo que sabemos se basa en 'Mein Kampf' o en la propaganda nazi", explicó. "Fue una sorpresa encontrar tanto material nuevo. Más del 70% de mi libro se basa en fuentes no utilizadas previamente", aseguró.

domingo, 15 de agosto de 2010

Pedro Bohórquez, ¿un Inca granadino?

Cerro de la Sal
Luis Conde- Salazar 11/08/2010. ABC.es

El 11 de agosto de 1657 un magnético pícaro granadino nacido en la aldea de Arabal en 1602 y probablemente de ascendencia morisca, fue proclamado «Inca del Tucumán» por el gobernador de aquella región, hoy en el norte de Argentina pero entonces perteneciente al Virreinato del Perú. Se llamaba Pedro Bohórquez, aunque casi con total seguridad su nombre verdadero fuera el de Pedro Chamijo. Por un tiempo también se hizo conocer como Francisco después de ser descubierto en uno de sus múltiples engaños, a los que no fueron ajenos durante más de cuarenta años virreyes, gobernadores, seglares, eclesiásticos y los propios indios pacciocas del Valle de Calchaquí, un reducto junto a los Andes que mantenía una cierta autonomía de la Corona española. Bohórquez, así lo llamaremos, perteneció a esa caterva de buscavidas que desembarcaron en la América colonial en pos de una fortuna y un éxito social que difícilmente encontrarían en la península, sobre todo teniendo en cuenta que aquel territorio, nuevo y lejano, era un campo abonado para la fabricación de sueños, mitos y utopías, que se desplazaban por la geografía continental e insular al ritmo de la imaginación de sus perseguidores. Sin duda El Dorado es el más conocido de esos mitos, pero hubo muchos otros, como las Siete Ciudades de Cíbola, la Ciudad de los Césares, el País del Gran Paitití... Precisamente el Gran Paitití tendría, como veremos, una atracción especial para Bohórquez, aventurero que un buen día decidió que a sus días les esperaban o la gloria o la horca. O una cosa u otra.
¿Cómo llegó a «coronarse» como inca (emperador) un hombre de familia humilde sin apenas formación académica ni castrense, que llegó a América con 18 años sin nada que llevarse a la boca? Más o menos, así fue: Bohórquez (todavía Chamijo) desembarcó en la localidad peruana de Pisco en 1620, pero en vista de que en aquella ciudad las oportunidades no eran muchas se dirigió a Quinga Tambo, donde contrajo matrimonio con Ana Bonilla, hija de zambo (mezcla de negro e indígena) e india, lo que le permitió vivir con cierta soltura entre dos mundos, aunque eso significara también ser un excluido de ambos. En 1628 tomó posesión de su cargo como virrey del Perú el conde de Chinchón y, justo a la vez, nuestro personaje comenzó a dar muestras de su talento para el embuste. Le faltaba todavía rodaje como buen falsario y fue «descubierto» por el virrey cuando trataba de colocarle una expedición a las fuentes del río Marañón o Amazonas, donde dijo se encontraba el Gran Paititi, un país en el que el oro y la plata brotaban poco menos que de los árboles.
El granadino huyó a Potosí y allí adquirió nueva identidad, haciéndose pasar por sobrino del clérigo Alonso Bohórquez, a quien consiguió engañar. En 1639 el virrey era ya el marqués de Mancera y este sí que cayó en la trampa: La expedición a las fuentes del Marañón se llevó a cabo con su autorización pero, claro, la cosa terminó mal y una vez más Pedro hubo de desprenderse de su identidad, para llamarse por un tiempo Francisco, justo el suficiente hasta que el conde de Salvatierra, nombrado virrey en 1647, sucumbiera a sus fabulaciones, tan poco veraces como muy verosímiles, y autorizara una nueva expedición, que como la anterior culminó en un estrepitoso fracaso. Bohórquez fue deportado a una prisión en Valdivia, en el sur de Chile, pero consiguió huir, llegar a Mendoza en la actual Argentina y desde allí acceder a la región de Tucumán, al frente de cuyo gobierno figuraba Alonso de Mercado desde 1655. Aquí da comienzo la parte más suculenta del relato de la vida de éste «héroe falsario», cuando mediante un juego a tres bandas se decide por tomarle el pelo a todo el mundo. Gracias al misionero jesuita Eugenio de Sánchez, entusiasmado con los relatos de Bohórquez, se entrevistó con Alonso Mercado en Pomán. Le vendió una gran idea para cristianizar a los naturales de Calchaquí, con quienes ya había tenido intenso contacto, convertirlos en súbditos del rey de España y de paso explotar los muchos recursos minerales de la zona. Él se convertiría en «Inca» y así evitaría que los nativos se sublevaran. Pero, por otra parte les contaba a «sus» súbditos que él conocía bien a los españoles y que sabía como liberarse de ellos, instándolos a la rebelión. Así que Bohórquez era tanto lugarteniente del gobernador y capitán general, como líder emancipador indígena.
Tras establecer la capitalidad de ese reino en Tolombón, sus artimañas fueron descubiertas por las autoridades españolas pero, en lugar de entregarse, el inca Bohórquez llevó a cabo una serie de escaramuzas bélicas, sobre todo contra las poblaciones de Salta y San Miguel. Finalmente fue apresado, pero hete aquí que el virrey, tras escucharle, le indultó. Por poco tiempo, puesto que una vez más fue descubierto en sus lucidas patrañas. Esta vez fue encontrado culpable y condenado a muerte. El 3 de enero de 1667 fue sometido a garrote en Lima; su cuerpo, ya sin vida, fue ahorcado y, más tarde, su cabeza separada del tronco y mostrada a la concurrencia como aviso a navegantes...