viernes, 18 de julio de 2014

Africanistas: los conspiradores militares del 18 de julio de 1936.

Algunos de los militares destacados en la conspiración del 18 de julio.

Veinte años antes de que se que el ejército se sublevara en Melilla iniciando, un día antes de lo previsto, el golpe de Estado que cambiaría la Historia de España, también en Marruecos, en Biutz, el teniente Franco fue herido en combate. Una acción heroica y una fea herida en el vientre que le valdría ser ascendido a Comandante. El consejo militar se opuso, pero acabó consiguiendo el ascenso por méritos de guerra, tras apelar al mismo Alfonso XIII.
Cicatrices que para el teniente Franquito, el capitán Varelita, -como se llamaban entre ellos en esa época-, o Millán Astray facilitarían su ascenso meteórico en el escalafón del ejército, saltándose la antigüedad, durante las campañas de la Guerra del Rif entre 1912 y 1922.
Así llegaría Franco al título de general más joven de Europa, un honor que en 1932 el entonces ministro de la Guerra, Manuel Azaña, decidió corregir, al considerar excesiva la promoción de dichos oficiales. El 1932 aprobó una ley que en la práctica suponía ignorar la antigüedad adquirida en los ascensos por méritos de guerra, una espinosa cuestión en el seno del ejército, que Azaña no había sido el primero en cuestionar, pero que impulsó definitivamente con la reforma del Ejército.
Franco pasaba de esa forma de ser uno de los generales con más antigüedad, al fondo del escalafón. Con él su amigo 'Varelita' y otros tantos veteranos de las campañas de Marruecos: Emilo Mola, Manuel Goded, Queipo de Llano, Yagüe, Alonso Vega...una lista que coincide casi milimétricamente con la de los conspiradores del golpe de Estado del 18 de julio.
No es una casualidad que fueran esos nombres y no otros, los de ambas listas, las de los militares que se sintieron agraviados, y la de los rebeldes que dinamitaron el orden democrático.
Franco y Mola trataron de convencer a Azaña en 1932 para hacerle cambiar de idea pero no tuvieron ningún éxito, lo que acrecentaría sin duda su rencor hacia el político. Es posible que a Azaña le pasara por la cabeza el recuerdo de aquella tarde cuando cruzó a pie con miles de soldados y los restos del gobierno de la República la frontera con Francia desde Cataluña mientras las tropas de Franco entraban en Barcelona.
Historiadores como Ángel Viñas han remarcado en los últimos años el hecho de que en el relato del levantamiento del 18 de julio, el inicio de la Guerra Civil, se solsaya que aunque la situación política fuera inestable, que hubiera conflictividad social, pistolerismo, asesinatos, amenazas y violencia verbal en el Congreso, ingredientes todos que, sin duda, abocaron a una rápida situación guerracivilista, la gente no salió a las tomar las calles. En último término ésta estalló por la actuación específica de este grupo de militares.
Aunque el propio Viñas remarca la trama civil del golpe, lo cierto es que las fuerzas mayoritarias de la derecha entonces no tuvieron un papel relevante después de él. La CEDA o el partido de Lerroux, desaparecerían casi inmediatamente al estallar la guerra. Su espacio político lo ocuparon partidos que eran minoritarios antes del 18 de julio como la Falange o los Carlistas, que a su vez acabarían 'intervenidos' por los militares del nuevo estado franquista, tras el decreto de unificaión de FET y las Jons.
El golpe de estado fue, por tanto una rebelión militar y de un grupo muy concreto de conspiradores, que pertenecían en su totalidad a los denominados 'Africanistas' y que en buena parte eran además de la misma generación -la excepción más notable era la del general Sanjurjo-.
Su trayectoria era común: el continuado servicio en el protectorado de Marruecos donde forjaron unos ideales y una visión de España similar y de donde surgió el termino que les identificaba en el ejército. En ellos pesaba, además, la decepción y pesimismo del desastre del 98 en la que se perdieron las colonias de Cuba y Filipinas y que puso al descubierto la evidente pérdida de estatus de España como potencia y la decadencia de su ejército.
La sombra alargada de las derrotas y un cierto auge del antimilitarismo en diferentes sectores políticos transformó al ejército, que se vio privado del prestigio que antes ostentaba. Todo ello incrementó la sensación de aislamiento.
Como consecuencia, el protectorado de Marruecos apareció en el horizonte de muchos de los jóvenes que estudiaban para oficiales como Franco, Mola, Varela, Millán Astray como el bálsamo y la oportunidad de recuperar el prestigio perdido. Se produjo entonces una situación que marcaría definitivamente el ejército y la personalidad de unos oficiales que acabarían decidiendo la vida política española durante casi 30 años.
Todos los tenientes recién salidos de la Academia servían en Marruecos pero sólo unos pocos se quedaban. Además de las particulares querencias por el exotismo de la vida en las colonias, la razón fundamental para quedarse era que en África existía la posibilidad de ascender rápidamente en las campañas contras las harkas rifeñas que se oponían al protectorado español.
La estancia prolongada en Marruecos del reducido grupo de oficiales facilitó que se formara un grupo cerrado, que soportaba las duras condiciones a cambio de ascensos rápidos. Como cita Antonio Atienza Peñarrocha en su tesis Africanistas y Junteros: el Ejército español en África y el oficial José Enrique Varela Iglesias, estos militares se distinguieron de sus compañeros que servían en la península donde la promoción se conseguía sólo por antigüedad. Ya entonces había un cierto afán de protagonismo, entregados a su particular colonial, copaban acciones heroicas, medallas, crónicas e incluso fotos en algunos diarios.
Es fácil imaginar que pronto encontraron la resistencia de sus compañeros que consideraban desproporcionados los meteóricos ascensos de los oficiales de Marruecos. Al mismo tiempo los movimientos o suspicacias en contra de los africanistas, ahondaban entre sus filas el sentimiento de no ser reconocidos, de que no se valorara su verdadero esfuerzo lejos de la comodidad, cerca del fuego enemigo, del riesgo.
Entre ellos, Varela se erigió como uno de los cabecillas del movimiento contra las Juntas de Defensa que pretendían, precisamente, eliminar los ascensos en el campo de batalla, para no ver mermados los derechos de los militares que no estaban destinados en el Protectorado, tal y como explica Fernando Martín Roda en su biografía sobre el militar.
Aunque hubo algunas excepciones -Riquelme o Miaja, generales que en 1936 permanecieron fieles a la República- la experiencia en Marruecos estrechó los lazos de camaradería entre ellos sumándose al resto de condicionantes: al ideal de recuperar una gloria casi imperial de España a través de las colonias se sumó su oposición a las Juntas de Defensa, organismo de oficiales que abanderaron la oposición al sistema de ascenso de Marruecos, y, a partir de 1921, tras el desastre de Annual, su resentimiento contra una buena parte de la sociedad, por las durísimas críticas que sufrió el ejército colonial tras el Expediente Picasso.
La dictadura de Primo de Rivera, cuyo origen y estilo diferiría notablemente con la que surgiría tras la Guerra Civil supuso un cierto espaldarazo a sus pretensiones, ya que fueron abolidas las Juntas, pero la dirección de Primo de Rivera de la guerra en el Protectorado tampoco contó con el apoyo de los africanistas que consideraban que no era la forma adecuada de pacificar el territorio.
La crisis de la dictadura y el gobierno de Primo de Rivera primero y los de Berenguer -otro africanista y principal responsable del ejército de Marruecos durante el desastre de Annual- y de el almirante Aznar precipitaron la caída de Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República.
Lo más llamativo es que el cambio político no supuso un rechazo por parte de los africanistas, que no tenían un ideario político bien definido más allá de la exaltación de la patria, en gran medida el catolicismo, y el orden, en definitiva una actitud conservadora -aunque había excepciones- sin ninguna preferencia especial por el sistema de Gobierno.
La reforma de Azaña, sin embargo, reabrió las tensiones entre junteros y africanistas de antes de la dictadura. De hecho, la anulación de la antigüedad, la supresión de oficiar misa en los cuarteles, el cierre de la Academia de Toledo, donde Franco inculcaba los valores africanistas, predispuso contra el gobierno y comenzaría a sentar las bases de un descontento que tras el hiato del bienio derechista, se infló de nuevo.
Antes de los asesinatos de Calvo Sotelo, o el teniente Castillo, de los paseos en Madrid de la violencia y el deterioro progresivo de la convivenvcia y el orden legal, los africanistas ya habían puesto en marcha su particular plan para dar el vuelco que necesitaba España según su particular visión de la idea de nación.

sábado, 26 de abril de 2014

Por el imperio hacia Dios

El general Franco con el uniforme de la Falange.
 
Desde la aparición de una documentada historia del nazismo (De Munich a Auschwitz, 2001, y De Auschwitz a Berlín, 2005), el profesor barcelonés Ferran Gallego se ha dedicado con intensidad al estudio del fascismo español y foráneo. Ni es tarea fácil, ni deja de suscitar riesgos y alguna vez hasta sospechas. Para realizarla reúne aptitudes fundamentales: el certero instinto de hallar las citas (y saber leerlas) y la atención a la dimensión psicológica de las actitudes políticas. Sabe, por tanto, que el fascismo —sombra negra de la modernidad— puede ser a la vez salvaje y persuasivo, monolítico en sus aspiraciones y elástico en las formas, patológico siempre, pero también muy común como enfermedad transitoria. Entre sus libros posteriores los hay dictados por el desengaño lúcido (El mito de la Transición, 2008), y otros, por la aguda exploración de caracteres abominables (Todos los hombres del Führer, 2006); de un modo u otro, todos exploran las formas de engañarse y engañar.
Estos propósitos inspiran también las casi mil páginas de El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950), escritas en una prosa muy nítida y precisa, aunque el párrafo sea caudaloso, y en plena madurez reflexiva. Gallego tiene el don de la síntesis —esa revelación que llega al autor cuando su trabajo la merece—, a la vez que mantiene intacta la pasión de descubrir y analizar. Creo que nunca se había revisado con tanta intensidad, a pie de textos y de cotejos, la naturaleza católica y fascista del régimen de Franco, yendo más allá de las viejas polémicas sobre si fue totalitario o autoritario, o sobre la presunta hegemonía disputada entre católicos y falangistas, o sobre el diferente grado de protagonismo de los actores del acoso a la República y la fundación del Régimen. El resultado de sus maniobras fue el que sabemos: fracasados en el golpe militar de julio, ganaron la guerra que habían elegido y consiguieron la tortuosa, pero eficaz, construcción de un Estado que, de algún modo, persiste, además de haber dejado alguna herencia indeseable en las actitudes de algunas élites políticas y en el cínico pragmatismo de algunas capas sociales.
Gallego ha reconstruido muy bien la experiencia del endeble fascismo español entre 1933 y 1936, donde aclara la marginación de Ledesma Ramos, el papel de Onésimo Redondo y, una vez más, las ambigüedades y las maniobras de José Antonio Primo de Rivera. Hubo ciertamente un fascismo débil, pero lo compensó aquella fuerte fascistización general, donde quien más se reclamaba de fascista era el monárquico José Calvo Sotelo. “Lo que resulta propio del fascismo”, escribe Gallego, “es la manera en que es capaz de realizar la síntesis y modernización del discurso de la contrarrevolución”, que se apoya en las imágenes de “la patria en peligro y la proyección utópica de una nación en marcha”. La “dinámica de su constitución” se aceleró a favor de la guerra civil, que fue —como demuestra el autor— factor aglutinante y sello legitimador, donde convergen unos y otros.
Las páginas sobre la contienda inician la segunda parte de la obra que ya había hecho un demorado censo de las actitudes apocalípticas que la presagiaron, en apartados tan jugosos como ‘La vía fascista hacia la guerra civil’ y ‘La guerra civil, proceso constituyente del fascismo’. Pero no son menos importantes (y quizá más innovadoras) las precisiones sobre el uso de la consigna del “Imperio”, desde el plano filosófico (que utilizó el Ledesma de 1930 cuando hablaba: “La filosofía, disciplina imperial”) hasta la existencia de una Nación en estado de celo constitutivo y a la reinterpretación del pasado patrio. Ninguna hipótesis carece de textos que la evidencien. Es particularmente interesante la lectura de Jerarquía, la revista negra de Falange, o la de F.E., de parecido talante; son siempre necesarias las citas del delirante Giménez Caballero, a quien nadie hacía demasiado caso, pero siempre era la voz de su amo, o las de Pemán, el más sagaz de los muchos oportunistas. Demoledores resultan los textos de Antonio Tovar, que mereció un indulto ideológico quizá prematuro, muy similar al que lucró el grupo de teóricos de la política, embebidos de lecturas alemanas (que juntaban a Carl Schmitt con los antifascistas Hermann Heller y Hans Kelsen), a los que se cita a menudo: Luis Legaz Lacambra, Maximiliano Gómez Arboleya, Juan Beneyto, Francisco Javier Conde. El capítulo ‘Sub specie aeternitatis. Historia y legitimación del 18 de julio’ rescata del olvido la reconstrucción de la historia de España en la etapa de primera “desfasticización” y concluye con la confrontación de dos conocidos libros de 1949: España como problema, de Laín Entralgo, que recuperaba el discurso radical de 1898 para el nuevo Estado, y España, sin problema, un título que Rafael Calvo Serer modificó a última hora para entrar en la polémica, donde se postulaba una Restauración de la tradición que el otro parecía olvidar: “Lo que importaba para todos”, recuerda Gallego, “era el establecimiento o la amplitud de los límites de la Victoria, nunca su impugnación”.
El evangelio fascista. La formación de la cultura política del franquismo (1930-1950). Ferran Gallego. Crítica. Barcelona, 2014. 979 páginas. 39,90 euros (electrónico: 14,99 euros).

jueves, 6 de febrero de 2014

Hallada en Israel la prueba más antigua del uso humano del fuego

Acceso a la cueva de Qesem, yacimiento cercano a Tel Aviv.
 
El hombre prehistórico ya empleaba el fuego de forma corriente tanto para cocinar como para calentarse hace 300.000 años. La evidencia de esta práctica, propia de los humanos modernos, ha sido hallada en Israel, en la cueva de Qesem, por un grupo de expertos de la Universidad de Tel Aviv y del Instituto Weizmann, un descubrimiento publicado en el número de enero de la revista Journal of Archaeological Science. Se trata de la prueba más antigua que se conoce de este avance en el desarrollo de la especie, que da a entender que, antes de lo esperado, ya existían humanos prehistóricos “sedentarios, con una estructura social muy avanzada y gran capacidad intelectual”, en palabras de Ruth Shahack-Gross, una de las investigadoras que han redactado el artículo. Hasta hoy se entendía que nuestros antepasados, en este punto de la historia, aún comían alimentos crudos.
El trabajo que ahora ve la luz es el resultado de unas excavaciones iniciadas en el año 2000. Los científicos han descubierto en el centro de la cueva un gran depósito de ceniza de madera mezclada con trozos de tierra quemada y de huesos, memoria sólida de una especie de barbacoa paleolítica. Tras un intenso análisis de laboratorio se ha descubierto que estos materiales se calentaron en repetidas ocasiones, a altas temperaturas, en este hoyo de unos dos metros de diámetro. Muy cerca de ese “gran hogar” se ha encontrado una gran cantidad de herramientas de piedra que fueron utilizadas “claramente” por los primeros humanos para cortar carne, identificada por los primeros análisis como de ciervo y de caballo. Unos metros más lejos del fuego se han localizado también otros utensilios de sílex, empleados para diversas actividades domésticas, que ahondan en la idea de una vida de grupo organizada.
La apariencia física de la cueva de Qesem –a unos 12 kilómetros al este de Tel Aviv, en el centro de Israel- también apunta además a que sus pobladores tenían pleno conocimiento del espacio en el que se movían y se encargaron de organizarlo para vivir mejor, ya que su interior está dividido en varias áreas, con un sentido muy similar al de las viviendas actuales, explica el artículo. El fuego tendría un papel central, por lo que además de usarse para cocinar se entiende que era el punto de reunión de sus habitantes, otra señal de progreso de hace 300.000 años.
Las herramientas y los restos de un antiguo fuego indican que el lugar fue utilizado por los primeros seres humanos como una especie de campamento base, de los que apenas hay pruebas en todo el mundo. Por eso “estos hallazgos nos ayudan a fijar un punto de inflexión importante en el desarrollo de la cultura humana, cuando el hombre comenzó a utilizar con regularidad el fuego tanto para la carne como para punto de encuentro social”, añade la doctora Shahack-Gross. Los vecinos de la cueva, abunda, eran capaces de planificar a largo plazo, recolectando leña con el fin de mantener el fuego encendido, y sabían del valor de trabajar en comunidad.
Hasta ahora, se entendía que los cambios sustanciales en el comportamiento humano por el uso regular del fuego databan de unos 400.000 años atrás, pero no había prueban tangibles de ello. La Universidad de Colorado, recuerdan sus colegas de Tel Aviv, publicó el pasado año un estudio al respecto, al que ellos han dado base. El empleo del fuego se calcula muy anterior, aunque fuese de forma no controlada ni estable. Anteriores descubrimientos realizados en la cueva de Wonderwerk (Sudáfrica) sugirieren que se conoce desde al menos hace un millón de años. Las investigaciones tradicionales -apuntan los otros dos líderes de las excavaciones, los profesores Avi Gopher y Ran Barkai-, han demostrado que los homo sapiens modernos evolucionaron precisamente en África hace unos 200.000 años, por lo que los habitantes del poblado israelí pertenecían a una especie humana anterior.

martes, 4 de febrero de 2014

La peste negra alteró el sistema inmune de los europeos.

http://www.abc.es/fotonoticias/fotos-noticias/20140204/ilustracion-peste-biblia-toggenburg-1611883734507.HTML
 
Investigadores del Instituto de Biología Evolutiva (IBE) de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y CSIC han concluido que la evolución del sistema inmune de los europeos se realizó a base de superar epidemias.
El trabajo se ha centrado en la genética del sistema inmune de gitanos y rumanos europeos, y los científicos han demostrado cómo evolucionaron éstos bajo los efectos de la peste negra, unos resultados publicados en la edición digital de la revista 'Proceedings of the National Academy of Sciences' (Pnas).
Según ha informado la UPF en un comunicado, esta muestra de la población se ha comparado con población del noroeste de India, de donde los gitanos son originarios, y se ha visto que los genes que habían cambiado en la población europea no lo habían hecho en los habitantes de India.
El equipo tomó ADN de los tres grupos y comprobó que los tres genes del grupo de receptores tipo Toll (TLR) del sistema inmune evolucionaron de forma similar en los gitanos y rumanos, bajo el efecto de la misma presión selectiva, mientras que los habitantes de India no han sufrido el efecto de la selección natural.
La evolución de la población europea se ha determinado por múltiples causas de orden natural, de entre las que destaca el brote de peste negra de 1348 que exterminó entre el 30% y el 50% de europeos.
El investigador del IBE que ha colaborado en este estudio científico, Jaume Bertranpetit, opina que los resultados muestran la «importancia que las epidemias han tenido para modular la composición de las poblaciones humanas actuales».
Estudios científicos anteriores a éste ya habían determinado que las epidemias mortales afectan al sistema inmunológico, porque las personas con genes más resistentes sobreviven y se reproducen, mientras que las que no lo son mueren.

Las derrotas militares allanaron el camino a las revoluciones rusas

La Avenida Neski, Petrogrado. Brousand. ABC

VÍCTOR JAVIER GARCÍA MOLINA 04/02/14 http://www.abc.es/

A principios del siglo XX Rusia era un país atrasado. Algunas de las reformas emprendidas, mal encauzadas, habían provocado aún más desigualdades y tensiones sociales. Además, la represión de la Revolución de 1905, cuyo germen último fue la derrota en la guerra ruso-japonesa, había socavado la imagen del Zar como “padre” de todos los rusos.
El desarrollo de la Gran Guerra fue acentuando las tensiones preexistentes: a los conflictos políticos y sociales inherentes a cualquier autocracia, había que sumar los causados por las derrotas militares con sus terribles bajas, el desabastecimiento de las ciudades y el hambre generalizada entre amplias capas de la población. El régimen se derrumbaba desde dentro.
En el verano de 1916, Rusia lanza su operación más exitosa de toda la guerra: la Ofensiva Brusilov. Pero, a pesar de los triunfos iniciales, el ataque se diluye por la asistencia alemana a los austrohúngaros y los problemas de suministro endémicos del ejército ruso. El coste en vidas de la ofensiva, sumado a los problemas antes citados, provoca manifestaciones masivas y huelgas en las principales ciudades, alentadas tanto por la situación del país como por la propaganda revolucionaria, en la que los servicios secretos alemanes están jugando un papel principal. Apostando a la carta de la revolución, el alto mando germano cree que podrá sacar a Rusia de la guerra, para así lograr volcar todos sus esfuerzos en el frente occidental.
El régimen se ve desbordado. En febrero los intentos por introducir un nuevo racionamiento del pan provocan manifestaciones espontáneas y algaradas en la capital: Petrogrado (nombre adoptado por San Pertersburgo en 1914). Los soldados enviados a sofocar la revuelta se unen a la misma, a la que también se incorporan los obreros, toda la oposición política y el Parlamento (la Duma). Nicolás II intenta disolver la cámara, pero es él mismo el que se ve forzado a abdicar, pensando en que su hijo le suceda en el trono. Ante esa posibilidad, vuelven a estallar nuevas revueltas. La monarquía no tiene ningún apoyo. Tan súbitamente como empezaron los disturbios, se disuelve una dinastía que había regido Rusia durante 500 años. Es la Revolución de Febrero.
La autoridad pasa a ejercerla el Gobierno Provisional. De corte democrático y moderado, compartirá el poder con el Sóviet —asamblea popular— de Petrogrado, dominado por los bolcheviques. Encabezado inicialmente por el príncipe Lvov —con Alexander Kerensky como figura más popular y más tarde su sucesor— el Gobierno Provisional inicia toda una serie de reformas sociales y políticas, pero una de las principales demandas de las revueltas, el fin de la guerra, no es atendida. Una mayoría muy activa del Parlamento y gran parte de las élites reformistas del país piensan que la continuidad en la guerra al lado de las democracias occidentales es la mejor garantía de la perduración de las reformas y del nuevo régimen. El fracaso de una nueva ofensiva rusa, organizada por Kerensky en el verano de 1917, marca el destino del Gobierno. Los bolcheviques, que ya controlan los Soviets, perfectamente organizados —dirigidos por Lenin, que ha vuelto del exilio—, se han ido haciendo paulatinamente con el control de las comunicaciones y del ejército, y, aprovechando el descontento popular por la prolongación de la guerra, dan un golpe de estado entre el 6 y el 7 de noviembre, haciéndose con el control del parlamento y del gobierno de Petrogrado. Es la denominada Revolución de Octubre, debido a las diferencias entre los calendarios Juliano, entonces vigente en Rusia, y Gregoriano, usado en todos los países occidentales.
Los bolcheviques sacan automáticamente al país de la guerra. Tras meses de negociaciones firman con el Imperio Alemán la paz de Brest-Litvoks. Pero Rusia se encamina hacia el caos. El poder real ejercido por los Soviets y los bolcheviques —que quieren extender e internacionalizar la Revolución— se reduce prácticamente a las ciudades más grandes, con amplias zonas en litigio entre las numerosas facciones que quieren hacerse con el poder o recuperarlo. Al mismo tiempo, tantos los alemanes —que controlan extensas zonas del país— como los antiguos aliados intentan poner coto a la Revolución. Además, las tensiones entre las diversas nacionalidades del antiguo Imperio Ruso comienzan a aflorar de manera dramática. El germen de la Guerra Civil ha sido plantado.

domingo, 12 de enero de 2014

La I Guerra Mundial forma parte del camino que conduce a la Guerra Civil

David Stevenson en su despacho de Londres
http://www.abc.es/ Borja Bergareche. Londres, 11/01/2014

La entrada en 2014 marca el inicio del centenario de la Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña, Francia y Bélgica han trufado el calendario de conmemoraciones de la contienda que sembró quince millones de cadáveres en el continente. Alemania mantendrá un perfil bajo. Para el prestigioso historiador de la London School of Economics David Stevenson, la Gran Guerra «nos recuerda que el mundo es un lugar peligroso». Autor del clásico «Historia de la Primera Guerra Mundial», publicado ahora en español por Debate, este especialista desgrana las verdaderas claves del conflicto.
–¿Cuál fue el impacto estratégico de la Primera Guerra Mundial?
–Su huella está en todas partes. Muchos de los puntos calientes tienen su origen, en parte, en aquella guerra. Los Balcanes, Ruanda, creada a partir de territorio alemán cedido a Bélgica; Líbano, ampliado por los franceses en 1920; Irlanda del Norte, establecida en 1921; Irak, creado por los británicos a partir de tres provincias otomanas, o la Declaración de Balfour sobre Palestina en 1917. Por supuesto, está en el origen del ascenso de ideologías como el nazismo, el fascismo y el comunismo. Y tuvo un papel en España, agravando la división entre izquierda y derecha y polarizando la opinión pública. Forma parte del camino que conduce a la Guerra Civil española.
–¿Qué deberíamos recordar ahora?
–Desde la perspectiva británica, la Primera Guerra Mundial es lo peor que nos ha ocurrido en la Historia moderna, las bajas británicas en la segunda fueron un tercio de las sufridas en la primera, casi un millón. La tumba del soldado desconocido o el día del recuerdo en Reino Unido se remontan a cómo se articuló la memoria de la guerra después de 1918. ¿Cómo se conmemoran los atentados del 11-S? Mediante el silencio, cuyos orígenes se remontan a los homenajes organizados en Ciudad del Cabo en 1916 por los soldados sudafricanos caídos en Francia.
– ¿Qué conclusión podemos sacar para países que, como España, no se ponen de acuerdo en por quién o qué guardar silencio?
–Tiene que ver con la historia del país. En la República de Weimar en Alemania tampoco existía un consenso sobre la memoria. En 1925 hubo dos manifestaciones de signo opuesto el 11 de noviembre, el Día del Armisticio, una de signo nacionalista y otra pacifista convocada por los comunistas. En Gran Bretaña, Francia o Bélgica, el recuerdo de aquella experiencia ha servido para unificar el país y se ha consolidado en la vida de la nación. En Alemania fue un elemento de división. Y, por supuesto, la Rusia comunista intentó borrarla en los años 20 y 30 por considerarla una guerra capitalista y un desastre. Si crees que lo que ocurrió en el pasado nos afecta y si optamos por no vivir en una burbuja en el presente, como prefieren ciertas personas, la Primera Guerra Mundial es uno de los acontecimientos más importantes de la historia contemporánea. Fue un conflicto mucho peor de lo que nadie imaginaba en 1914, y amplió las posibilidades de lo feo que puede ser el mundo. Nos recuerda que el mundo es un lugar peligroso.
–¿Por qué era tan débil la seguridad del archiduque en Sarajevo?
–Sí, nunca se ha explicado del todo. Probablemente es lo que Francisco Fernando quería. Se trataba de una ceremonia de poca importancia a la que podía asistir en compañía de su mujer, una condesa checa que, al no cumplir las rígidas exigencias de la Casa de Habsburgo, no podía acompañar a su marido en actos públicos en Viena. Por la mañana, la parte planificada del atentado con bomba fracasó. Lo que ocurrió por la tarde fue casi un accidente. El archiduque se negó a cancelar la jornada, y una de las cosas que hizo fue visitar a los heridos en el atentado. Su conductor se perdió y modificó la marcha justo donde el asesino, el bosnio Gavrilo Princip, esperaba tomando un café con su revólver.
–¿Fue el detonante o un pretexto?
–Lo que ocurrió en Sarajevo tuvo una importancia clave, no fue un pretexto. Había muchos ingredientes que agravaban la tensión en Europa. La carrera armamentística, la sensación de Alemania de estar rodeada, una sucesión de crisis diplomáticas en Marruecos y los Balcanes, un creciente sentimiento nacionalista… Pero Europa ya había conocido este tipo de tensión antes, por ejemplo en los 1880, que no condujeron a una gran guerra. Si no hubiera pasado nada en los Balcanes, en dos o tres años todas las partes habrían agotado su capacidad de financiar su rearme, se habrían producido corrimientos diplomáticos –por ejemplo, a Gran Bretaña cada vez le preocupaba más el resurgir de Rusia-, Europa podría haber gestionado esas tensiones y volver a una situación de normalidad.
– ¿En qué eran diferentes las sociedades europeas de 1913 y las de 1919?
–Las reacciones fueron diferentes. La más clásica es el nazismo. Hitler y la mayor parte de sus colaboradores habían participado en la guerra y se habían radicalizado. Su conclusión es que Alemania había perdido y había sido traicionada, y la solución era repetir la guerra para ganarla esta vez. En Italia algunos sectores tuvieron una reacción similar. Pero hay que recordar que la mayoría de los soldados alemanes volvieron del frente a sus familias y a sus trabajos en la vida civil. Se unieron a organizaciones de veteranos, pero la experiencia no les había radicalizado como a los seguidores de Hitler. Otros fueron empujados hacia el pacifismo y el apaciguamiento, por ejemplo en Gran Bretaña, donde puede trazarse una conexión directa entre la experiencia de la Primera Guerra Mundial y el intento de apaciguar a Hitler en Múnich en 1938. El gobierno británico tenía la presión de mostrar a los ciudadanos que lo había intentado todo para evitar una nueva guerra como la primera.
–¿Y cuál fue la evolución de la sociedad francesa?
–Una mezcla de las dos descritas. La mayor parte de las organizaciones de veteranos de guerra franceses no eran radicales ni estaban politizadas. Eran muy críticas con cómo se había dirigido la contienda, pero insistían en realizar los desfiles de veteranos caminando, y no al paso, por considerarlo demasiado militarista. Se veían como civiles con uniforme. Esto tuvo su influencia estratégica, por ejemplo con la construcción de la Línea Maginot. En caso de conflicto, Francia libraría una guerra defensiva esta vez, con sus tropas cómodamente protegidas en búnkeres en la frontera y no tomando por asalto trincheras.
–La escala del conflicto es brutal…
–El 85% de los alemanes de 17 a 50 años fueron movilizados. En Francia, parecido. Es gigantesco. Alemania movilizó a entre seis y siete millones de soldados, Rusia quince, Francia más de ocho, y Gran Bretaña más de cinco millones. Pero no todos estaban en primera línea. Muchas unidades pasaban dos semanas en el frente y dos en la retaguardia. Ayuda a entender la duración de la guerra.
–¿Qué es lo que más muertes causó?
–El 58% de los muertos cayeron bajo el fuego de artillería. Las causas de muerte cambiaron, y la medicina moderna tuvo mucho que ver. En las guerras anteriores, la principal causa de muerte habían sido las enfermedades. Pero en el frente occidental hubo pocas bajas por cólera, tifus o disentería, que antes diezmaban regimientos, gracias a los avances en anestesia, cirugía aséptica y antiséptica y bacteriología. El frente occidental es el primer frente bélico a escala industrial en el que la mayor parte de las heridas fueron causadas por el combate, por fuego de artillería o de ametralladores, y no por enfermedad. En el frente oriental sí hubo más muertes por enfermedad. Muchas de las heridas en combate podían ahora ser curadas y esos soldados volvían al frente, lo que ayuda a entender esa capacidad de mantener semejantes niveles de tropas durante tanto tiempo. El porcentaje de muertos sobre el número total de bajas fue del 8%, frente al 13,3% en la Guerra de Secesión o el 25% en la de Crimea.
–¿En qué cambió la sociedad europea?
–Desde el punto de vista de género, menos de lo pensado. La mayoría de las mujeres trabajadoras incorporadas a las fábricas de armamento volvieron en 1918 a sus ocupaciones anteriores en el servicio doméstico, el sector textil o la agricultura. Hubo más cambios permanentes en el ámbito laboral de las clases medias con la incorporación de muchas mujeres al trabajo administrativo, como teclistas o secretarias. Así ocurrió en Gran Bretaña, y en Francia y Alemania también. Hubo otras transformaciones. La tasa de divorció creció mucho tras la guerra, por ejemplo. Y el superávit de mujeres tras la muerte de tantos hombres en el frente les obligó a adoptar papeles diferentes a los tradicionales. Las naciones europeas eran además eminentemente agrícolas, y las levas de hombres afectaron en mayor medida a la población del campo. Y cuando muchos franceses o alemanes volvieron a sus granjas, se encontraron que sus mujeres habían asumido tareas de gestión de la explotación durante la contienda que les confería un poder que no tenían antes de la guerra.
–¿La guerra industrializó Europa?
–Sí. La zona de Toulouse, por ejemplo, donde Airbus tiene todavía sus instalaciones, emerge como polo de la industria aerospacial en la Primera Guerra Mundial porque el gobierno francés, ante el avance alemán, tuvo que retrasar hacia el sur las tradicionales zonas industriales del norte y el este del país.
–En su libro explica que los europeos estaban dispuestos «no solo a enviar a sus hijos al frente, sino a entregar sus ahorros para sufragar la guerra». En Reino Unido los impuestos financiaron solo el 26% del coste del conflicto, el resto fueron préstamos de los ciudadanos al gobierno…
–También se financiaron gracias al capital internacional, de EE.UU. en el caso británico, o de prestamistas holandeses en el de Alemania. Los impuestos solo cubrieron un cuarto de las necesidades, así que recurrieron a sus ciudadanos. En parte se explica porque las condiciones de los préstamos eran buenas, la inflación no fue muy alta –los precios se duplicaron en Reino Unido y Alemania, lo que era muchísimo para la época, pero razonable comparado con otros periodos– así que los bonos de guerra ofrecían tipos de interés interesantes en un contexto de sequía crediticia comercial por la guerra. A ese factor financiero se debe sumar el patriotismo. Las poblaciones, en su mayoría, estaban convencidas de que era una guerra justa.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Cien años de la Gran Guerra

Mula y dos soldados prueban las primeras máscaras que se usaron en el frente. CRÓNICA
GONZALO UGIDOS http://www.elmundo.es/ 29/11/2013.
 
Comenzó el 28 de julio de 1914 y terminó el 11 de noviembre de 1918. En esos cuatro años, las principales potencias militares del mundo se enrocaron en una contienda de una atrocidad sin precedentes: surgieron los lanzallamas, los zepelines, los bombardeos aéreos, las armas químicas... La neutralidad española fue un gran negocio: una riada de metales preciosos llegó a las arcas de los comerciantes. En realidad, todo se gestó dos años antes, cuando en Alemania ya atronaban los primeros tambores de guerra...

1.- Las causas

En los años 60 el historiador alemán Fritz Fischer exhumó documentos que demostraban que en diciembre de 1912 el jefe de la marina alemana anunció a su gobierno que en un año y medio estaría listo para el «gran combate». Desde entonces los historiadores se inclinan a creer que el motor de la guerra fue la Alemania militarista de Guillermo II. El kaiser creía que Alemania era un bosque destinado a crecer y Francia una basura destinada a desaparecer, «un montón de estiércol sobre el cual canta un gallo». Su reinado comenzó con ruido de botas y fanfarrias y acabó provocando el incendio de la vieja Europa. Para perpetrar la Gran Calamidad, Guillermo II necesitaba un pretexto y lo encontró en el atentado contra su amigo el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austrohúngaro.

2.- Sarajevo

El 28 de junio de 1914, Francisco Fernando y su mujer, Sofía Chotek, llegaron en tren a Sarajevo. A las 10:45, el serbobosnio Gavrilo Princip, miembro de la organización paneslavista Mano Negra, disparó dos veces con una pistola semiautomática a una distancia de cinco metros. La primera bala alcanzó al archiduque en la yugular, la segunda penetró en el abdomen de su mujer. Sofía murió antes de llegar a la residencia del gobernador; Francisco Fernando, 10 minutos después. El magnicidio desencadenó una secuencia de hechos que cambiaría el mundo.

3.- El ultimátum

Con el apoyo del imperio alemán, Austro-Hungría exigió investigar el crimen in situ. Creía que Mano Negra tenía conexión con los servicios secretos serbios. El 7 de julio de 1914 el Gobierno austriaco dio un ultimátum a Serbia que, con el apoyo de Rusia, se negó a recibir a policías austriacos. El 28 de julio Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia y Rusia  ordenó la movilización general. En función de las alianzas militares, el 1 de agosto Alemania consideró la movilización como un acto de guerra contra su aliado austrohúngaro y declaró la guerra a Rusia. En virtud de la alianza militar franco-rusa de 1894, el ejército francés tomó medidas de precaución en sus fronteras y, el 3 de agosto, Alemania, al conocer esa movilización, declaró la guerra a Francia.

4.- Los combatientes

En la Triple Entente se alineaban Francia, Reino Unido y Rusia.  Serbia y Bélgica se incorporaron tras el ataque austriaco contra Serbia --que desencadenó el inicio de las hostilidades-- y el ataque de Alemania contra Bélgica. En el otro bando, la Triple Alianza era   la coalición inicialmente integrada por los imperios alemán y austrohúngaro, luego se unieron Italia y el imperio otomano. Italia cambió de bando en 1915 y se unió a la Entente alegando falta de garantías a sus pretensiones por parte de las potencias centrales.

5.- Los muertos

La guerra dejó aproximadamente 10 millones de muertos y seis millones de discapacitados. Esa carnicería generó múltiples formas de luto como los homenajes al Soldado Desconocido, los libros de oro que preservan los nombres de los desaparecidos, los Lugares de la Memoria o las celebraciones del 11 de noviembre, día del armisticio.

6.- Refugiados

Las invasiones de 1914 y los movimientos de los frentes tras cada ofensiva echaron a los caminos a millones de civiles. Casi tres millones en Francia, seis en Rusia y cerca de un millón en Alemania. Tras el fin del conflicto, la modificación de las fronteras y las represalias de la posguerra se saldaron con exilios y desplazamientos masivos que afectaron a ocho millones de personas.

7.- Atrocidades

Fueron comunes las violaciones, los pillajes y las ejecuciones sumarias de civiles. El ejército alemán sistematizó esa violencia por temor a los hipotéticos francotiradores. La propaganda exageraba las atrocidades del enemigo para legitimar las propias y se justificaban las prácticas extremas, como el empleo de mujeres que avanzaban delante de las tropas como escudos humanos. Los ideales de la Convención de La Haya, que protegía a los no combatientes, se convirtieron en papel mojado. Los criminales de guerra juzgados en 1921 en Leipzig recibieron sentencias irrisorias.

8.- Trincheras

Una red de trincheras permitía los movimientos al abrigo del fuego enemigo, salvo de los obuses y los novedosos lanzallamas. Los combatientes construyeron cientos de kilómetros de galerías subterráneas. El agua en las trincheras llegaba por encima de las rodillas, los hombres no tenían ninguna parte del cuerpo seca. El número de enfermos crecía de forma alarmante porque el aire era irrespirable y el barro estaba infectado de piojos y ratas. Los soldados se hundían en el lodo y los heridos y los ciegos, rugiendo y gritando, caían sobre los ilesos y morían salpicándolos con su sangre.

9.- Minas

La dificultad de franquear la tierra de nadie originó un tipo particular de combate inspirado en los topos: la guerra subterránea. Se cavaban túneles hacia las líneas enemigas y se colocaba gran cantidad de explosivos cuya detonación era el prólogo de una ofensiva. El general británico Charles Harington declaró: «Tal vez no escribamos la Historia, pero cambiaremos la geografía», e inmediatamente dio la orden de explosionar cientos de toneladas de explosivos cerca de la ciudad belga de Ypres. Murieron 10.000 alemanes y la detonación se escuchó hasta en Londres.

10.- Verdún, la batalla más larga

En ese pueblo fortificado de 22.000 habitantes, en la región francesa de Lorena, durante 10 meses, día y noche, los bosques y colinas fueron machacados por millones y millones de obuses que los convirtieron en un paisaje lunar sembrado de cráteres y de cadáveres. Pasaban las semanas y nadie cedía terreno. El comandante en jefe alemán Erich von Falkenhayn había profetizado que las fuerzas de Francia se desangrarían hasta morir. Acertó, pero también se desangró su propio ejército. Fue una batalla de desgaste, la más larga de la Primera Guerra Mundial. Las vísperas de la Navidad de 1916 callaron los cañones, la mitad de las casas de Verdún habían sido destruidas y nueve pueblos habían desaparecido de la faz de la Tierra. Los franceses habían perdido 380.000 hombres; los alemanes, 350.000.

11.- La guerra invisible

Por primera vez emergían los horrores nunca vistos de la guerra industrializada. La mayor parte de las víctimas de ambos bandos cayeron sin ni siquiera haber visto al enemigo, bajo el incesante bombardeo de la artillería. El hombre luchaba contra el paisaje, con la sensación de atacar contra el vacío. Las tropas de relevo que se acercaban al frente oían una ráfaga gigantesca que no paraba ni de día ni de noche. Los aviadores veían «un siniestro cinturón pardo, una franja de naturaleza muerta». Parecía otro mundo. Todo signo de humanidad había sido borrado.

12.- Los zepelines

El globo dirigible imaginado por el conde Ferdinand von Zeppelin, de más de 150 metros de largo, fue el más emblemático medio de bombardeo de civiles. Desde el 6 de agosto de 1914, estos aparatos sobrevolaron Lieja y operando sobre Londres mataron a 500 civiles en 51 raids. Frente a los dirigibles y los aviones se tomaron medidas de defensa de las ciudades: reducción de luces y desaparición de luminosos, empalizadas de sacos de arena para proteger estatuas y monumentos. La Gran Guerra inauguró el miedo a los bombardeos aéreos que decenios después arrasaron Guernica, Hamburgo o Coventry.

13.- Los generales

Los generales de aquella guerra tienen mala reputación, la cultura popular británica evoca a los soldados como «leones conducidos por burros». Era descorazonadora la tranquilidad con que estos viejos egoístas sacrificaban a miles de hombres. Pese a ello los generales eran semidioses que mandaban más que los políticos y tanto Philippe Pétain en Francia como Paul von Hindenburg en Alemania eran considerados héroes vivos. En 1914 y 1915 muchos recién nacidos franceses recibieron el nombre de Joffre por el generalísimo francés, Joseph Joffre. Pero la mayoría de los generales comprendieron mal la nueva naturaleza de aquella guerra.

14.- Espías

La retaguardia, los países ocupados y, sobre todo, los neutrales eran un hervidero de espías. El que más daño hizo fue el coronel austriaco Alfred Redl, que había pasado a los rusos comprometedores documentos. Se suicidó antes de que lo juzgaran por alta traición. La enfermera inglesa Edith Cavell fue ejecutada en 1915 y la francesa Louise de Bettignies murió cautiva en Alemania en 1918. La más célebre fue la bailarina holandesa Margarita Gertrude Zelle, conocida como Mata-Hari. Cuando tenía 38 años y figuraba en el staff del espionaje alemán con la clave H-12, fue fusilada en el foso de Vincennes, en París, el 15 de octubre de 1917. Aquel amanecer, Mata-Hari, que en malayo significa «ojo del día», se quejó de la manía francesa de fusilar a la gente al alba.

15.- Ases

Balbuciente en 1914, la aviación militar conoció un desarrollo espectacular durante la guerra. Los bombarderos y los vuelos de reconocimiento fueron decisivos. Los cazas --el Spad francés, el Fokker alemán o el Sopwith Camel británico-- lucharon por el dominio del cielo. Las proezas de los pilotos causaban admiración y fueron un instrumento de propaganda que convirtieron a los Ases en héroes caballerescos. Fueron leyenda el inglés Edward Mannock, el canadiense William Bishop, el francés René Fonkc y el alemán Von Richtofen, el llamado Barón Rojo.

16.- Genocidio armenio

De todas las poblaciones víctimas de la guerra, los armenios del imperio otomano fueron los que sufrieron las mayores masacres. Esta minoría cristiana fue acusada de colaboracionismo con los rusos y víctima de deportación forzosa y exterminio por el gobierno de los Jóvenes Turcos. El primer genocidio sistemático moderno afectó a más de un millón y medio de armenios y se caracterizó por su brutalidad. Las deportaciones en marchas forzadas y en condiciones extremas llevaban a la muerte a la mayoría de los deportados.

17.- La Gripe Española

A los diez millones de muertos de la guerra hay que sumar los 40 millones imputables a la inmensa pandemia de gripe que se abatió sobre el mundo entre enero de 1918 y diciembre de 1920. Como España era un país neutral y no había censura de prensa que impidiera hablar de bajas, se llamó gripe española a la pandemia, que se cebaba sobre todo en los viejos y los niños pequeños; pero también murieron treintañeros como el pintor Egon Schiele o el poeta Apollinaire.

18.- Pacifismo

Hasta el estallido de la guerra muchos pacifistas trataron de evitarla, como Jean Jaurès en la Internacional Socialista. El comienzo del conflicto relegó al pacifismo a la marginalidad e incluso a la ilegalidad. La fuerza de los hechos lo redujo al silencio o al aislamiento. En cada país adoptó distintas modalidades: objetores de conciencia británicos, Comité para la Restauración de la Paz en Francia o militancia revolucionaria en los bolcheviques rusos y los socialistas alemanes de Karl Liebknecht.

19.- Huérfanos y niños

Sólo en Francia hubo unos 760.000 huérfanos. Los ejercicios escolares consistían en elogiar a los soldados, calcular la producción de obuses o tricotar calcetines para el frente de guerra. Fueron tiempos de riesgo y privaciones para los niños, sobre todo en las zonas ocupadas. Los recuerdos de aquella infancia atormentada marcaron el resto de sus vidas.

20.- Inflación

La economía de guerra supuso un alza considerable de los precios por la necesidad de aumentar la masa monetaria para financiar el conflicto. En Francia, sobre una base 100 en 1913, los precios llegaron al 315 en 1917. En Alemania y Austria-Hungría fue mucho peor. La inflación tuvo enormes consecuencias sociales, los trabajadores vieron hundirse su poder de compra y se extendieron las penurias. A partir de 1917 en Italia, Alemania o Rusia la carne y la mantequilla eran completamente inasequibles y hubo disturbios. Los rentistas se arruinaron y los deudores saldaron sus deudas a precios de ganga en perjuicio de los acreedores, que perdieron gran parte de su dinero.

21.- Artistas

El mundo de las artes se movilizó. Ricciotto Canudo --el autor de la expresión Séptimo Arte referida al cine-- publicó el 29 de julio una llamada a los artistas extranjeros en Francia a enrolarse en el ejército. En los frentes se encontraron Ernest Hemingway, Louis-Ferdinand Céline o Ludwig Wittgenstein. El escritor Blaise Cendrars y el pianista Paul Wittgenstein perdieron un brazo, el pintor polaco Moïse Kisling fue herido en el pecho en la batalla del Somme. En la misma batalla, Georges Braque fue gravemente herido en la cabeza y Fernand Léger sufrió una peligrosa intoxicación por gases. Al estallar las hostilidades los grupos de vanguardia, que habían sido cosmopolitas e internacionalistas, se volvieron de la noche a la mañana abyectamente chovinistas: expresionistas alemanes y austriacos, cubistas franceses, futuristas italianos, cubofuturistas rusos o vorticistas británicos.

22.- Tratado de Versalles

El 28 de junio de 1919, en la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, los representantes de 27 países firmaron el tratado de paz con Alemania poniendo punto final al primer conflicto mundial. Se devuelve Alsacia-Lorena a Francia amputando a Alemania el 13% de su territorio y, junto con otros tratados como el de Trianon, se redefinen por completo las fronteras del Este de Europa. Tras la creación de la Sociedad de Naciones, el tratado tuvo incidencia en el ámbito mundial. Ruanda y Burundi, por ejemplo, que eran colonias alemanas, pasaron a control belga.

23.- Colapso de los Imperios

Desaparecieron tres grandes dinastías --los Hohenzollern, los Habsburgo y los Romanov-- y cuatro imperios se derrumbaron: el imperio del zar quedó transformado en la Rusia comunista; el imperio otomano se disolvió dando paso a Turquía; el imperio austrohúngaro fue disuelto dando paso a los Estados de Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia como nuevos países independientes; el imperio alemán fue reemplazado por la República de Weimar.

24.- Reparaciones

El artículo 231 del Tratado de Versalles hizo responsables de los estragos de la guerra a Alemania y sus aliados. El artículo 232 preveía las reparaciones. El principio de que el perdedor indemniza al vencedor se impuso tanto más cuanto que el aparato productivo alemán estaba intacto mientras que el noreste de Francia estaba devastado. El economista inglés John Maynard Keynes alertó de los riesgos de fijar indemnizaciones excesivas, pero la Conferencia de Londres fijó en 132.000 millones de marcos-oro el montante que Alemania debía pagar a los vencedores. Las reticencias alemanas motivaron la ocupación del Ruhr en 1923. Alemania estuvo pagando esas indemnizaciones hasta el año 2010.

25.- Soldado Desconocido

La idea de enterrar y honrar el cuerpo del combatiente anónimo nació durante este conflicto. Se trataba de dar una sepultura simbólica a los cientos de miles de caídos que nunca pudieron ser encontrados, identificados y enterrados. El primer país en erigir una tumba del Soldado Desconocido fue Francia, bajo el Arco del Triunfo de París. El ejemplo francés lo siguieron Bélgica, Reino Unido, Italia, Austria, Estados Unidos y, más recientemente, Canadá que en el 2000 inhumó en Ottawa a su Soldado Desconocido.

26.- Carnicería equina

El 22 de agosto de 1914 el primer disparo británico de la guerra en Francia procedía de un soldado de caballería, Edward Thomas, de la Royal Irish Dragoon Guards. La Gran Guerra fue el último conflicto mundial en el que los caballos tuvieron un papel relevante. Desplazaron millones de toneladas de raciones y municiones hasta las líneas del frente, cargaron con las camillas de los heridos y prestaron apoyo logístico. Eran mejores que los vehículos mecanizados a través del barro y en terrenos escabrosos. Los caballos eran blancos más fáciles que los hombres, y los combatientes sabían que abatiéndolos podrían dañar las líneas de suministro del enemigo. Del millón de caballos británicos enviados al frente, sólo 62.000 regresaron a sus establos. Se estima que murieron ocho millones de equinos, entre ellos 7.000 mulas españolas.

27.- Gases

Aquella guerra global fue también la primera guerra química. Los gases venenosos eran una importante innovación militar y se llegaron a utilizar una docena de ellos, desde los lacrimógenos como la acroleína, hasta los incapacitantes como el gas mostaza, pasando por los letales como el fosgeno. El gas fue uno de los agentes más temidos por los soldados; aun así, su letalidad fue limitada gracias al desarrollo de contramedidas efectivas: mató a 85.000 soldados y afectó con diversas consecuencias a más de un millón. La secuela más común de los expuestos al gas lacrimógeno y al mostaza fue la ceguera: era frecuente ver líneas de soldados cegados, con la mano sobre el hombro del hombre que lo precedía, guiados por un vidente hasta la enfermería.

28.- Otros escenarios

En África, británicos y franceses atacaron desde todos los frentes las colonias alemanas. Sólo la de Tanganica, bajo el mando del general Paul Emil von Lettow-Vorbeck, resistió hasta el final de la contienda. Como el general ignoraba la rendición de su país, dos días después del armisticio derrotó a los británicos en la batalla de Kasama. En el Pacífico también hubo movimientos aunque no batallas de importancia. Japón se alineó con los aliados y ocupó el puerto chino de Qingdao, base alemana en Extremo Oriente, así como las posesiones en las Islas Carolinas y (junto a Nueva Zelanda) las Marianas. Por su parte, las tropas australianas estacionadas en Papúa ocuparon la Nueva Guinea Alemana.

29.- El fin de la neutralidad norteamericana

El conflicto parecía muy lejos para amenazar los intereses norteamericanos. Como dijo el presidente Woodrow Wilson, «no tenemos nada que ver con esta guerra, sus causas no nos conciernen». La mayoría de los americanos era partidaria de la neutralidad; pero Wilson permitió a los bancos conceder enormes préstamos a la Triple Entente. El 7 de mayo de 1915, frente a las costas de Irlanda, un submarino alemán hundió el barco de lujo inglés RMS Lusitania y murieron 123 estadounidenses. Para Estados Unidos fue un casus belli. Aun así, hasta el 2 de abril de 1917 el presidente Wilson no declaró la guerra a los imperios centrales. La contienda europea se convirtió en mundial. Si no entró inmediatamente en el conflicto fue porque tuvo que hacer frente a la formación de un ejército lo suficientemente poderoso como para decantar la balanza a su favor.

30.- Los españoles

La neutralidad española fue un gran negocio, una riada de oro llegó a las arcas de los industriales y comerciantes españoles. Aunque aliadófilos y germanófilos caldeaban la política interna, ni unos y otros torcieron el brazo del Gobierno, que permaneció neutral. Aun así unos cuantos miles de voluntarios se alistaron en la Legión Extranjera francesa. Para apoyarlos  se fundó el Patronato de Voluntarios Españoles gestionado por el XVII duque de Alba, Jacobo Fitz-James Stuart. Por su parte, la Unió Catalanista creó el «Comité de Hermandad con los Voluntarios Catalanes», presidido por el médico y político Joan Solé y Pla.